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Extraño

Se vistió con la camisa de la víspera; como el despojo de un naufragio, yacía tirada en mitad del salón. El tejido al ser agitado inundó sus fosas de olor a ella.

Mientras tomaba un café que acababa de servirse de la cafetera aún borboteante, se puso a mirar distraídamente fotografías en las que no se reconocía.

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Antes de salir, pasó a la habitación a darle un beso de buenos días. Ella sonrió entre murmullos perezosos.

Era pronto, apenas amanecía sobre la cúspide de los edificios altos.

Así tenía que ser; uno debía recogerse -junto a huella de su paso -antes de que llegase el otro, y partir en la madrugada como un extraño…

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Por: El Exiliado del Mitreo

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Andaba descalzo

En el pueblo algunos rezongaban que solo lo hacía por populismo; por ganarse el aprecio de los andaban con alpargatas o con albarcas y que vete tú a saber en lo que andaría metido; seguro que en nada bueno. Lo cierto es que lo hacía porque le gustaba, porque le hacía feliz andar así; descalzo.

Como la propia tierra sus pies se mojaban con la lluvia y se secaban y agrietaban en los meses de calor. Orgulloso demostraba a cualquiera que quisiera presenciarlo, que sus plantas color corteza de encina, eran capaces de aguantar el calor de la llama de un fósforo. Quería sentir a su madre, la Tierra, en sus pies, solía decir y añadía que el hecho de poder movernos para aquí y para allá no nos hacía diferentes de las cosas que siempre había estado allí.

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Vinieron a buscarle antes de que la mañana llegara. La nocturnidad con él sabían que no servía de nada; pasaba las noches en vela, leyendo y escribiendo cartas que dejaba amontonadas en el alféizar de la ventana de la cocina, antes de que el alba despuntara en los álamos de la rivera. Allí las recogía el cartero al pasar al mediodía con el correo nuevo.

Para cuando descubrieron que su correspondencia eran poemas, relatos inacabados, largas cartas de amor o amistad, procedentes de todos los lugares del mundo, ya no había remedio. A la tierra fue a parar antes de que el ocaso cubriera de sombras el valle; suele ser siempre demasiado pronto para reunirnos con nuestra madre y una vez que nos vamos, ya es siempre demasiado tarde…

Por: El Exiliado del Mitreo


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Almendros en Flor

La ciudad encarna para mucha gente una rutina cruel e intolerable. El pestilente humo de los coches, la prisa, el ruido, la constante invasión de nuestro espacio vital por parte de desconocidos que nos cierran el paso en las escaleras mecánicas, o nos empujan sin querer por la calle o en el metro…

Sin embargo, creo que hay cientos, miles de motivos a lo largo del día para no darse a la desesperación.  Puede ser el gesto altruista de un desconocido que desatasque las puertas de un vagón de metro para que podamos entrar; o la sonrisa de un bebe que nos contempla desde su carrito con ojillos curiosos; hay momentos que incluso ves algo tan atípico, que no puedes hacer otra cosa sino emocionarte. Un día estaba dando un paseo por la parte más remota y despoblada de mi barrio; un parque empresarial rodeado de autopistas y vías de ferrocarril; una urraca, majestuosa en su plumaje negro y blanco con ornamentos azul metálico, estaba dando caza a un joven gorrión. El córvido era enorme comparado con el pajarillo, no sé si os hacéis una idea de la desproporción de tamaños; todo indicaba que sus días estaban contados. De repente sucedió algo que hizo que me preguntara si no estaba soñando; como salidos de la nada, una muchedumbre de gorriones, pequeñitos y marrones, rodearon a la urraca. No se podría decir que la atacaran –que iban a hacer ellos tan pequeños, contra aquel monstruo ávido  de sangre –pero me pareció el ejemplo más admirable de resistencia pasiva que he visto en mi vida. Se limitaron a apabullarla con su número, a piar furiosos contra aquella injusticia manifiesta, a seguirla allí donde iba en persecución de su compañero. Al final, la urraca abrió su majestuoso plumaje al viento y se largó con viento fresco de allí, dejando a la pequeña criaturilla con sus compañeros… ¿Qué tontería, no? Pero aquella victoria, que ni siquiera era mía, me produjo una incontenible sensación de orgullo y no pude parar de sonreír como un idiota todo el camino.

