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El Lotófago

Hace ya algún tiempo quería recuperar este poema. Fue publicado por primera vez en la revista AWA, allá por diciembre de 2008. Pese a lo que pueda haber evolucionado desde que lo escribí, le sigo teniendo un especial cariño, espero que os guste a vosotros también.

 

Para Maxús

Las ligeras cortinas sedosas
mecidas por la brisa marina,
impúdicas, se agitan, y ociosas
a la agónica luz ambarina
de mil atardeceres iguales.

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El sombrío diván de estriado
cuero, acoge sueños inmortales,
sin tiempo, fin, ni significado.

.
Los ojos, velados por la niebla,
sin ver miran, como estupefactos,
en los muros, los gloriosos actos,
de héroes envueltos por la tiniebla
del tiempo y del olvido absoluto.

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No habrá más lágrimas, no más luto,
tan solo un atardecer eterno,
de eternos sueños opalescentes,
libre de las penas del infierno
y también de las tediosas fuentes
del cielo, demasiado límpidas
para el que ha vagado por perdidas
sendas, hoyadas por esos pocos,
quizá suficientemente locos,
para cerrar los ojos y soñar.


Plegaria:
Pido a los dioses que de este sueño
Del loto nunca vuelva a despertar,
Y mi mente vague así sin dueño
Por toda la eternidad.

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Por: El Exiliado del Mitreo

Licencia de Creative Commons
El Lotófago by José M. Montes is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.
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Este relato empecé a maquinarlo durante la visita que hice al musée du quai Branly de París a principios de este mes.

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Intentó hablar, pero solo sonidos inarticulados escapaban de su garganta. Para cuando consiguió hacer que su lengua comenzase a moverse, la sintió tan gorda, que a penas lograba retenerla en la boca. La saliva empezó a correrle por la barbilla y sus ojos fueron velándose por un manto extraño de brillo de jade. Sentía el latido de la selva a su alrededor, batiendo en la noche y al fin en un estallido de verde, el alma de la selva lo engulló.

Voló entonces hasta el nido de unas águilas arpías que estaba junto a la aldea. Volaba con el despojo de un mono que acababa de abatir prendidos en las garras. Desde el nido, sus polluelos miraban erguidos y serios, acercarse a su madre. De esto tendrían como para comer durante una semana…

Entonces era un tapir, huía por el sotobosque del jaguar que le daba caza. Trataba de alcanzar el río, pero no llegó. Sintió un choque que le hizo trastabillar y el lacerante dolor que le produjeron las garras del felino hundiéndose en su carne. Después unos colmillos buscaron su cuello; primero, dolor, después empezó a sentir como se sofocaba cuando el jaguar le oprimió la traquea. Se oyó gorgotear y espuma roja le salía por la boca, a cada intento que hacía por respirar y liberarse. Se sentía cada vez más débil. Después, el mundo se fue haciendo más lejano y la oscuridad envolvía el día, después…nada…

Solo el penetrante olor de la sangre que estallaba en su nariz y su sabor salado y calido en la lengua. Se recostó junto al tapir que acababa de abatir y jadeó para recuperar el aliento. Cada vez le costaba más, se estaba haciendo viejo, pensaba, mientras se relamía y limpiaba las manchas de sangre de su pelaje moteado. Empezó a llenar la tripa con el corazón aún desbocado y los músculos palpitantes por las descargas de adrenalina de la caza.

También fue un capibara y chasqueó la lengua de satisfacción, mientras retozaba junto a su familia en un recodo del río, donde no había nunca pirañas. Como un guacamayo que fue, se sumó al parloteo incesante de su populosa colonia colgada de un risco. Fue todo eso y mucho más, todos a la vez y a la vez ninguno. Hasta que a la salida del sol las sombras fueron desterradas a los confines del bosque…

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Era un árbol que descollada del techo de la selva cuando despertó, mecido por la lluvia y el viento. Se sentía aturdido y desorientado. Tenía un regusto metálico en la boca y le escocía la nariz por haber esnifado el polvo yãkõana que le había suministrado su acólito en una caña hueca.

El sol estaba alto en el cielo. Había estado bailando hasta el amanecer, y en su trance había hablado. Los espíritus xapiripë habían hablado a través de él. A través de él habían hablado y habían advertido del temible peligro que sobre ellos se cernía…Hombres extraños llegarían hasta allí con sus ruidosos artefactos de frío y calor. Se llevaran el bosque y con él la caza y les expulsaran, con sus lanzadores del trueno, de sus tierras ancestrales…

Para cuando su aprendiz le había puesto al tanto de todo y con el cuerpo dolorido, el chamán había salido de su choza, los guerreros se habían reunido entorno a la hoguera del consejo y habían tomado la determinación de abandonar la aldea para internarse más en la selva…Aunque nadie lo dijo, en la cara de todos se leía una pregunta sin respuesta: ¿Hasta cuando seguirán existiendo lugares a los que retirarse cuando la situación apremie?

Por: El Exiliado del Mitreo

Publicado en el número 56 de la revista AWA, de abril de 2010.

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