Archivo de la categoría: Prosa Poética

Fotografía: Soledades de Otoño

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Localización: Parque de Juan Carlos I (Madrid)

Cámara: Sony alpha 380

Nota: Soy el autor de estas fotografías, como tal poseo todos los derechos y me reservo su uso exclusivo. No obstante, si deseas usar cualquiera de ellas, no tienes más que hacérmelo saber (escríbeme un mail) y lo hablamos. Gracias.

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Por: El Exiliado del Mitreo


Lunes de Tormenta

Hoy es día de tormenta.

El cielo había amanecido ora oculto, ora cubriendo su desnudez azul entre jirones de nubes,  más claros unos que otros.

De súbito; La noche;

Hasta que un fogonazo más brillante que el día, entró por mi ventana cómo el flash de una máquina de retratar.

El perro, que dormía hecho un ovillo en un cestito al pie de mi mesa de escritorio, levantó la cabeza atemorizado por el salvaje restallido del trueno subsiguiente, solo para encontrar un poco de seguridad en mi actitud indiferente.

Totalmente fingida por otro lado.

Contenía la respiración, sintiendo reverberar aún en mi cabeza, la ausencia dejada por aquel sonido salvaje

Y contando los segundos que quedaban hasta que empezara a llover.

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Acodado al ventanal, veía la lluvia caer;

Me produce una irresistible atracción contemplar cómo se desgarra el cielo y sus entrañas se derraman sobre la tierra.

Ese efecto de exterminio, de día del Juicio, de anegación de la ciudad, lavada de sus muchos pecados por la lluvia torrencial. En mí tiene un efecto sedante, de abandono, de olvido, de bálsamo…

Por la calle, la gente busca refugio, rehuye de la bendición del cielo; seguro, este es uno de esos casos en los que los árboles no dejan ver el bosque.

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Desde la ventana veo llover, dando sorbos largos a un té negro y amargo cómo la muerte.

Sonrío pensando en lo irónico que resulta que el único regalo que reciba hoy por mi cumpleaños venga de los dioses ¿Y quién iba a saber mejor lo que de verdad me gusta?

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Por: El Exiliado del Mitreo

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Almendros en Flor

La ciudad encarna para mucha gente una rutina cruel e intolerable. El pestilente humo de los coches, la prisa, el ruido, la constante invasión de nuestro espacio vital por parte de desconocidos que nos cierran el paso en las escaleras mecánicas, o nos empujan sin querer por la calle o en el metro…

Sin embargo, creo que hay cientos, miles de motivos a lo largo del día para no darse a la desesperación.  Puede ser el gesto altruista de un desconocido que desatasque las puertas de un vagón de metro para que podamos entrar; o la sonrisa de un bebe que nos contempla desde su carrito con ojillos curiosos; hay momentos que incluso ves algo tan atípico, que no puedes hacer otra cosa sino emocionarte. Un día estaba dando un paseo por la parte más remota y despoblada de mi barrio; un parque empresarial rodeado de autopistas y vías de ferrocarril; una urraca, majestuosa en su plumaje negro y blanco con ornamentos azul metálico, estaba dando caza a un joven gorrión. El córvido era enorme comparado con el pajarillo, no sé si os hacéis una idea de la desproporción de tamaños; todo indicaba que sus días estaban contados. De repente sucedió algo que hizo que me preguntara si no estaba soñando; como salidos de la nada, una muchedumbre de gorriones, pequeñitos y marrones, rodearon a la urraca. No se podría decir que la atacaran –que iban a hacer ellos tan pequeños, contra aquel monstruo ávido  de sangre –pero me pareció el ejemplo más admirable de resistencia pasiva que he visto en mi vida. Se limitaron a apabullarla con su número, a piar furiosos contra aquella injusticia manifiesta, a seguirla allí donde iba en persecución de su compañero. Al final, la urraca abrió su majestuoso plumaje al viento y se largó con viento fresco de allí, dejando a la pequeña criaturilla con sus compañeros… ¿Qué tontería, no? Pero aquella victoria, que ni siquiera era mía, me produjo una incontenible sensación de orgullo y no pude parar de sonreír como un idiota todo el camino.

Es cierto que los hechos puntuales como este, aunque hermosos y en ciertos casos bastante perturbadores, no dejan de ser eso: hechos puntuales, que exigen que estemos en el lugar correcto, en el momento oportuno. De modo que mientras esperamos el milagro, la súbita iluminación, tampoco está de más que encontremos la belleza en la repetición de lo irrepetible, como es la constatación del transcurso infinito de las estaciones. En mi caso, ver que han florecido los almendros me alegra el día, no lo puedo evitar, será que me recuerdan a mi tierra. Contemplo su ciclo anual cada día, pues en mi trayecto del portal al metro hay varios y algunos más en las inmediaciones, y esa súbita explosión de actividad primaveral aún en pleno invierno me hace sonreír. La vida no es tan mala después de todo, por mucho que la gente diga.

Detrás, al otro lado de la calle, veo la carcasa azabache del viejo almendro de Hortaleza, mucho más viejo que yo, mucho más viejo que cualquier otro ser viviente del barrio. Tras una larga agonía, creo que el año pasado nacieron de él las últimas hojillas verdes; ni siquiera llegaron a ver la llegada del otoño. No sé si el gigante está dormido o si aquel tímido alarde fue su canto postrero a la vida, antes de que abandonase para siempre su espíritu su esqueleto lignificado. No es una tragedia, creedme, no lo es. Junto a mi casa hay dos almendritos, nacidos hace muchos años de este padre anciano –hay uno que yo mismo vi nacer cuando era pequeño y jugaba en el parque cada tarde –sin duda de almendras que chavales al salir del colegio jugaban a lanzarse y la buena suerte dejo en un lugar propicio para su germinación. Hoy esos almendros se elevan un par de metros del suelo y puede que aquellos críos sean padres a su vez. Como veis, todo cambia y todo sigue igual aunque diferente a sí mismo.

 

La belleza de la vida está ahí afuera, brillando en todo su esplendor, para aquel que esté dispuesto a sacar los ojos del acenagado asfalto.

No podrán vencernos.

El otro, cómo está al sol, va más avanzado y ya ha tirado casi todas las flores y han empezado a brotarle las hojas.

Por: El Exiliado del Mitreo

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