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Disparaître

Se acercó a la nube de humo y luz, que poco a poco se iba condensando en un ser salido de cuentos susurrados en noches sin luna por los nómadas del desierto. Con voz temblorosa, casi suplicante, empezó a exponerle su problema.

“Hace muchos, muchos años, me dijeron que yo no era el receptor de un servicio; la educación; sino un producto que demandaban las empresas; ellas eran el verdadero consumidor.

Me negué a ser una herramienta, un vulgar clavo o martillo. Eso me convirtió en un parias, en una nota discordante dentro de esa envilecida melodía. Pero el camino es largo y la duda es mucha, desde que esta se clavó en mi costado como una lanza. 

Así que ya no sé ni lo que hago, ni lo que debo pensar, ni lo que está o no está bien.

Por eso solicito tu consejo, ¡Oh poderoso!

¡Dime, genio, dime la verdad!”

El ser sonrió; sin bondad ni malicia, ni ningún otro rasgo interpretable por los simples mortales; y antes de volverse en humo por donde había venido, respondió con una voz llegada de más allá del tiempo:

“Tempus fugiens, omnia delet.”

 Aladino tiró la lámpara maravillosa al mar, se dio la vuelta y desapareció en la noche…por siempre jamás…

Por: El Exiliado del Mitreo

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Calor y frío industrial

El cielo ha amanecido hoy cubierto de plomo. Por momentos toma tintes entre amarillentos y ocre. Es el polvo que el aire cálido del sur, ha arrastrado de los desiertos del Norte de África.

Qué el sol no esté a la vista no impide que no se sienta su furia. Lleva durando una semana, esta ola de aire sahariano que barre la península y ha disparado las alertas por calor.

He trasladado mi centro de operaciones al comedor. Como está orientado al Norte, se está más fresco que en mi habitación que mira al Sur. Pese a la sabia gestión de persianas y corrientes de aire, heredada de miles de generaciones nativas del Mediterráneo, el calor sigue presente, aunque no sea insoportable.

Es un calor espeso. Te abofetea si abres la ventana. En la penumbra de la casa, el aire es lento, estático, podría casi cortarse con un cuchillo. Mezcla la humedad de mi transpiración, con la de los cacharros con agua que he diseminado estratégicamente para que no se sequen los muebles, una de esas costumbres heredades de una familia de carpinteros, que se remonta hasta donde alcanza la memoria…

Sentado en una de las elegantes sillas torneada del comedor, hago girar el boli en mi mano, mientras miro distraídamente por la ventana. Mis apuntes de termotecnia yacen desparramados ante mí. En la radio suena Jazz. He estado alternando una grabación de Madame Butterfly con Pavarotti (qué gran tenor murió con él) con la radio. Nunca he sido mucho de radio, pero recientemente le he estado tomando el gusto a Radio 3 de Radio Nacional de España. Viejos vinilos de Jazz, Blues y Rock, programas con música diversa y extraña de todo el mundo, junto con cantautores, que más buenos o más malos, al menos no suenan como subproductos plastificados. El estudio no va mal, aunque me da la sensación, que mis mejores años para esto ya han pasado. Me cuesta mucho más centrarme. De todas formas siempre he sido demasiado inquieto para estar durante mucho rato haciendo una sola cosa.

Ruge el trueno. Después del mediodía ha ido concentrándose más el cielo. No es solo polvo lo que hay en suspensión. En los días precedentes, tan calurosos como este, la evaporación ha sido muy fuerte. La tierra deshidratada clama por que le devuelvan su agua. Serán las cinco o las seis de la tarde, cuando al fin empieza a llover. Es racheado, por lo que solo tengo que cerrar las ventanas que dan al Sur. Por el resto penetra el olor a tierra mojada. Pero a penas si cae nada, solo unas pequeñas lágrimas de polvo que dejan un rastro rojizo en los cristales y los coches, y hacen que toda la ciudad recuerde a un poblado bereber.

...ahora voy a tener que limpiar los cristales...

