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Recuerdo del Père Lachaise

Ya que muerto el veranito de San Miguel, el otoño ha lanzado sus garras sobre la península, aunque hoy, un engañoso sol haya reemplazado a los chubascos de ayer, destemplado y con los pies helados, me he levantado con ganas de hablaros de un cementerio. No me preguntéis porqué, pero el día lúgubre de ayer me ha impulsado a recuperar un texto que dormía en mi cuaderno de notas desde el marzo pasado.

Creo que ninguna o prácticamente ninguna otra ciudad del mundo, tiene cementerios tan emblemáticos como Paris. Pensé que iba a estar solo aquel sábado gris de marzo pero me equivocaba… los peregrinos están dispuestos a cumplir a rajatabla los ritos y actos litúrgicos exigidos por sus particulares misales, que toman la atractiva forma, ilustrada con fotitos, de guías de Lonely Planet y demás…

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El Père Lachaise. Se oyen croar los cuervos. Abundan por todo París, ya me había llamado la atención, pero aquí se siente mucho más su presencia maldita y amenazadora.  No dejan de mirarte mientras se atusan las plumas, encaramados en lo más alto de los panteones en ruinas.

Ruina, ruinas y más ruinas. Ruinas por todas partes. Hay algunas tumbas nuevas, pero la mayor parte, el tiempo las está reduciendo a ruinas. Gloriosas ruinas, hermosas ruinas cubiertas de musgo y uñas de gato. Los árboles crecen entre ellas; sobre ellas; dentro de ellas, levantándolas, reduciéndolas a escombros. Una simple semillita que el viento arrastra, puede con el tiempo reducir el mármol a polvo.

Melancólica desolación

Croar de cuervos. Parece que te estén esperando. Tal vez creer que tu final vendrá pronto.

Una fina lluvia cae de tiempo en tiempo, reforzando la serena melancolía del lugar.

Cómo me alegro de estar vivo...

La roca pulida, el tiempo la ha erosionado, y con el verdín que ha crecido en los nombres, muchos se han borrado. De esta forma ha desaparecido el último testimonio del paso por esta vida de muchas gentes, que jamás hicieron nada que hiciera que se recordara su nombre, antes de que fueran gravados en la piedra traicionera. Así muera la memoria. Es la muerte de la muerte.

Cómo me alegro de estar vivo.

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He venido a ver a Jim Morrison. Quería ver con mis propios ojos donde descansa el mito; qué es lo queda del genio de versos beat entre psiquedélicos y psicóticos. En el fondo yo también soy un peregrino, aunque yo por lo menos sé quien fue, su música me hace vibrar y me impulsa a mundos lejanos, poblados por amores caníbales, carreteras infinitas y chamanes danzando a la luz de la luna y las estrellas.

James Douglas Morrison 1948-1971 - Fiel a su propio espíritu

Dando vueltas y vueltas acabo dando con su tumba. En el fondo tampoco es muy difícil, basta con seguir a la gente. La hay en abundancia, como he dicho, paseando entre los muertos con un planito en la mano. Llegan, se asoman, intentan ver lo que pone en la lápida y echan la foto de rigor y se marchan…tiempo total trascurrido un minuto y poco. Puedo oír con horror a un chaval preguntar en castellano, que quien este tío… en realidad no tiene la culpa, el producto de este turismo plastificado que te hace hacer cosas que no entiendes.

Desde luego yo tampoco he encontrado lo que buscaba. A diferencia de otros sitios que ansiaba visitar, aquí no he sentido nada en especial. Hay demasiada gente y pese a que quedo sentado un buen rato esperando un momento de calma, este no llega. Aquí no hay nada, solo es una piedra rodeada de idiotas. Creo que Jimmy se merecía algo mejor.

