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Los Amos de la Muerte

Amos de la Muerte: Los SS-Einsatzgruppen y el origen del Holocausto. 

de Richard Rhodes

S.A. EDITORIAL SEIX BARRAL
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Los einsatzgruppen fueron cuerpos “especiales” de policía, formados por miembros de las SS, de la Gestapo y de los cuerpos de policía del IIIº Reich. Su misión consistió, simple y llanamente, en identificar, detener y a continuación, directa o indirectamente, proceder al exterminio de los elementos indeseable (entiéndase por esto, los judíos principalmente) de los territorios recién conquistados por la Wehrmacht en el este; Polonia, Países Bálticos, Bielorrusia, Ucrania y Rusia.
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Este es un libro que ya solo por el segundo capítulo, Círculos Viciosos, merece la pena ser leído. En él se recoge un análisis resumido sobre la lógica de la violencia. No es lo que se llama una fuente primaria, sino que es un análisis aplicado al caso que nos ocupa del trabajo de psicólogos que han teorizado sobre el fenómeno de la violencia, pero resulta una exposición amena y asequible para todo el mundo, como suele ser costumbre en al ámbito de la historia, que a nadie dejará indiferente.
El resto puede se leer íntegramente o no, de corrido o a saltos; pues en el fondo es siempre el mismo horror. Duele el alma al leer este libro, duele el descubrir que nuestros semejantes son capaces de semejante vileza, crueldad y cinismo. Duele y llena de pavor el pensar que llegado el momento y en determinadas circunstancias, incluso nosotros mismos podemos llegar a actuar así…
Sin embargo es absolutamente imprescindible leer el epílogo; es imprescindible para indignarse una vez más con las raíces podridas sobre las que está edificado este mundo. En efecto, en este magnífico broche para este magnífico libro, uno descubre que la mayor parte de esos asesinos de mierda quedaron impunes; las pruebas incriminatorias enterradas bajo legajos polvorientos, cuando no directamente salvados de la horca por la necesidad imperiosa de los aliados de reconstruir una Alemania fuerte que pudiera contener las presuntas ambiciones de sus antiguos socios soviéticos.
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Los campos de concentración y exterminio parece que han absorbido casi toda la atención, tanto de la opinión pública, como de los especialistas, en lo que a los crímenes contra la humanidad que perpetrara la Alemania Nazi se refiere. Sin embargo la mayor parte de los judíos de Europa Oriental perecieron víctima de los tiros en la nuca de estos escuadrones de expertos matarifes o de sus subordinados nativos. Además, si se pudiera realizar una gradación dentro del horror, sus métodos fueron si cabe más espantosos, perturbantes y cínicos que las cámaras de gas del final de la guerra, que tras leer este libro, pueden llegar a parecernos hasta un método humanitario…con eso lo digo todo…
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Por: El Exiliado del Mitreo
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Paradoja -La guerra de Libia

Paradoja. No sé si es esa la palabra…

A ver:

paradoja.

(Del lat.paradoxus, y este del gr. παράδοξος).

1. adj. desus. paradójico.

2. f. Idea extraña u opuesta a la común opinión y al sentir de las personas.

3. f. Aserción inverosímil o absurda, que se presenta con apariencias de verdadera.

4. f. Ret. Figura de pensamiento que consiste en emplear expresiones o frases que envuelven contradicción. Mira al avaro, en sus riquezas, pobre

Ummm, sí,…  la RAE, que limpia fija y da esplendor, me confirma que esta es la palabra que busco…y en más de un sentido además: paradoja…

paradoja…

paradoja…

paradoja…

Me parece una paradoja y un ejercicio de cinismo la súbita preocupación que ha surgido en todo el mundo “occidental” por la democracia en Libia. No sé, es como si estos grandes señores que hacen y deshacen en el mundo y marcan la tendencia de lo que se debe pensar y opinar, acabaran de despertarse de un sueño… o al menos eso es lo que tratan de hacernos tragar.

-Este señor es un tirano y un iluminado- Pues vaya novedad, será que ya se les han olvidado los tiempos en los que hacía de las suyas; aviones volando por los aires incluidos;  amparado por el paraguas de impunidad que le daba la Guerra Fría. No sé, yo soy muy joven, a penas viví esos tiempos, pero ellos debe de ser que estaban todos en el baño o echándose la siesta cuando lo dijeron, porque en estos últimos tiempos no se han privado de comerciar con él.

