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La represión de género en la posguerra

(Ensayo breve para la asignatura “Historia Contemporánea de España. Desde 1923”, UNED, abril de 2015)


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El 1 de abril de 1939 terminaba la guerra civil con la victoria del bando sublevado el 18 de julio de 1936 contra la legalidad republicana. Al impacto moral de la derrota, se sumó una dura represión sobre los vencidos, que se había ya instaurado de forma sistemática durante el conflicto en la retaguardia de la zona nacional y que se extendería en el tiempo durante buena parte de la posguerra.

La represión, una depuración ideológica en toda regla, un terror de estado dirigido a someter, cuando no a destruir físicamente, a sus oponentes políticos, afectó igualmente a hombres y a mujeres, aunque no de igual manera. Con todo, carece de sentido entrar a valorar quién sufrió más, pues si bien la proporción de hombres encarcelados y ejecutados durante la posguerra fue unas nueve veces mayor que la de mujeres, la represión ejercida contra las mujeres en su conjunto, privándolas de gran parte de sus derechos, y muy particularmente contra las mujeres que en tiempos de la república y durante la guerra habían dado un paso al frente y habían ejercido y reivindicado sus derechos públicamente, dada su transversalidad, fue de mucho mayor calado y duración en el tiempo.

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En ese sentido, el compromiso actual por parte de la historiografía está en la puesta en valor de la lucha y subsiguiente represión de las mujeres, descuidada prácticamente hasta los albores del siglo XXI. Este retraso, una vez superado el pacto de silencio de la Transición, obedece por un lado al menor número de fuentes, posiblemente porque el analfabetismo golpeaba con más fuerza a las mujeres, a la imposibilidad a acceder a archivos militares hasta fechas recientes y además de a la menor participación directa de las mujeres en la guerra, al secular machismo de la sociedad española, agravado por la losa de cuarenta años de dictadura franquista.

Porque en efecto, la primera ola del movimiento de liberación de la mujer apenas había empezado a germinar en España. El voto femenino, en cierta forma constituía el reconocimiento de la mujer como ciudadana de pleno derecho, se había aprobado para las elecciones de 1933, pero no sin una cierta oposición por parte de las organizaciones de izquierdas, que fruto de sus prejuicios consideraban que esto favorecería a las derechas. Del calado aún superficial de las ideas igualitarias feministas en la sociedad españolas en general da testimonio Émilienne Morin[1], anarquista francesa, compañera de Buenaventura Durruti hasta su muerte: Sí, los anarquistas siempre hablaban mucho del amor libre. Pero eran españoles al fin y al cabo, y da risa cuando los españoles hablan de cosas así, porque va contra su temperamento (…) Los españoles nunca estuvieron a favor de la liberación de la mujer. Yo los conozco bien a fondo, por dentro y por fuera, y le aseguro que los prejuicios que les molestaban se los quitaron enseguida de encima, pero los que les convenían los conservaron cuidadosamente. ¡La mujer en casa! esa filosofía sí les gustaba, una vez un viejo compañero me dijo: “Sí, son bonitas sus teorías, pero la anarquía es una cosa y la familia es otra, así es y así será siempre.”

No obstante existió un creciente número de mujeres comprometidas, que exigieron que sus compañeros les dejasen ocupar un lugar en la vida pública, militando codo con codo con ellos en las organizaciones políticas, incluso llegando a crear organismos expresamente femeninos como Mujeres Libres dentro de la CNT. Desde primera hora algunas mujeres no dudaron en acudir al frente a defender las conquistas alcanzadas gracias al régimen republicano. Y cuando las autoridades hicieron por evitar su participación en primera línea, aludiendo al supuesto efecto de su presencia sobre la moral de combate, continuaron contribuyendo al esfuerzo bélico en la retaguardia, por ejemplo en tareas organizativas o colaborando con el Socorro Rojo.

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Y tuvieron que pagar por ese compromiso, pues aunque en la posguerra solo entorno a una décima parte de los presos políticos fueran mujeres, los penales de mujeres, como el de Ventas en Madrid, estaban atestados. Y si las penas que se les impusieron fueron en general más leves que las de sus compañeros varones; conmutadas las condenas a muerte por la inmediatamente anterior y después revisadas; esto obedece a la concepción paternalista y porqué no decirlo, patriarcal, del nuevo estado, que no reconoce personalidad jurídica a la mujer, que a partir de entonces deberá encontrarse bajo la tutela de un varón de su familia, tratada en definitiva como un perpetuo menor de edad.