Es cierto que los hechos puntuales como este, aunque hermosos y en ciertos casos bastante perturbadores, no dejan de ser eso: hechos puntuales, que exigen que estemos en el lugar correcto, en el momento oportuno. De modo que mientras esperamos el milagro, la súbita iluminación, tampoco está de más que encontremos la belleza en la repetición de lo irrepetible, como es la constatación del transcurso infinito de las estaciones. En mi caso, ver que han florecido los almendros me alegra el día, no lo puedo evitar, será que me recuerdan a mi tierra. Contemplo su ciclo anual cada día, pues en mi trayecto del portal al metro hay varios y algunos más en las inmediaciones, y esa súbita explosión de actividad primaveral aún en pleno invierno me hace sonreír. La vida no es tan mala después de todo, por mucho que la gente diga.

Detrás, al otro lado de la calle, veo la carcasa azabache del viejo almendro de Hortaleza, mucho más viejo que yo, mucho más viejo que cualquier otro ser viviente del barrio. Tras una larga agonía, creo que el año pasado nacieron de él las últimas hojillas verdes; ni siquiera llegaron a ver la llegada del otoño. No sé si el gigante está dormido o si aquel tímido alarde fue su canto postrero a la vida, antes de que abandonase para siempre su espíritu su esqueleto lignificado. No es una tragedia, creedme, no lo es. Junto a mi casa hay dos almendritos, nacidos hace muchos años de este padre anciano –hay uno que yo mismo vi nacer cuando era pequeño y jugaba en el parque cada tarde –sin duda de almendras que chavales al salir del colegio jugaban a lanzarse y la buena suerte dejo en un lugar propicio para su germinación. Hoy esos almendros se elevan un par de metros del suelo y puede que aquellos críos sean padres a su vez. Como veis, todo cambia y todo sigue igual aunque diferente a sí mismo.

 

La belleza de la vida está ahí afuera, brillando en todo su esplendor, para aquel que esté dispuesto a sacar los ojos del acenagado asfalto.

No podrán vencernos.

El otro, cómo está al sol, va más avanzado y ya ha tirado casi todas las flores y han empezado a brotarle las hojas.

Por: El Exiliado del Mitreo

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¿Lloras?

La poesía es siempre una mierda, pero tiene su público (entre otros, yo). Aquí os dejo un poema que a lo mejor hasta os gusta y todo, vosotros diréis.

 

¿Por qué te haces preguntas

Y lloras? (pequeña)

¿Por qué?

¿Por qué no haces como el resto?

 

Acabarás por ahí,

de copas con Sócrates.

No se debe ser incómodo.

Mejor cállate y asiente.

Como mucho piensa en otra cosa

(si aún sabes).

 

Alístate en el ejército de los muertos,

Viste todos los árboles de invierno,

Pide la vez para el festín de los cuervos

Roba al niño Jesús de los Nacimientos,

Sigue la ruta que te han marcado.

No vale mirar a los lados,

Ni hacia atrás.

 

¿Aún te resistes?

Ya te rendirás

Mañana.

Imagen gentilmente cedida por "A4-Autovía del Sur" (http://www.flickr.com/photos/autoviadelsur/)

 

Por: El Exiliado del Mitreo

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La gente es extraña cuando eres un extraño

La gente es extraña cuando eres un extraño. Así es cómo se sentía Jim Morrison en 1967. Y así es como me siento yo hoy.

Que extraño es todo lo que me rodea. Colas y colas para comprar un maldito billete de lotería que no les va a tocar. Gente gastando compulsivamente en un intento de ser feliz. Televisiones y sus cánones anoréxicos de belleza. Convenciones sociales y normas absurdas que respetar. Profesores presentándote una vida laboral confinada en una oficina. Tendencias musicales carentes de sentimiento. Publicidad andante que llama a tu casa. El rencor acechando en cada ser etc… Y lo que más me aterra, el aspecto por encima de todo y la predominancia del dinero sobre valores éticos.

Todo me es ajeno. Me rodea pero no llega a atravesarme. Corrientes que fluyen a mi lado mientras yo permanezco en medio, quieta y sin saber que hacer. Tan sólo, en un intento de liberación, mis labios pueden mascullar un ligero “déjadme en paz” a la vez que cierro los ojos y cubro mis orejas con las manos…

Tras muchas horas de reflexión, mi mente consigue fijar una idea. Corta pero contundente. Un letrero de neón que espero que no se apague antes de tiempo. “Aíslate del mundo”.

Pero hasta que llegue ese día, seguiré repitiéndome noche tras noche antes de dormir: “Tranquila Mandioca, mañana será un nuevo día”.