Acaban de descubrir que Gadafi es un dictador, que resulta que tiene sometido a su pueblo mediante la coacción y lo que es peor, mediante el paternalismo. Ahora le atacan para que no mate a su pueblo, pero las armas que le están destruyendo, no las ha fabricado él, se las han vendido países como España, donde el presidente del gobierno, Rodríguez Zapatero, ahora se da de codazos por ofrecer a la coalición la mediocre potencia militar española.

Y es que una guerra en Libia es mala para los intereses de España ¿De España? No, no, perdón, de empresas españolas. ¿Y la democracia? Bueno pues ya de paso, ¿Y por qué no? Además con el rollo de la revuelta democrática en Libia (que habría que ver si es cierto, porque la palabra democracia vende mucho y sirve para todo…hasta para denominar a la dictadura China o al régimen de Franco: Democracia orgánica…) ya tenemos un Casus Belli que nos da carta blanca para hacer y deshacer a nuestro antojo.

Y mi pregunta es: ¿Y quién es nadie para meterse en peleas que difícilmente entendemos, en estados cuya conformación social es muy diferente al nuestro y encima tratando hipócriatamente de meternos sin comprometernos en conflictos que en el fondo hemos montado nosotros?

Todo el mundo le reía las gracias -Mirad la nueva excentricidad de Gadafi -y a recibirle en todos sitios aceptando sus absurdas condiciones -Hay que respetar otras culturas, otras costumbre -Ajá, sí, sí, pero solo cuando nos interesa ¿o es que los misiles se los mandan con sumo respeto? Bueno, espero que al menos alguno le acierte y no tengamos que ver su fea cara más, pero me temo que él duerme a buen recaudo mientras que las bombas les caen siempre a los mismos…

Me gustaría creer que esto va a servir para algo; que le espera un futuro mejor al pueblo Libio, que en un futuro cercano va a poder gobernarse a sí mismo de forma soberana. Pero no me da la gana, ya estoy harto de creerme mierdas y luego ver los desastres que hacen las potencias occidentales+rusos/soviéticos (y ahora China) cuando se meten, porque en el fondo van a lo que van, no hay más que ver los casos de Irak y Afganistán, por citar algunos ejemplos…

Suceden en este mundo muchas cosas que no entiendo, es decir, que las entiendo perfectamente pero que no quiero entenderlas. Y me niego a aceptar como normal, cosas que no lo son en absoluto, pero como yo no puedo hacer nada, salvo indignarme y escribir este texto, pues es eso precisamente lo que hago…

Por: El Exiliado del Mitreo

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Guerre selon Voltaire

“Le merveilleux de cette entreprise infernale, c’est que chaque chef des meurtriers fait bénir ses drapeaux et invoque Dieu solennellement avant d’aller exterminer son prochain.”

Voltaire – Dictionnaire Philosophique

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Desde principios del siglo XVIII Europa era todo un hervidero. En Francia e Inglaterra se había iniciado un movimiento cultural conocido como la Ilustración, que acabaría culminando en la revolución francesa. Como piedra angular de ese movimiento, tenemos D’Alembert y Diderot en pleno proceso de redacción de L’Encycopedie, el ambicioso proyecto de condensar en una única obra todo el saber acumulado por el hombre, de forma a expulsar de una vez y para siempre la ignorancia y la superstición y la barbarie que su existencia conllevaba. Voltaire en cambio, concibió en teoría el “Dictionnaire Philosophique“, como una enciclopedia de bolsillo que reuniese las ideas y creencias fundamentales, que desde siempre habían sido poderosos motores de la humanidad (y digo en teoría, porque como veréis, su obra es mucho más interesante que una simple compilación enciclopédica).

El artículo guerra del Diccionario Filosófico fue el primer texto que leí de Voltaire. No sé qué edad podría tener, quizá unos 15 años (hay que empezar jovencito a leer filosofía, que si no se te entumece el cerebro 😉 ).  Ni siquiera era el texto completo, solo el extracto de la parte más jugosa, pero quedé tan impresionado por su agudeza y mordacidad, por su uso brutal de la ironía para señalar al mundo la estupidez y la maldad del ser humano, que me dije: “Tío, yo de mayor quiero ser como tú”.