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Sin embargo, perdido, buscando una salida que me lleve a la boca de metro deseada, doy con otra cosa. Os dejo la imágenes…las hice con lágrimas en los ojos y la carne de gallina…al final la visita al Père Lachaise no fue tan infructuosa como me temía. 😀

En memoria de todos los españoles muertos por la libertad

"Esta urna contiene tierra de todos los campos de batalla, así como de los campos de concentración nazis, donde millares de Republicanos Españoles murieron por la libertad"

Por: El Exiliado del Mitreo

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Recuerdo del Père Lachaise by José M. Montes is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.
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Honrar a los muertos de todos

Los muertos de todos“, así es como se titula el artículo de Jorge Martínez Reverte, publicado el 18 del presente mes de junio en la sección de opinión del periódico El País. Sé que llego con un poco de retraso, pero me pareció muy interesante cuando lo leí y estaba meditando cuál iba a ser la mejor forma de compartirlo con vosotros.

El artículo (que podéis leer a continuación, así como a través de este link a El Pais.com) versa sobre un tema muy controvertido últimamenteen España, aunque la verdad que no entiendo muy bien porqué, porque no debería serlo en absoluto. Hace unos treinta y cinco años que recuperamos la democracia y el hecho de abrir las fosas de los represaliados de la guerra y el franquismo no debería ser sino un acto de normalidad democrática.

Personalmente me parece una polémica totalmente ficticia creada por la lamentable clase política que aposentada en el parlamento de este país, la casa de todos los españoles, aunque más de unos (ellos, los políticos profesionales) que de otros (el ciudadano), que se dedica a tapar su ineptitud e ignorancia con lo que tiene más a mano.

Jorge M. Reverte, es periodista y escritor, y desde el periodismo ha escrito tres obras históricas con las que se ha ganado todo mi respeto y aprecio. En efecto, “La batalla de Madrid“, “La batalla del Ebro” y “La caída de Cataluña“, son obras maestras de la historiografía contemporánea que siguen la estela de William Craig con su “Enemigo a las puertas: La batalla por Stalingrado“. Porque la historia no es una losa polvorienta, porque la historia no es solo una sucesión de fechas y nombres, porque la historia la hacen las personas tanto o más que los personajes.

Para escribir estos libros, Jorge M. Reverte no solo se ha nutrido de hemerotecas, del Archivo General de la Guerra Civil Española de Salamanca, de ensayos de otros historiadores, sino que en una ímproba labor periodística ha recogido el testimonio de un sinnúmero de españoles que vivieron estos sucesos en primera persona, bien sea leyendo memorias, correo particular o cuando a sido posible, mediante entrevistas personales en España o Francia. Esto ha convertido sus ensayos en crónicas, en relatos en los que día tras día va desgranándose la contienda a través de una multitud de seres humanos, con nombres y apellidos, personas corrientes, de todos los sectores y estamentos de la sociedad, a los que acompañan también personalidades de aquellos días, como el presidente Azaña, el general Rojo o el (infame) general Franco, por poner algunos ejemplos. Todo esto da a sus libros una fuerza, una viveza, un colorido, que penetra eléctricamente al lector. Aún recuerdo la embriagadora euforia que sentía al leer “La batalla de Madrid“, cuando un pueblo en armas fue capaz de detener al fascismo a las puertas de la capital en la que fue la primera batalla urbana de la historia, y jamás olvidaré las lágrimas que derramé junto a los últimos soldados republicanos, que ya del otro lado de la frontera, veían arder la bandera republicana en el paso fronterizo al final de “La caída de Cataluña“…

Sin más, os dejo con su texto, un texto políticamente incorrecto en estos días extraños para un republicano como él y como yo. Espero vuestros comentarios y opiniones si el tema os resulta interesante.

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JORGE M. REVERTE
EL PAÍS – Opinión – 18-06-2010

Los muertos de la Guerra Civil española deberían ser de todos. Y todos esos muertos deberían recibir el homenaje de la sociedad entera, porque en su mayoría lo fueron injustamente. En ambos bandos. Yo creo que eso es lo que quería decir Joaquín Leguina en el artículo que ha sido tan mal celebrado en las últimas semanas.
Veamos por orden algunas cosas. La primera, que no hay que discutir mucho para concluir que la República era el régimen legal y legítimo, y que los rebeldes comenzaron una inmensa matanza con propósitos exterminadores desde que se inició el golpe de Estado del 18 de julio. A esa sangre le siguió más sangre, vertida desde muchos lados.

