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Mi prometida

Mi prometida, Anna Elisabeth, se instaló a principios de otoño a vivir en la residencia de mi familia a las afueras de Londres.

Un hecho inusual, es bien cierto, ya que aún no nos habíamos desposado, pero su delicado estado de salud lo convirtió en algo obligado, ya que ella, oriunda del condado de Essex, precisaba del sabio diagnóstico de médicos de primera línea, como únicamente pueden hallarse en nuestra hermosa urbe.

Una noche desperté sobresaltado. Al abrir los ojos la vi de pie junto a mi ventana.

Le hablé pero no me contestó; cerró mis labios con un beso.

Dejó caer su camisón y se deslizó desnuda bajo mis sábanas y pese a mis muchas reservas y protestas iniciales, nos entregamos a descubrir los gozos y locuras del amor, con el cuerpo y el alma entera.

Se despidió con un beso al clarear, justo cuando los gritos de mi madre despertaron a la mansión. Anna había muerto durante la noche.

La enterraron por la tarde.

Yo fui incapaz de asistir; todos se compadecieron de mi dolor…

Desde entonces vuelve cada noche a visitarme, llevando el perfume a flores mustias de la cripta.

No sé decirle que no…no me atrevo…

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Por: El Exiliado del Mitreo

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La reina esmeralda

para Caro Yavén

En el desierto de la Tebaida, allá en la dormida tierra de Egipto, hallaron una vasija de arcilla repleta de papiros antiguos. En uno de ellos, medio comido por los bichos, narraba Orestes “el Venerable”; por diez años polemarca de la ciudad de Seleucia del Tigris; que en los lejanos años en que los dioses caminaban entre los hombres contaminándoles con su vileza, mucho antes de que Zaratustra; gran profeta del dios del fuego que ha sido prendido en las tinieblas; inventara la moral y los condenara al olvido; más allá del tiempo y de la realidad; habitaba en un bosque sagrado, allende la dorada Atlantis, una poderosa reina.

Aquella reina, que todos llamaban esmeralda, por ser su piel del color de la hierba fresca; era del linaje de los titanes y  los espíritus del bosque que moran en las fuentes claras y en el murmullo del viento en las hojas de los árboles.

Con suprema justicia regía a su pueblo; los silvos; desde mucho antes de que Odiseo, el de las mil astucias, emprendiera su penoso camino de regreso a Ítaca. La reina se mantenía eternamente joven, eternamente bella, porque cada año era enterrada un par de meses, entre las raíces del árbol sagrado que sostenía el mundo, para en primavera renacer rejuvenecida.

Dicen que la reina fue invitada a la celebración del jubileo de Evenor, nacido del suelo, uno de los poderosos monarcas que regían la isla de la Atlántida, y que allí, quedó maravillada por los prodigios que vio en el suelo atlante. Torres iridiscentes que se le elevaban hasta el cielo, ingenios que volaban o que surcaban la tierra y los mares…

La reina quiso implantar todas esas maravillas no soñadas entre sus súbditos y les convenció de la necesidad de despojarse de sus hábitos silvestres a cambio de otros más civilizados.

Así, los silvos destruyeron sus chozas construidas en lo alto de los árboles, cortando el bosque después, para liberar el suelo que el agua y el viento erosionaron. Cavaron la tierra para conseguir la roca y el metal con el que construir torres que se elevaron hasta el cielo y que pronto fueron la admiración y el orgullo de todos. Aunque estas tampoco es que les hicieran más felices ni mejores personas.

La reina, pese a que todo estaba yendo según lo planeado, tampoco era del todo feliz. Andaba todo el día ocupada y preocupada, y su piel desde hacía mucho tiempo y sin que nadie supiera porqué, había empezado a palidecer, y se fue quedando tan blanca, que la gente comenzó a llamarla la reina marfil.

Pasado un tiempo, una ciudad se elevaba donde antaño hubo un bosque y solo quedaba en pie el ancestral árbol que sostenía el mundo, bajo el cual la reina ya no encontraba el tiempo de enterrarse.

Cuando también a él le llegó el turno; ya no había nadie que opusiera repasos y para cuando el árbol cayó abatido por el hacha y la cadena, y la tierra comenzó a temblar y el cielo comenzó a desplomarse en forma de torrenciales lluvias; ya era tarde.

Tan grande fue la catástrofe que se cernió sobre la Tierra, que los dioses mismos tuvieron que intervenir para preservar su campo de juegos de la destrucción total. Hicieron que Atlas, de inmensa fuerza pero corta inteligencia, se dejara engañar para que a partir de entonces, fuera él el que sostuviera el peso del mundo sobre sus espaldas.