Mi pequeño viaje a París, de esta pasada semana santa, fue la oportunidad perfecta para hacerme con esta obra, que es cierto que podría haber encargado en España en alguna librería internacional, pero siempre tendría un regusto mucho más sabroso adquirirla allí…y os aseguro que lo tiene, porque lo compré en la boutique de recuerdos que hay a la salida del Pantheon, aún sobrecogido (y quizás un poco emocionado) tras haber visitado la cripta donde su catafalco tiene un puesto preferente.

Voltaire en la Cripta del Pantheon (París)

"Poeta, historiador, filosofo, engrandeció el espíritu del hombre y le enseñó que tenía el DEBER de ser libre"

Quería compartir con vosotros este articulillo, para que os hicierais una idea de cual es el tono de la obra y así, tal vez, entendierais porqué me gusta tanto. Estuve rebuscando en Internet, a ver si encontraba una traducción al castellano del texto, pero solo logré dar con una y bastante mediocre, así que lo he traducido yo mismo (de modo que si veis algún giro raro o lo que sea no dudéis en decírmelo) . Sin más aquí os dejo con el maestro, ya me diréis qué os parece. No voy a hacer un comentario al final, aunque me gustaría, porque me parece que alargaría demasiado la entrada, prefiero reservar el comentario para más adelante, especialmente si hay respuesta por vuestra parte.

El hambre, la peste y la guerra son los tres ingredientes más célebres de este triste mundo. Dentro del hambre, podemos clasificar todos aquellos malos alimentos a los que la hambruna nos obliga a recurrir, de forma a  abreviar nuestra vida con la esperanza de mantenerla. La peste, comprende todas las enfermedades contagiosas, que ascienden a unas dos o tres mil. Esos dos regalos nos vienen de la Providencia. Pero la guerra, que reúne todos estos dones, viene de la imaginación de tres o cuatrocientas personas esparcidas por la superficie del globo y que llevan el nombre de príncipes o ministros; y es por esa razón, que posiblemente, según algunos formulismos, se les califique de imágenes vivientes de la Divinidad.

Hasta el más motivado de los aduladores estará de acuerdo sin mucho esfuerzo, en que la guerra viene siempre acompañada por la peste y el hambre, a poco que haya echado un vistazo a los hospitales de los ejércitos de Alemania, y que haya pasado por algún pueblo donde se haya tenido lugar alguna hazaña bélica.

Es sin duda un arte muy hermoso este de desolar los campos, destruir las edificaciones y hacer perecer, cada año común, de cuarenta mil hombres a unos cien mil. Este invento fue cultivado primero por naciones congregadas en su conjunto, para su bien común; por ejemplo, la dieta de los Griegos declara a la dieta de  Frígia y de los pueblos vecinos, que va a partir sobre un millar de barcas de pescadores, para ir a exterminarles si puede.

El pueblo de Roma reunido en asamblea, juzgaba que era de su interés ir a batirse antes de la cosecha, contra el pueblo de Veies, o contra los Vosgos. Y algunos años después, todos los Romanos, encolerizados contra todos los Cartagineses, lucharon contra ellos durante mucho tiempo por tierra y agua. Las cosas son muy distintas hoy en día.

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Un genealogista demuestra a un príncipe, que desciende por línea directa, de un conde, cuyos padres habían hecho un pacto de familia hace tres o cuatrocientos años, con una casa de cuya memoria ni siquiera hay ya constancia. Esta casa, tenía lejanas pretensiones sobre una provincia, cuyo último poseedor había muerto de apoplejía: el príncipe y su consejo sin mucha dificultad llegan a la conclusión de que esa provincia le pertenece a él por derecho divino. Esta provincia, que se encuentra a algunos centenares de leguas de él, bien tiene protestar que no le reconoce, que no tiene ninguna gana de ser gobernada por él; que, para dar leyes a las gentes, hay que al menos tener su consentimiento: estas diatribas no solo llegan a los oídos del príncipe cuyo derecho es incontestable. Inmediatamente encuentra a un gran número de hombres que no tienen nada que hacer, ni que perder; los viste de una gruesa tela azul de a ciento diez reales la vara, borda sus sombreros con un grueso hilo blanco, los hace girar a derecha e izquierda, y marcha a la gloria.

Los otros príncipes, que oyen hablar de esta expedición, deciden tomar parte, cada uno según su poderío, y cubren una pequeña extensión del país, de más asesinos mercenarios que Gengis Khan, Tamerlan y Bayaceto arrastraron tras de sí.