Pero no pocas fueron las que acabaron fusiladas tras la farsa judicial de un consejo de guerra o víctimas del terror en caliente cuando los golpistas se hacían con algún pueblo. El colectivo de las maestras, motor de cambio social, fue de los más afectados. En otros casos, como el de las Trece Rosas Rojas, su ejecución buscaba ejemplarizar y atemorizar al resto de reclusas. Pues lo que es evidente es que no escatimaron es esfuerzos para segar al ras el incipiente movimiento de emancipación de la mujer. Las mujeres liberadas, empoderadas, no tenían un lugar en la idea que los vencedores tenían de la Nueva España. Y al fin y al cabo, por eso fueron condenadas y ejecutadas las que lo fueran, como castigo colectivo por querer subvertir el orden social y moral de España. De modo que, aunque sobrevivieran a los insalubres años de reclusión, tuvieron que cargar a su salida con el estigma social de ser expresidiarias condenadas por “rojas”, haciendo muy difícil su reinserción. En prisión, tenían que sufrir el rechazo de sus hijos, adoctrinados por las instituciones benéficas para huérfanos que los tenían acogidos, cuando no, en el caso de los recién nacidos, eran directamente robados y dados en adopción a familias del régimen.

Y es que dentro de ese concepto patriarcal de la familia, el nuevo estado castigó a través sus familias, a los presos, los huidos o incluso a los muertos. Las mujeres vinculadas de una u otra forma a ellos tuvieron que sufrir la marginación social y las penurias de tener que sacar adelante una familia con un salario femenino. A esto se acompañaba en ocasiones la trashumancia de un punto a otro de la geografía española siguiendo a su familiar preso.

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En definitiva, a las cárceles y pelotones de fusilamiento, a las depuraciones profesionales y los robos patrimoniales por el tribunal de responsabilidades políticas, al exilio y a las penurias económicas, se sumó una represión específicamente dirigida contra las mujeres, a base de humillaciones y escarnio público, violencia física y sexual, restringiéndoles el derecho a la educación, marcándolas por pequeña que fuera muchas veces su relación con las izquierdas, con una huella indeleble, que las abocaba muchas veces a la exclusión social y a la marginalidad.

 Es innegable que el aparato represivo del nuevo estado se centró en castigar todo aquello que se saliese de su idea de feminidad, representada por las consignas de la Sección Femenina y patrocinada por los preceptos de la iglesia católica, una mujer que supiese que su lugar era estar sometida al hombre, y su razón de ser la maternidad y el hogar.

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[1] ENZENBERGER, Hans Magnus, El corto verano de la anarquía. Vida y muerte de Durruti. Frankfurt, Roman Suhrkamp, 1972 (Edición original), Barcelona, Anagrama, 3º edición en Colección Compactos Anagrama, 2010 (presente edición).


Pintura y Revolución [Disertación]

(Septiembre 2013, examen de “Los discursos del arte contemporáneo”)

Pronto quedó patente que a la Europa ilustrada de finales del XVIII, se le quedaba corto ese “todo por el pueblo, pero sin el pueblo” de los déspotas que tuvieron la clarividencia de ver que los tiempos estaban cambiando. La Revolución esperaba agazapada en los libros, los cuadros y las mentes, a que convergieran en un mismo tiempo y en un mismo lugar, un gobernante incapaz y una crisis económica aguda.

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Jacques-Louis David, ya antes de la revolución que vería la cabeza de Louis XVI separada del cuerpo, pintaba un arte nuevo para una nueva sociedad, nacida de la esperada decapitación de la antigua. Frente a la frivolidad Rococó del Antiguo Régimen, David vuelve a los valores cívicos de la antigua república romana, inventa una pintura, donde la Antigüedad solo nos legó ruinas.

"El Juramento de los Horacios" de Jacques-Louis David.

“El Juramento de los Horacios” de Jacques-Louis David.

Esta pintura, neoclásica y jacobina, tiene en “El Juramento de los Horacios” uno de sus máximos exponentes. Este cuadro historicista, de formato grande y heroico, nos presenta de forma clara, con trazo firme y colores planos, los valores que tendría que tener el nuevo estado. En una estancia sobria, tres hombres juran las armas que su padre alza ante ellos como si las consagrara. Se muestran inamovibles en su marcial virilidad, ante el llanto de las mujeres en un segundo plano. No tienen, por un lado, miedo a la muerte, y por  otro lado, tampoco les conmueve estar emparentados con uno de los Curiacios, sus rivales, pues la libertad encarnada por el estado republicano es más importante que la familia, es más importante que la propia vida.