Las aguas volvieron a su cauce, pero de la reina esmeralda y su pueblo ya nunca más se supo.

Por: El Exiliado del Mitreo

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El Sueño del Sáthyro

“Qué cosas más extrañas me ocurren a veces” –pensaba yo el otro día, sentado al borde de mi cama deshecha, azotado por la brillante luz del mediodía y con las intensas punzadas de la resaca taladrándome el cerebro. “Qué cosas más extrañas me ocurren” –murmuro inarticuladamente, mientras a mi boca acude el sabor a vainilla del ron barato del que abusé la víspera.

Reflexiono, o al menos lo intento, que con esta jaqueca no tengo la cabeza para muchas alegrías. Y nada, por mucho que me esfuerzo, no logro recordar como llegué a casa. Alcanzo tan solo vagamente a verme forcejeando con las llaves, que tozudamente se negaban a entrar en la cerradura. Después, las oscilaciones erráticas del corredor, que me obligaron a llegar dando tumbos hasta mi habitación. Por fin en mi cuarto, me despojo de mis ropas que apestan a nicotina, grasa de bareto y humanidad, para ponerme el pijama que me esperaba colgado detrás de la puerta. Llegué al baño apoyándome en la pared –hay que ver lo que se mueve este puñetero pasillo por la noche –y allí como pude me aseé. No podéis haceros una idea de lo difícil que es lavarse los dientes, borracho como un lémur. De vuelta en mi cuarto, me meto en el sobre, con la sana precaución de que mi pierna derecha salga de entre las sábanas, apoyando con el pie en el suelo. Esto es lo que vulgarmente se conoce como echar el ancla, y sirve para que la habitación deje un poco de dar vueltas.

Me meto en la cama, como digo, y debió de ser cuestión de segundos, el que más que dormido cayera inconsciente. Al rato –no queráis saber si mucho o poco, porque no lo sé –me despierto tan bruscamente como me había dormido. “Qué olor más extraño” –pienso con los ojos febriles clavados en el techo –“huele como…a cabras” De repente, para rematar la faena, oigo una musiquilla de flauta. Me yergo sobresaltado y veo a un sátiro sentado en mi escritorio tocando tranquilamente una flauta de Pan con los ojos cerrados. “¡La hostia!” –Me digo dejando caer la cabeza sobre la almohada –“¿Qué coño me habrán puesto en los cubatas que estoy alucinando?”

Pero pronto descubrí que no debía estar flipando, porque la patada que me dio en la espinilla con su pezuña, me dolió de verdad. “Que haces durmiendo –me dijo, mientras le miraba con ojos desorbitados masajeándome la pierna –la bacanal acaba de empezar”

“¿Qué bacanal? ¿Dónde hay una bacanal? –le pregunto lastimeramente –“Aquí mismo, acabamos de llegar” –me responde, y de repente ya no estoy en mi cama, sí no recostado en un prado a la orilla de un río cantarín, junto a un bosque que impregna el aire de los aromas del verano. El sol está poniéndose entre las montañas. Es el momento propicio aquí en el sur, en las tierras que baña el Mediterráneo, de que dé comienzo cualquier fiesta. El sátiro corre a unirse a otros de su especie que están tocando música junto a una hoguera de fragante madera de encina. Las notas y acordes, llegan a mis oídos mezclándose con las risas de los invitados. Notas y acordes ora de flautas y cítaras, ora de pianos y guitarras eléctricas, superponiéndose para formar la pieza musical más hermosa y malévola que hubiese escuchado jamás. Continua y cambiante, a veces lenta y serena, otras rápida y desenfrenada,  como el paso de las estaciones, como la precesión de los equinoccios, como la mismísima vida.

Un fauno muy borracho, y pese a todo con un ánfora de vino medio vacía en la mano, me agarra por el brazo al pasar a mi lado y sigue trotando a saltitos con sus patillas de chota, a un ritmo que me cuesta seguir. Se ha dado cuenta que no tengo bebida y eso le parece totalmente intolerable, me dice sacudiendo de forma vehemente su cabecita rematada graciosamente por un par de cuernecillos y por una larga perilla que se remueve a cada palabra. Me conduce hasta una joven luminosa, una ninfa de los bosques, que me llena una copa de un vino dulce y especiado que diluye mis dudas. Al fin empiezo a sonreír.  Ahora lo veo todo mucho más claro.