Los defensores de la causa de la República (entre los cuales me cuento) olvidan a menudo que muchos republicanos actuaron, en bastantes ocasiones, con la misma crueldad y frialdad que los golpistas. Y no siempre desde el descontrol que la inexistencia del Estado facilitaba. Valgan cuatro ejemplos:

El de Paracuellos del Jarama, donde milicias organizadas que dependían del PCE y de la CNT acabaron con la vida de más de 2.000 sospechosos de connivencia con los insurgentes. No eran la República, pero formaban parte de su entramado. Lo demuestran las actas de la CNT halladas por Diana Plaza, que trabajaba para mí como documentalista para el libro La batalla de Madrid.

El de los asesinatos de Barcelona. Varios miles de personas de la pequeña burguesía (o simplemente católicos) fueron asesinados de forma planificada por la FAI, según la documentación aportada por Miquel Mir en su libro Diario de un pistolero de la FAI.

El libro de Fernando del Rey Paisanos describe con una documentación abrumadora cómo, desde antes del comienzo de la sublevación, en un pueblo manchego llamado La Solana, todo el mundo sabía a quién tenía que matar en cuanto comenzara el enfrentamiento que ya se olía.

En Cataluña, al finalizar la guerra, se produjeron matanzas de prisioneros realizadas por milicias que dependían del Gobierno y controlaban las cárceles. Javier Cercas, que ha participado en esta polémica, ha novelado los sobrados datos que existen al respecto.

Estos cuatro ejemplos bastan, a mi juicio, para afirmar que se dieron casos abundantes de planificación en el bando de la República, que afectan a fuerzas fundamentales de las que la defendían.

Eso no impide seguir sosteniendo que, de forma general, se pueda decir que la República era un régimen legítimo que estaba defendido por personas honradas, pero también por asesinos, mientras que los alzados formaron un conglomerado criminal que también fue defendido por personas decentes.

Pero si pasamos a las víctimas y nos alejamos de la política, podemos analizar con un poco de cordura lo que de ahí nos debe quedar. Aquí me voy a contentar con exponer un solo ejemplo que es el más espinoso: Paracuellos.

Y es que poca gente comenta que de los más de 2.000 asesinados a las afueras de Madrid en noviembre y diciembre de 1936 no existe identificación individual. Se sabe de muchos, se sabe que están ahí, pero no se conoce ni el número exacto ni la identidad de cada uno de los cadáveres que reposan en las zanjas. ¿Merecían la muerte? ¿Hay que sacarles el ADN a todos? Pienso que no, que nos basta con reconocer que fueron asesinados de forma injusta y que algo les debe recordar. Los franquistas les han recordado siempre. ¿Y los demás?

Como a los demás. Lo que está todavía pendiente es la recuperación de la dignidad de muchos que fueron asesinados por los franquistas. Devolverles la dignidad y dar a sus familias la posibilidad de completar el duelo que Franco les negó. Hay que ser malnacido para seguir negándolo. Y han sido, por su parte, muy poco hábiles y diligentes los Gobiernos de la democracia que no han completado esa tarea.

Creo que llegar a un acuerdo sobre estas bases es bastante sencillo.

No existe ninguna diferencia de grado entre las víctimas de Paracuellos y las de Badajoz. Ha existido una diferencia de trato durante 40 años. Pero todos fueron asesinados a sangre fría, de forma indiscriminada, sin juicio y sin causa. Les podemos hacer iguales ahora. Pero la base para conseguirlo es reconocer que ninguno fue asesinado justamente, por mucho que de los asesinos, que no lo fueron todos los combatientes, unos fueran golpistas odiosos y otros fueran odiosos defensores (aunque nos pese a algunos) de una causa justa.

Detesto el franquismo, todo lo que supuso y toda la herencia que dejó. Pero no me cuesta nada, sino todo lo contrario, proclamar que todos esos muertos son míos. Los que están en unas fosas y los que están en otras.

Y que no considero míos a ninguno de los que los asesinaron. Ni son míos los milicianos que fueron a Paracuellos ni los falangistas que limpiaban cada pueblo de forma ordenada. En casi todos los casos se trataba, además, de gente que estaba en la retaguardia, que no combatía, que solo mataba a seres indefensos.

Franco mató el doble que los republicanos. Eso, ¿qué tiene que ver con cada víctima?

Jorge M. Reverte es periodista y escritor


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