Debiera acabar el tercer texto sobre mi visita a París, pero llevo remoloneando toda la semana y creo que va a quedar para el post de la semana que viene…o de la siguiente… Deseo escribirlo solo que ahora no me apetece. El exasperante calor no me invita demasiado a escribir sobre aquello. De buena gana escribiría un relato impregnado de la sensualidad y languidez que este clima merece. Cuando hace tanto calor me imagino siempre a una pareja de amantes metidos todo el día en la cama, demasiado fatigados por la calima como para hacer otra cosa que no sea acariciarse y quererse entre murmullos silenciosos. Pero carezco del tiempo para embarcarme en esta aventura, para hacer otra cosa que no sea escribir estas lineas. Mi examen es el martes y tengo que darlo todo por aprobar esta asignatura. Es extraño tener un examen en julio cuando todos están ya de vacaciones…mis amigos me llaman o me escriben de vez en cuando para ofrecerme planes diversos (¡¡cabrones!!) que debo declinar. Estas cosas me hacen siempre reflexionar sobre el sentido de tanto esfuerzo, el porqué de haberme embarcado en esto. Desde hace un año tengo las cosas mucho más claras de todas formas. No tanto del porqué o del para qué, como de la necesidad de terminar…el fin es un principio en sí mismo.

Os tengo que dejar ya, mis apuntes me reclaman.

El texto que sigue es un extracto de un mail (lo he retocado un poco, para que no esté descontextualizado) que escribí en la lista de correo de la revista universitaria en la que tengo el honor de publicar algunas cosillas. Creo que viene al caso y un amigo me dijo que era publicable, es más, en su momento me dijo que debía publicarlo. Los hechos que narra ocurren en el invierno de 2009, hace un año y medio, así que dada la temperatura que hace puede resultar hasta refrescante…espero al menos que os resulte entretenido.

¡Un saludo!

.

(13 de febrero de 2009 – a eso de las 8:30h, primer día de trabajo después del periodo de permiso que pedí por exámenes)

(…)

Bueno creo que me ha dado ya demasiado el sol, es tiempo de volver a la oscuridad del mitreo.

Ya había olvidado el sensual placer de rascar escarcha, con el desayuno recién engullido dándote vueltas en el estómago a cada tiriton de frío. No veas como se agradece el acerado mordisco de la suave y gélida brisa mañanera perforándote como un cuchillo los guantes de cuero,… una auténtica delicia.

Y qué bonito es, enfrentarse al asmático arranque de mi Citroën Saxo diesel  (Nota: En su momento hice un chiste bastante obvio sobre el nombre del coche, comentando que era mi asignatura pendiente practicar sexo en mi Saxo. Bien pues tras probar la experiencia, he llegado a la conclusión que estos coche minúsculos son como el camarote de los hermanos Marx, que al fondo hay sitio. Así que tras echar un polvete en mi flamante y espacioso coche, puedo decir que la experiencia no ha sido lo sórdida y horrible que esperaba…por cierto rompí un poco el asiento de atrás. Nota mental: ¡ Cállate ya! ) que expulsa humo como un bosque en llamas. Por fin emprendes la marcha en un vehículo que te ofrece mínimas garantias de traerte de vuelta a casa (con vida). Es encantador porque el intermitente de giro a la izquierda funciona solo a veces, así que me incorporo y cambio de carril por la autopista en plan berserker. Cada incorporación, una carga suicida. Vivo en un mundo de trepidantes aventuras.

Es magnífico cuando pongo el coche a 120 y parece que voy subido a lomos de un reactor. Pero es que cuando vas por la calle en segunda, es aún peor, porque las vibraciones del motor entran en resonancia con la estructura armónica del coche y parece que aquello se va a desmontar, conclusión: voy siempre en tercera (la primera es tan corta que no se pueden hacer con ella más de 5 metros, que por otro lado es lo que se recomiendo para una conducción eficiente).

Según aparcas y sales del coche, el aromático (y saludable) aire del polígono industrial de Coslada te golpea graciosamente en la cara. Hoy olía auténticamente a mierda (no quieras saber porqué, yo tengo que comer aquí). Traspasas la barrera de la fabrica y ¡ala! a embarcarse en una jornada de 8 a 18.

Metete en ingeniería me decían, metete en ingeniería y conocerás la sodomía…

(…)

.

Por: El Exiliado del Mitreo


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