 

 

 

Por: Mandioca

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El Sueño del Sáthyro

“Qué cosas más extrañas me ocurren a veces” –pensaba yo el otro día, sentado al borde de mi cama deshecha, azotado por la brillante luz del mediodía y con las intensas punzadas de la resaca taladrándome el cerebro. “Qué cosas más extrañas me ocurren” –murmuro inarticuladamente, mientras a mi boca acude el sabor a vainilla del ron barato del que abusé la víspera.

Reflexiono, o al menos lo intento, que con esta jaqueca no tengo la cabeza para muchas alegrías. Y nada, por mucho que me esfuerzo, no logro recordar como llegué a casa. Alcanzo tan solo vagamente a verme forcejeando con las llaves, que tozudamente se negaban a entrar en la cerradura. Después, las oscilaciones erráticas del corredor, que me obligaron a llegar dando tumbos hasta mi habitación. Por fin en mi cuarto, me despojo de mis ropas que apestan a nicotina, grasa de bareto y humanidad, para ponerme el pijama que me esperaba colgado detrás de la puerta. Llegué al baño apoyándome en la pared –hay que ver lo que se mueve este puñetero pasillo por la noche –y allí como pude me aseé. No podéis haceros una idea de lo difícil que es lavarse los dientes, borracho como un lémur. De vuelta en mi cuarto, me meto en el sobre, con la sana precaución de que mi pierna derecha salga de entre las sábanas, apoyando con el pie en el suelo. Esto es lo que vulgarmente se conoce como echar el ancla, y sirve para que la habitación deje un poco de dar vueltas.

Me meto en la cama, como digo, y debió de ser cuestión de segundos, el que más que dormido cayera inconsciente. Al rato –no queráis saber si mucho o poco, porque no lo sé –me despierto tan bruscamente como me había dormido. “Qué olor más extraño” –pienso con los ojos febriles clavados en el techo –“huele como…a cabras” De repente, para rematar la faena, oigo una musiquilla de flauta. Me yergo sobresaltado y veo a un sátiro sentado en mi escritorio tocando tranquilamente una flauta de Pan con los ojos cerrados. “¡La hostia!” –Me digo dejando caer la cabeza sobre la almohada –“¿Qué coño me habrán puesto en los cubatas que estoy alucinando?”

Pero pronto descubrí que no debía estar flipando, porque la patada que me dio en la espinilla con su pezuña, me dolió de verdad. “Que haces durmiendo –me dijo, mientras le miraba con ojos desorbitados masajeándome la pierna –la bacanal acaba de empezar”

“¿Qué bacanal? ¿Dónde hay una bacanal? –le pregunto lastimeramente –“Aquí mismo, acabamos de llegar” –me responde, y de repente ya no estoy en mi cama, sí no recostado en un prado a la orilla de un río cantarín, junto a un bosque que impregna el aire de los aromas del verano. El sol está poniéndose entre las montañas. Es el momento propicio aquí en el sur, en las tierras que baña el Mediterráneo, de que dé comienzo cualquier fiesta. El sátiro corre a unirse a otros de su especie que están tocando música junto a una hoguera de fragante madera de encina. Las notas y acordes, llegan a mis oídos mezclándose con las risas de los invitados. Notas y acordes ora de flautas y cítaras, ora de pianos y guitarras eléctricas, superponiéndose para formar la pieza musical más hermosa y malévola que hubiese escuchado jamás. Continua y cambiante, a veces lenta y serena, otras rápida y desenfrenada,  como el paso de las estaciones, como la precesión de los equinoccios, como la mismísima vida.

Un fauno muy borracho, y pese a todo con un ánfora de vino medio vacía en la mano, me agarra por el brazo al pasar a mi lado y sigue trotando a saltitos con sus patillas de chota, a un ritmo que me cuesta seguir. Se ha dado cuenta que no tengo bebida y eso le parece totalmente intolerable, me dice sacudiendo de forma vehemente su cabecita rematada graciosamente por un par de cuernecillos y por una larga perilla que se remueve a cada palabra. Me conduce hasta una joven luminosa, una ninfa de los bosques, que me llena una copa de un vino dulce y especiado que diluye mis dudas. Al fin empiezo a sonreír.  Ahora lo veo todo mucho más claro.

