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Apostar por la derrota

Por las causas perdidas, pues son siempre las mejores.

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Pocas cosas hay peores para una pareja, que el haberse conocido demasiado pronto.

En ese sentido, es difícil que ellos hubiesen podido hacerlo más pronto aún.

Él tenía 11 años; ella 12 porque había repetido curso.

Se habían conocido en las actividades deportivas voluntarias, que en su colegio ocupaban las tardes de los miércoles. Aparte del claro objetivo de llenar con deportes estas tardes que de lo contrario hubieran estado completamente vacías, pretendían fomentar entre los chavales que estrecharan lazos fuera de las clases; no siendo un instituto de barrio, esto era algo que no estaba de más.

Y al menos para ellos dos el plan había surtido efecto…

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Todo empezó durante alguno de los partidos. Puede que fuera uno de Voleibol o de Balonmano. A ella le había hecho gracia la mortal ironía de un chaval, que no sabía cerrar la boca así le amenazaran con hierros al rojo. A él, le fascinaba ese punto borde, esa mirada insolente y burlona, esa agresividad natural que parecía irradiar. Porque ella, era todo un carácter…desde entonces empezó algo muy especial.

Aunque por supuesto, con esa torpeza más que divertida, de las cosas hechas por primera vez.

Cuando él se sentaba al sol a leer presuntuosamente algún librillo antes de empezar, ella le buscaba y se sentaba a su lado. Charlarían de tonterías supongo, el caso es que se reían un montón juntos y sobretodo, gozaban por primera vez de la extraña sensación que produce sentir tu espíritu fundiéndose con otro… esa clase de intimidad en que las palabras no son imprescindibles.

Sus amigos les dejaban solos, para sonreír y comentar en la distancia. Resultaba curioso que fuera precisamente él el primero.

El primero de su grupo en enamorarse.

Entre semana,…es decir el resto de días en el que no tenían ese espacio reservado para ellos, cuando él se topaba con ella se esforzaba en saludarla de una forma graciosamente ridícula. Algo así como un “¡Buenos días princesa!” de Roberto Benigni (sin menoscabar al maestro). A ella le encantaba y reclamaba su saludo cuando él no se había percatado de su presencia.

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Y así, en sus bufonadas y vaciles,  mientras disfrutaban al sol de su mutua compañía, se les pasó el curso, dejando sobreentendido que volverían a verse después de las vacaciones estivales.

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Después de un verano de haber estado pensando en ella todos los días; el primer día de curso la buscó con ansia entre la gente. Trató de encontrar su nombre en las listas que colgaban de las columnas del patio, para saber en qué clase estaba.

Perdía el tiempo. No estaba en ninguna. Se había cambiado de colegio…

Se enteró por una amiga de ella. Por unos instantes sus ojos parecieron girar a la velocidad de las vueltas que daba su cabeza.

Como una fiera acorralada, trataba de buscar una escapatoria a aquel atolladero.

No había ninguna, estaba claro. ¿A dónde vas con 12 años, como tenía él entonces? 12 años es demasiado pronto para casi todo…

Un amigo le devolvió a la realidad; le preguntó que qué iba a hacer. El sonrió, se encogió de hombros y guardó todo su dolor en una cajita dentro del corazón (ahora mecanicistas hijos de puta, no vengáis a decirme que el corazón no es más que un músculo, porque bien sabéis que es justo ahí donde duelen estas cosas).

Todo un traguito de amargura. No era el primero, pero sí el peor hasta la fecha…luego vendrían más y mucho peores, pero para caso poco importa.

Tal vez lo más doloroso fuera, que aunque como he dicho antes, hay veces que sobran las palabras, jamás llegaran a decirse lo que de verdad sentían…no estaban preparados para ello, puede que ni siquiera supieran expresarlo correctamente con palabras…se puede ganar tiempo, pero nunca ganar al tiempo.

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Puede que empezar y terminar con un  refrán, con una frase hecha, sea condenarse a una horca, a la que gustoso voy, por parte de los profesores de estilo…pero me parece una verdad difícil de discutir, que el primer amor, nunca se olvida…

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La Naïade de Auguste Rodin (un pequeño montaje personal)

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Por: El Exiliado del Mitreo

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Apostar por la derrota by José M. Montes is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.
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Odio

Natalie odiaba a todo el mundo.

Odiaba a la gente de su instituto, odiaba las estupideces que le obligaban a estudiar, odiaba a sus profesores; una sarta de pedantes ignorantes, que se hinchaban como pavos para soltar una sarta de pedos por la boca.

Odiaba su casa, odiaba su cuarto, recién pintado de negro, donde odiaba esconderse. Odiaba su cuerpo y se odiaba a sí misma, como solo un adolescente sabe odiarse…

Pero sobretodo los odiaba a ellos; a sus padres.

Eran tan patéticos,

Tan kisch –pensaba, mientras los contemplaba trabajando juntos en el jardín, desde su ventana con los ojillos entrecerrados por el odio.

¿Qué coño estaban haciendo?

¡Ahí están, juntitos, podando los rosales, mientras tararean desafinados la misma puta balada de hard-rock!

Los muy hijos de puta traspiraban amor por todos sus poros. Qué asco le daban y cuanto deseaba haber amanecido en un orfanato ruso.

Lo que más la sacaba de quicio,  es que pese a todo, pese a como se comportaba con ellos, sus padres le seguían brindando un amor incondicional.

¡Los muy asquerosos! Seguro que si les escupiera a la cara, seguirían sonriendo como idiotas mientras se limpiaban el salivazo.

Aquellos babosos parecía que no iban a rendirse nunca con ella, que siempre iban a poner la otra mejilla. Tenía que hacer algo, esto tenía que acabarse, o jamás sería libre, jamás la dejarían ser ella misma.

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* * * * *

¿Por qué tenía que llover precisamente hoy? Cómo odiaba estar de pie bajo la lluvia, suficiente tenía con aguantar los sollozos de sus odiosos familiares en mitad de aquel lúgubre cementerio victoriano.

Pero hay cosas que irremediablemente no cambian. Era a ellos a los que más odiaba. Ahí juntitos, sobre unas tablas, encima de dos fosas, metidos dentro de esas estúpidas cajas de pino lacado en negro.

Los muy cabrones; por fin la habían dejado sola.

Sola.

Sola.

Sola.

Sola.

Sola.

Ahora llovía dentro de su paraguas. Tenía la cara mojada…eran… ¿¡Lágrimas!?

¿De Odio?…

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Por: El Exiliado del Mitreo

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