Pueblos bastante lejanos oyen decir que va a haber lucha, y que hay cinco o seis reales al día que ganar para el que desee formar parte de la partida: enseguida, se dividen en dos cuadrillas como los segadores, y van a vender sus servicios a cualquiera quiera emplearles.

Estas multitudes se encarnizan las unas contra las otras, no solo sin albergar ningún interés en el asunto, sino sin ni siquiera saber de qué va el tema.

Pueden acabar concurriendo cinco o seis potencias beligerantes, tanto tres contra tres, como dos contra cuatro o una contra cinco, detestándose todas por igual las unas a las otras, uniéndose y atacándose por turnos; todas de acuerdo en un solo punto, el de hacerse el mayor daño posible.

Lo maravilloso de esta empresa infernal, es que cada jefe de los asesinos hace bendecir sus banderas e invoca solemnemente a Dios, antes de ir a exterminar a su prójimo. Si un jefe no ha tenido la suerte de lograr que se degüelle a mas de dos o tres mil hombres, no da gracias a Dios; pero cuando son entorno a diez mil los exterminados por el fuego y el acero, et que como colofón, alguna ciudad ha sido destruida de arriba a abajo, entonces se canta a los cuatro vientos una canción bastante larga, que está compuesta en una lengua desconocida a todos aquellos que han combatido, además de estar toda plagada de barbarismos. La misma canción se emplea en matrimonios y nacimientos, así como para los asesinatos: lo que resulta imperdonable, sobretodo en la nación que es la mas célebre por las canciones nuevas.

La religión natural ha impedido mil veces a los ciudadanos cometer crímenes. Un alma bien nacida carece de la voluntad; un alma sensible se espeluznaría; pues se imagina a un Dios justo y vengador. Pero la religión artificial alienta todas las crueldades que se ejercen en grupo, conjuraciones, sediciones, razzias, emboscadas, asaltos a ciudades, pillajes, asesinatos. Cada uno marcha alegremente al crimen bajo el estandarte de su santo.

En todos sitios se paga a un cierto número de arengadores, para celebrar estas jornadas homicidas; unos van vestidos de un largo saco negro, cargado de un abrigo corto, otros llevan una camisa por encima de un vestido; algunos llevan dos pendones de tela abigarrada por encima de su camisa. Todos hablan largo y tendido; citan lo que antaño se hizo en Palestina, cuando es cuestión de un combate en Veteravia.

El resto del año esas gentes declaman contra los vicios. Demuestran en tres puntos, y por antítesis, que las damas que untan ligeramente sobre sus frescas mejillas un poco de carmín, serán eterno objeto de las eternas venganzas del Eterno; que “Polyeucte” y “Athalie” son obras del demonio; que un hombre que hace que sirvan a su mesa, marisco por valor de doscientos escudos un día de cuaresma, está ganándose sin falta la salvación, y un pobre hombre que come dos reales y medio de oveja se va para siempre a todos los diablos.

De cinco o seis mil declamaciones de esta naturaleza, hay unas tres o cuatro como mucho, compuestas por un galo llamado Massillon, que una persona decente puede leer sin sentirse asqueado; pero en todos estos discursos, no hay ni uno, en el que el orador ose revelarse contra esta plaga y este crimen que es la guerra, que en ella conlleva todos las plagas y todos los crímenes. Los lamentables arengadores hablan sin cesar contra el amor, que es el único consuelo del género humano et la sola forma de redimirlo; no dicen nada de los abominables esfuerzos que nos tomamos por destruirlo.

¡Habéis hecho un sermón bien cruel sobre la impureza, oh Bourdaloue! Pero ninguno, sobre estos asesinatos tan variados en forma, sobre estas rapiñas, sobre estos bandidajes, sobre esta rabia universal que desola el mundo. Todos los vicios reunidos, de todas las edades y de todos los lugares, no igualarían jamás los males que genera una sola campaña.

¡Miserables médicos de almas, clamáis durante cinco cuartos de hora sobre cualquier punta de alfiler, y no decís nada de esta enfermedad que nos desgarra en mil pedazos! Filósofos moralistas, quemad todos vuestros libros. Mientras que el capricho de algunos hombres haga que lealmente se degüelle a millares de nuestros hermanos, el capítulo del género humanos dedicada al heroísmo, será lo que hay de más espantoso en toda la naturaleza.