Me acerco a una hoguera donde un grupo de jóvenes ríe y canta al compás de la música de los sátiros. Los chicos y chicas están improvisando poemas y canciones, a partir de las emociones que la cambiante música les sugiere. Les escucho en silencio, pensando que cualquier cosa que pudiera decir, no haría si no estropear la magia del momento. Cuando, tras un tiempo interminable, mis oídos se han saciado de las rimas que por turnos escapan de sus labios sonrosados, parto en busca de más vino. De camino a otra hoguera, me cruzo con un fauno que con el rostro desencajado por la lujuria persigue a una ninfa que huye de él riendo con alborozo. Camino un poco y al volver la vista atrás, veo a la ninfa que al fin se deja atrapar, y los dos ruedan vertiginosamente por la hierba.

Junto a otro fuego, hay un grupo de hombres y bacantes que conversan y bailan despreocupadamente. Que pena que baile tan mal –pienso, mientras me escancian más vino –porque me encantaría unirme a ellos. Tal vez bebiendo un poco a lo mejor me animo. Pero aún no he vaciado más de la mitad de la segunda copa que me han servido, cuando las bacantes se abalanzan sobre sus compañeros que las reciben con los miembros erguidos. Así, sobre el suelo del bosque, cubierto de musgo y hojas caídas, comienza una danza mucho más desenfrenada, bajo la atenta mirada de las luciérnagas y las aves nocturnas. Miro en derredor atónito por la escena que en pocos instantes se ha montado ante mis ojos. Dos bacantes me interpelan. La copa se me escapa de los dedos. Me conocen por mi nombre. Se lanzan sobre mí, derribándome al suelo. Son jóvenes hermosas y feroces, que más que ayudarme a despojarme de la túnica que –sorprendentemente –visto, me la arrancan del cuerpo. Los tres rodamos retorciéndonos sobre la hierba. El aire a nuestro alrededor empieza ya a llenarse de risitas y gemidos de placer, apenas velados por la insistente música. Esas muchachas, hermosas y terribles como una tormenta de agosto, armadas con sus dos bocas de labios carnosos, unas que aspiran el aire de los pulmones y otras para devorar la carne, me matan mientras me colman de vida, impregnándome de sus perfumes misteriosos y exóticos. La pasión y la locura se desbocan y llega el éxtasis con una manada de caballos que pasa galopando por la llanura.

Cuando se difuminó el sopor que se había apoderado de nosotros tras el gozo, me levanté repleto de felicidad y miré con cariño a mis compañeras que dormían acurrucadas en la hierba. Embriagado de vida me puse a pasear, a mi alrededor personas charlaban y cantaban, acompañados por la inagotable inspiración musical de los sátiros. Entonces la vi llegar. Se me acercó de forma irreal, como si se deslizara por el pastizal, como si flotara etéreamente con su vestido negro recamado de plata. No lo dudé, me fui hacia ella. Tomé su mano en la mía y con la otra estreché su cintura. Así comenzamos a bailar. Era un baile antiguo, un vals. Todo desapareció a nuestro alrededor. Las voces se acallaron, la luz se fue al fin y proseguimos bailando bajo la luz de las estrellas. Un infinito baile, una danza eterna. Me miraba con sus ojos profundos y oscuros, y cuando vi por encima de su cabeza a la malvada estrella de Orión guiñándome un ojo, la besé. Primero en su mejilla huesuda y luego en sus labios finos, y ella me sonrió con su sonrisa de calavera. “Quédate conmigo querido, y nuestra noche de amor será eterna” Y yo la sigo sin dudar, con los ojos cerrados, ¿Por qué es que acaso el amor no es hermano de la muerte? Y la parca y yo desaparecemos engullidos por las mareas del tiempo.

Cuando abro los  ojos de nuevo estoy en mi cama. El insultante sol que se cuela por la persiana e inflama mi librería, es una indicación de que está bien entrada la mañana. Me incorporo en mi cama, sintiendo cada punzada de la insoportable migraña que me impide recordar con claridad qué hice la víspera. Aún me siento convulso por el extraño sueño que me ha acabado despertando. Y pese a que los detalles empiezan diluirse como en todos los sueños, sé que su desasosiego me acompañará mucho tiempo. Dispuesto a afrontar con coraje un duro día de resaca, empiezo a desperezar los músculos, intentado adaptarlos a la vida recobrada, mientras paseo mí vista por la habitación con ojos entrecerrados por la fotofobia. ¿¡Ummm!?, ¡Joder! –mascullo sacudido de súbitas nauseas, al ver junto a mi chupa tirada en el suelo, una flauta de Pan rota. Espero que se la robase anoche a algún músico andino cuando volvía en el metro –pienso, mientras corro a arrodillarme ante la taza del water…

 

Obtenida por tratamiento de imagen a partir de "El Fauno" de Carlos Schwabe

 

Por: El Exiliado del Mitreo

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