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Lunes de Tormenta

Hoy es día de tormenta.

El cielo había amanecido ora oculto, ora cubriendo su desnudez azul entre jirones de nubes,  más claros unos que otros.

De súbito; La noche;

Hasta que un fogonazo más brillante que el día, entró por mi ventana cómo el flash de una máquina de retratar.

El perro, que dormía hecho un ovillo en un cestito al pie de mi mesa de escritorio, levantó la cabeza atemorizado por el salvaje restallido del trueno subsiguiente, solo para encontrar un poco de seguridad en mi actitud indiferente.

Totalmente fingida por otro lado.

Contenía la respiración, sintiendo reverberar aún en mi cabeza, la ausencia dejada por aquel sonido salvaje

Y contando los segundos que quedaban hasta que empezara a llover.

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Acodado al ventanal, veía la lluvia caer;

Me produce una irresistible atracción contemplar cómo se desgarra el cielo y sus entrañas se derraman sobre la tierra.

Ese efecto de exterminio, de día del Juicio, de anegación de la ciudad, lavada de sus muchos pecados por la lluvia torrencial. En mí tiene un efecto sedante, de abandono, de olvido, de bálsamo…

Por la calle, la gente busca refugio, rehuye de la bendición del cielo; seguro, este es uno de esos casos en los que los árboles no dejan ver el bosque.

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Desde la ventana veo llover, dando sorbos largos a un té negro y amargo cómo la muerte.

Sonrío pensando en lo irónico que resulta que el único regalo que reciba hoy por mi cumpleaños venga de los dioses ¿Y quién iba a saber mejor lo que de verdad me gusta?

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Por: El Exiliado del Mitreo

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November Rain; el mundo a través de mi espejo retrovisor

No dejaba de pensar en ella.

No podía apartar la vista de la huella intangible que ella había dejado en su memoria. Algunas veces le resultaba algo incluso viciado; como cuando te cruzas con alguien con alguna notoria tara física y no logras impedir que tus ojos se dirijan una y otra y otra vez, hacia ella…

Lo cierto, es que cuando miraba en su interior, veía que era más un hueco y una paradoja, que una huella propiamente dicha…

¿La paradoja?

Pues que curiosamente, la sensación de vacío que experimentaba hacia que se sintiera bien; mejor de lo que se había sentido en mucho tiempo.

 

Ángeles de luz corrían fugaces por los espejos como estrellas de Bethléem. Se arrastraban por el asfalto, para guiar a través de la lluvia los coches que circulaban por el carril que aún iba fluido y que como siempre, no era el suyo.

 

Pensaba en lo bien que había estado con ella, y en lo mucho mejor que estaba ahora que ella no estaba; que le había dejado.

 

Lo complacía el relajante sonido, que hacía la lluvia al estrellarse en la carrocería del coche.

Lo cierto es que la lluvia siempre le había encantado, fuera cual fuera el momento del día o de la noche en que llegara.

 

La lluvia es como el consolamentum de los perfectos cátaros, que lava todas las penas y todas las culpas.

Sentía que una parte de él se había agotado, posiblemente la misma sensación que deben tener las velas cuando han quemado todo el cordón y se ha consumido toda la parafina. Era una agradable sensación de ausencia y de vacío.

 

Las lunas, delantera y trasera, competían entre ellas por ver cuál iba a estar más empañada.

<De momento la trasera iba ganando>

Un embotellamiento matutino, escondido tras un filtro de vaho y lluvia, tiene un fantasmagórico aspecto, más propio del sueño y de la irrealidad, que de la dolorosa vigilia…


De todas formas el encantamiento siempre acaba por romperse y uno vuelve a darse de bruces con un mundo que difícilmente puedes cambiar…a corto plazo.

Es todo un atentado contra la moral y el buen gusto atreverse a soñar e ir por ahí de enamorado como un vulgar adolescente.

Sonaba November Rain en la radio, y en su interior chocaban las ganas de ironizar sobre la obviedad que acababa de perpetrar el locutor con el evidente placer que le producía escuchar un tema tan bueno.

 

Miró adelante y atrás, como para cerciorarse de que el atasco en el que estaba atrapado no se había disuelto durante su ensoñación como por ensalmo. Dirigió la vista al fin hacia la ventanilla del acompañante, donde tras una trama de gotitas de lluvia, se extendían campos del color del otoño y un poco mas lejos, llegando al horizonte, empezaba Madrid.

Sonrió para sí, puede que amargamente (o tal vez no), y pensó en lo estúpido que era estar encerrado en aquel cubículo de vidrio y acero aquella mañana lluviosa de Noviembre, dirigiéndose a un trabajo monótono y rutinario, en lugar de perderse por entre los terraplenes y la tierra inculta…en libertad…

 

Por: El Exiliado del Mitreo

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