Archivo de la categoría: Microrrelato

Extraño

Se vistió con la camisa de la víspera; como el despojo de un naufragio, yacía tirada en mitad del salón. El tejido al ser agitado inundó sus fosas de olor a ella.

Mientras tomaba un café que acababa de servirse de la cafetera aún borboteante, se puso a mirar distraídamente fotografías en las que no se reconocía.

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Antes de salir, pasó a la habitación a darle un beso de buenos días. Ella sonrió entre murmullos perezosos.

Era pronto, apenas amanecía sobre la cúspide de los edificios altos.

Así tenía que ser; uno debía recogerse -junto a huella de su paso -antes de que llegase el otro, y partir en la madrugada como un extraño…

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Por: El Exiliado del Mitreo

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Mi prometida

Mi prometida, Anna Elisabeth, se instaló a principios de otoño a vivir en la residencia de mi familia a las afueras de Londres.

Un hecho inusual, es bien cierto, ya que aún no nos habíamos desposado, pero su delicado estado de salud lo convirtió en algo obligado, ya que ella, oriunda del condado de Essex, precisaba del sabio diagnóstico de médicos de primera línea, como únicamente pueden hallarse en nuestra hermosa urbe.

Una noche desperté sobresaltado. Al abrir los ojos la vi de pie junto a mi ventana.

Le hablé pero no me contestó; cerró mis labios con un beso.

Dejó caer su camisón y se deslizó desnuda bajo mis sábanas y pese a mis muchas reservas y protestas iniciales, nos entregamos a descubrir los gozos y locuras del amor, con el cuerpo y el alma entera.

Se despidió con un beso al clarear, justo cuando los gritos de mi madre despertaron a la mansión. Anna había muerto durante la noche.

La enterraron por la tarde.

Yo fui incapaz de asistir; todos se compadecieron de mi dolor…

Desde entonces vuelve cada noche a visitarme, llevando el perfume a flores mustias de la cripta.

No sé decirle que no…no me atrevo…

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Por: El Exiliado del Mitreo

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Andaba descalzo

En el pueblo algunos rezongaban que solo lo hacía por populismo; por ganarse el aprecio de los andaban con alpargatas o con albarcas y que vete tú a saber en lo que andaría metido; seguro que en nada bueno. Lo cierto es que lo hacía porque le gustaba, porque le hacía feliz andar así; descalzo.

Como la propia tierra sus pies se mojaban con la lluvia y se secaban y agrietaban en los meses de calor. Orgulloso demostraba a cualquiera que quisiera presenciarlo, que sus plantas color corteza de encina, eran capaces de aguantar el calor de la llama de un fósforo. Quería sentir a su madre, la Tierra, en sus pies, solía decir y añadía que el hecho de poder movernos para aquí y para allá no nos hacía diferentes de las cosas que siempre había estado allí.

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Vinieron a buscarle antes de que la mañana llegara. La nocturnidad con él sabían que no servía de nada; pasaba las noches en vela, leyendo y escribiendo cartas que dejaba amontonadas en el alféizar de la ventana de la cocina, antes de que el alba despuntara en los álamos de la rivera. Allí las recogía el cartero al pasar al mediodía con el correo nuevo.

Para cuando descubrieron que su correspondencia eran poemas, relatos inacabados, largas cartas de amor o amistad, procedentes de todos los lugares del mundo, ya no había remedio. A la tierra fue a parar antes de que el ocaso cubriera de sombras el valle; suele ser siempre demasiado pronto para reunirnos con nuestra madre y una vez que nos vamos, ya es siempre demasiado tarde…

Por: El Exiliado del Mitreo


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Disparaître

Se acercó a la nube de humo y luz, que poco a poco se iba condensando en un ser salido de cuentos susurrados en noches sin luna por los nómadas del desierto. Con voz temblorosa, casi suplicante, empezó a exponerle su problema.

“Hace muchos, muchos años, me dijeron que yo no era el receptor de un servicio; la educación; sino un producto que demandaban las empresas; ellas eran el verdadero consumidor.

Me negué a ser una herramienta, un vulgar clavo o martillo. Eso me convirtió en un parias, en una nota discordante dentro de esa envilecida melodía. Pero el camino es largo y la duda es mucha, desde que esta se clavó en mi costado como una lanza. 

Así que ya no sé ni lo que hago, ni lo que debo pensar, ni lo que está o no está bien.

Por eso solicito tu consejo, ¡Oh poderoso!

¡Dime, genio, dime la verdad!”

El ser sonrió; sin bondad ni malicia, ni ningún otro rasgo interpretable por los simples mortales; y antes de volverse en humo por donde había venido, respondió con una voz llegada de más allá del tiempo:

“Tempus fugiens, omnia delet.”

 Aladino tiró la lámpara maravillosa al mar, se dio la vuelta y desapareció en la noche…por siempre jamás…

Por: El Exiliado del Mitreo

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