¿En qué quedan y que importancia tienen la humanidad, la buena voluntad, la modestia, la templanza, la dulzura, la sabiduría, la piedad, mientras que media libra de plomo disparada desde seiscientos pasos me quiebre el cuerpo, y que muera a los veinte años en indescriptible tormento, entre cinco o seis mil  moribundos, mientras mis ojos abriéndose por última vez me muestran la ciudad donde nací destruida por el hierro y la llama, y que los últimos sonidos que lleguen a mis oídos, sean los gritos de mujeres y niños expirando bajo las ruinas, todo por los supuestos intereses de un hombre que ni siquiera conocemos?

Lo peor, es que la guerra es un mal inevitable. Si uno se fija, todos los hombres han adorado al dios Marte: Sabaoth para los Judíos, significa el Dios de las armas; sin embargo Minerva, según Homero, llama a Marte, dios furioso, insensato e infernal.

N.T.: Me he permitido la libertad de traducir “sous”, cuya traducción literal sería posiblemente “sueldos“, por “reales” que es una unidad monetaria antigua de España y que fácilmente puede identificarse como de poco valor. Sin embargo he mantenido la traducción de “ecus”: “escudos”, porque aún no siendo española, para un lector hispano le sonará de un mayor valor.

En lo referente al texto, quería solo comentaros que he traducido la edición de 1765, que es el que viene recogido en mi libro. En mis pesquisas, he descubierto que posteriormente Voltaire lo amplió con un tercer bloque en el que básicamente ponía verde a Montesquieu y su “Espíritu de las leyes” (y no sin razón, el viejo Voltaire tan implacable como siempre…). Si he preferido dejar el texto ahí y no traducir esta última parte, es porque me ha parecido menos interesante y sin duda porque está mucho más descontextualizado.

"Combatió a los ateos y los fanáticos, inspiró la tolerancia y reclamó los derechos del hombre contra las servidumbres del feodalismo"

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Por: El Exiliado del Mitreo

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Una muesca más

Era obvio que tarde o temprano tenía que recuperar este relato, siendo como es uno mis favoritos (hasta la fecha). Fue publicado el año pasado en el especial número 50 de la revista AWA. Lo escribí mientras leía La Magnífica Obra (con mayúsculas) de Vasili Grossman, “Vida y destino“, que tras haber permanecido durante años escondida en algún polvoriento archivo de la policía política rusa, por fin acababa de ser traducida al castellano.

Este texto se lo dedico a él. A él y al magnífico pueblo de la Unión Soviética, que pese a padecer uno de los gobiernos más despóticos y crueles que la humanidad ha conocido, no dudó en darlo todo por lo que es al fin y al cabo el ideal último de libertad: tu casa, tus compañeros y amigos y tu familia.  Porque pueden obligarte a muchas cosas, pero lo único a lo que no pueden obligarte es a amar… y dar la vida por otra persona, es un acto de amor puro…