Me acerco a una hoguera donde un grupo de jóvenes ríe y canta al compás de la música de los sátiros. Los chicos y chicas están improvisando poemas y canciones, a partir de las emociones que la cambiante música les sugiere. Les escucho en silencio, pensando que cualquier cosa que pudiera decir, no haría si no estropear la magia del momento. Cuando, tras un tiempo interminable, mis oídos se han saciado de las rimas que por turnos escapan de sus labios sonrosados, parto en busca de más vino. De camino a otra hoguera, me cruzo con un fauno que con el rostro desencajado por la lujuria persigue a una ninfa que huye de él riendo con alborozo. Camino un poco y al volver la vista atrás, veo a la ninfa que al fin se deja atrapar, y los dos ruedan vertiginosamente por la hierba.

Junto a otro fuego, hay un grupo de hombres y bacantes que conversan y bailan despreocupadamente. Que pena que baile tan mal –pienso, mientras me escancian más vino –porque me encantaría unirme a ellos. Tal vez bebiendo un poco a lo mejor me animo. Pero aún no he vaciado más de la mitad de la segunda copa que me han servido, cuando las bacantes se abalanzan sobre sus compañeros que las reciben con los miembros erguidos. Así, sobre el suelo del bosque, cubierto de musgo y hojas caídas, comienza una danza mucho más desenfrenada, bajo la atenta mirada de las luciérnagas y las aves nocturnas. Miro en derredor atónito por la escena que en pocos instantes se ha montado ante mis ojos. Dos bacantes me interpelan. La copa se me escapa de los dedos. Me conocen por mi nombre. Se lanzan sobre mí, derribándome al suelo. Son jóvenes hermosas y feroces, que más que ayudarme a despojarme de la túnica que –sorprendentemente –visto, me la arrancan del cuerpo. Los tres rodamos retorciéndonos sobre la hierba. El aire a nuestro alrededor empieza ya a llenarse de risitas y gemidos de placer, apenas velados por la insistente música. Esas muchachas, hermosas y terribles como una tormenta de agosto, armadas con sus dos bocas de labios carnosos, unas que aspiran el aire de los pulmones y otras para devorar la carne, me matan mientras me colman de vida, impregnándome de sus perfumes misteriosos y exóticos. La pasión y la locura se desbocan y llega el éxtasis con una manada de caballos que pasa galopando por la llanura.

Cuando se difuminó el sopor que se había apoderado de nosotros tras el gozo, me levanté repleto de felicidad y miré con cariño a mis compañeras que dormían acurrucadas en la hierba. Embriagado de vida me puse a pasear, a mi alrededor personas charlaban y cantaban, acompañados por la inagotable inspiración musical de los sátiros. Entonces la vi llegar. Se me acercó de forma irreal, como si se deslizara por el pastizal, como si flotara etéreamente con su vestido negro recamado de plata. No lo dudé, me fui hacia ella. Tomé su mano en la mía y con la otra estreché su cintura. Así comenzamos a bailar. Era un baile antiguo, un vals. Todo desapareció a nuestro alrededor. Las voces se acallaron, la luz se fue al fin y proseguimos bailando bajo la luz de las estrellas. Un infinito baile, una danza eterna. Me miraba con sus ojos profundos y oscuros, y cuando vi por encima de su cabeza a la malvada estrella de Orión guiñándome un ojo, la besé. Primero en su mejilla huesuda y luego en sus labios finos, y ella me sonrió con su sonrisa de calavera. “Quédate conmigo querido, y nuestra noche de amor será eterna” Y yo la sigo sin dudar, con los ojos cerrados, ¿Por qué es que acaso el amor no es hermano de la muerte? Y la parca y yo desaparecemos engullidos por las mareas del tiempo.

Cuando abro los  ojos de nuevo estoy en mi cama. El insultante sol que se cuela por la persiana e inflama mi librería, es una indicación de que está bien entrada la mañana. Me incorporo en mi cama, sintiendo cada punzada de la insoportable migraña que me impide recordar con claridad qué hice la víspera. Aún me siento convulso por el extraño sueño que me ha acabado despertando. Y pese a que los detalles empiezan diluirse como en todos los sueños, sé que su desasosiego me acompañará mucho tiempo. Dispuesto a afrontar con coraje un duro día de resaca, empiezo a desperezar los músculos, intentado adaptarlos a la vida recobrada, mientras paseo mí vista por la habitación con ojos entrecerrados por la fotofobia. ¿¡Ummm!?, ¡Joder! –mascullo sacudido de súbitas nauseas, al ver junto a mi chupa tirada en el suelo, una flauta de Pan rota. Espero que se la robase anoche a algún músico andino cuando volvía en el metro –pienso, mientras corro a arrodillarme ante la taza del water…

 

Obtenida por tratamiento de imagen a partir de "El Fauno" de Carlos Schwabe

 

Por: El Exiliado del Mitreo

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