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Hacía un frío que pelaba aquella mañana de principios de noviembre. Anatoli Ivanovich estaba un tanto aterido, pese a las capas de ropa y al tímido sol que se colaba por las agujereadas paredes del taller, donde había instalado su puesto de francotirador. El invierno se había abatido sobre la estepa tan de repente, como meses antes lo habían hecho los Junkers alemanes con sus entrañas repletas de muerte. Llovió fuego y acero en aquellos días, el nombre de Stalingrado se hizo sinónimo de Infierno.
Antes del alba, Anatoli había tomado el desayuno, un té caliente con una buena rebanada de pan y un trozo de cecina. Era importante desayunar bien, porque posiblemente tendría que aguantar muchas horas con eso.
No había salido aún el sol, cuando encontró el lugar idóneo para colocarse; el segundo piso de un taller de la fabrica “Octubre Rojo”, en tierra de nadie, asomándose a las líneas enemigas.
Sacó el fusil de su funda, era toda una maravilla de la técnica industrial soviética. Mientras lo limpiaba, se cercioró de que todos los mecanismos corrían a la perfección. Ajustó la mira telescópica, extendió la manta doblada de la que servía para aislar un poco su cuerpo de la frialdad del suelo y se dispuso para la larga espera.
Desde su posición, podía intuir, desdibujándose en la penumbra que antecede al alba, al centinela alemán por el puntito brillante del cigarrillo que estaba fumando.
El aumento de la luminosidad se veía acompañado por el creciente bullicio en las líneas fascistas. Al poco tiempo todo el regimiento estaba en marcha.
Entre los escombros, podía entrever a un soldado con los ojos aún pegados por el sueño, rascándose la cabeza mientras freía unas salchichas. Otro un poco más allá se afeitaba con un espejo de mano, que había encajado entre el fusil y el casco. Muchos otros aquí y allá, realizaban sus tareas cotidianas, aprestándose para otra dura jornada en la ciudad en ruinas.
Aunque parezca un oficio muy sofisticado, son pocas las pautas a seguir para ser un buen francotirador; el primer principio es encontrar una posición de disparo idónea y camuflarla adecuadamente para resultar indetectable. Resulta de sentido común, el suponer que el segundo principio es no precipitarse, tener una paciencia infinita y esperar tu momento. Todo francotirador sabe que va a poder efectuar un disparo, y con suerte, otro de gracia, antes de que su posición sea descubierta y se desate el infierno. Tolia es bien consciente de la función de su oficio, por eso es fundamental observar y seleccionar con cuidado el objetivo, que más pueda mellar la moral de los alemanes.
Esta vez no tuvo que esperar mucho. No serían más de las ocho de la mañana, cuando un oficial se acercó a pasar revista a las tropas. No sabría concretar si se trataba de un mayor o un coronel, pero lo que más te había llamado la atención era la cruz de caballero que llevaba al cuello. Repartía apretones de manos y sonrisas entre los soldados de primera línea, a la vez que aprovechaba para reconocer de cerca el terreno, a través del cual tendrían que avanzar sus hombres a media mañana. Anatoli se tomó su tiempo, esperó a que el rubicundo alemán se sintiese cómodo, a que estuviese seguro de que no había nadie observándole. Entonces, respiró hondo, apuntó al águila que decoraba la gorra de pico del oficial y apretó el gatillo. Le vio caer hacia atrás con una grotesca contorsión y la cabeza empapada en sangre. A toda prisa recogió sus cosas y salió corriendo como alma que lleva el diablo. Si el primer principio es buscarse un buen sitio y el segundo ser paciente, sin duda el principio cero es asegurarse de disponer una vía de escape.
Descendió los escalones del primer piso a la carrera y solo se detuvo cuando se consideró lo suficientemente alejado. Y esto no fue antes de haber atravesado un par de talleres desiertos, trastabillando a veces con las solitarias herramientas, huérfanas de las encallecidas manos de los obreros. Apoyado contra un muro, se lió parsimoniosamente un cigarrillo bien merecido, mientras con una sonrisa escuchaba los disparos de fusilería que debían de estar azotando la posición que acababa de abandonar. Hubo luego un par de ráfagas de ametralladora y por ultimo, el ruido ronco de una granada de mortero, que hizo vibrar levemente la pared. Sacudiéndose el polvo de los anchos pantalones alemanes que se había puesto sobre los suyos, se deslizó hacia un banco de madera que había por allí cerca. El primer comisario con el que se topase le haría quitárselos, pensó mientras prendía el tabaco reseco, pero de momento estaría un poco más caliente.
Con los ojos entrecerrados observaba como el humo se elevaba y desvanecía en volutas infinitas. Así, su mente se elevó también hasta los oscuros parajes boscosos de la Selva Negra. De Friburg era originario el Mayor Franz Müller, y mira tú en que paraje estepario y desolado había venido a morir. Cómo añoraba, él también, los parajes boscosos de los Urales donde se había criado. Que sentiría el pequeño Karl Franz, cuando se internase a cazar en los bosques umbríos, como su padre ausente le había enseñado. Pobre chico, es duro perder a un padre tan joven. Debe tener unos diez años, la edad de su Dmitri. ¡Oh! Mitia como deseaba volver a verlo y también a Katya. Sentir su calor y el aroma de su pelo al amanecer. Estaba convencido de en que otras circunstancias, el mayor y él hubiesen podido entre risas haber compartido cuentos de cazadores durante horas, frente a unas jarras de cerveza turbia o unos vasos de buen Vodka ucraniano.
Estampó el cigarrillo contra el suelo y lo aplastó rápidamente con la bota. ¡Al infierno con él! Es mejor no pensar más en ello. Un fascista menos mancillando el sagrado suelo de la madre Rusia -Sacó la bayoneta que colgaba del cinturón -Una muesca más en la culata de mi rifle de francotirador.

Una muesca más y un trago al quitapenas...

Por: El Exiliado del Mitreo

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