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Que la propia vida o la de los otros, pues en el heroico David nunca aparecerán los excesos de la revolución, no se retratarán la “Grande Terreur”, ni las guerras contra la Vendée o las actividades del “Comité de Salut Publique”, de su compañero de bancada Robespierre, tras cuya caída dio con sus huesos en la cárcel. El terror y la barbarie en nombre de supuestos bienes mayores sí nos los pinta Francisco de Goya, en “Los fusilamientos del 3 de mayo”.

"Los fusilamientos del 3 de Mayo" de Francisco de Goya.

“Los fusilamientos del 3 de Mayo” de Francisco de Goya.

Goya, nada sospechoso de ser un nostálgico del Antiguo Régimen, parece preguntarse con ese cuadro ¿Dónde quedó la Razón y el Espíritu Crítico? ¿Dónde los derechos del hombre o el lema “Libertad, Igualdad y Fraternidad”? ¿Dónde? En una pila de cadáveres ensangrentados al pie de la colina del Príncipe Pío.

Pero la Revolución no necesita de eso, necesita de héroes más que ningún otro movimiento social; a los supuestos villanos, a los que se resisten a las supuestas bondades del cambio, les relega al olvido, a la muerte de la memoria, siempre más terribles que la del cuerpo.

"Marat exhalando su último suspiro" de Jacques_Louis David.

“Marat exhalando su último suspiro” de Jacques_Louis David.

Héroes como Marat, que exhalan dulcemente su último suspiro por su amor al pueblo. Un Marat que David desnuda y rejuvenece, para que el pueblo conmovido le vea como un héroe inmortal. Pero el héroe por antonomasia es Napoleón; ya se cuidó muy mucho de rodearse de maestros de la pintura que supieran convertirlo en tal.

Napoleón no es la Revolución, Goya lo vería muy bien, sin embargo tampoco son los Borbones. Napoleón ha venido a salvar la Revolución; el ejército de la República, siguiendo el modelo antiguo de los ciudadanos soldado, así lo ha decidido; ese es el ideal sobre el que se cimienta el  Imperio. Un David rescatado de la cárcel así nos lo muestra en una de sus últimas obras, “La coronación del Emperador y la Emperatriz”.

"Coronación del Emperador y la Emperatriz" de Jacques-Louis David.

“Coronación del Emperador y la Emperatriz” de Jacques-Louis David.

Es una obra lejana ya de la sobriedad republicana de sus primeros tiempos, pero en la que David nos muestra a un hombre del tercer estado que ha sido elevado al fasto imperial, por su enorme capacidad para reordenar la sociedad.

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"Los apestados de Jaffa"de Jean-Antoine Gros

“Los apestados de Jaffa”de Jean-Antoine Gros

Paradigmáticas de la elección que la providencia ha hecho con Napoleón son obras como las del alumno de David, Jean-Antoine Gros, donde en “Los apestado de Jaffa”, nos muestra a un ciudadano Bonaparte consolando a los enfermos, como una figura sanadora y la vez inmune a todo mal, que parece querer asociarse iconográficamente a las monarquías medievales de derecho divino.

"La Libertad guiando al Pueblo" de Eugène Delacroix.

“La Libertad guiando al Pueblo” de Eugène Delacroix.

Y en esas idealizaciones, aunque en un estilo republicano de nuevo, se inscribe “La Libetad guiando al pueblo de Eugène Delacroix. La Revolución de 1830, que trajo consigo la legada de de la monarquía parlamentaria de Louis-Philipe d’Orleans, está aquí representada de forma alegórica, con su desnudez heroica, el dramatismo de la muerte necesaria y la determinación de los vivos.

"La Barricada" de Jean-Louis-Ernest Meissonier.

“La Barricada” de Jean-Louis-Ernest Meissonier.

Y en ese sentido es muy distinta la imagen que se quiere dar desde la reacción. Meissonier en “La Barricada” de 1848, saca en claro de esa revolución puramente proletaria, una pila de cadáveres. En cambio, tras la semana sangrienta de mayo de 1871, en la que se asesinó ese gran experimento de socialismo libertario que fue la Comuna de París, Maissonier solo representa el estado triunfante en forma de cuadriga del Carroussel, que emerge de “Las ruinas se las Tullerías”.

No hay piedad para los vencidos, ni lugar en la Historia.

"Ruinas de las Tullerías" de Jean-Louis-Ernest Meissonier

“Ruinas de las Tullerías” de Jean-Louis-Ernest Meissonier

Por: El Exiliado del Mitreo


Reseña: Commandant of Auschwitz

[…] I could never have brought myself to make this confession of my most secret thoughts and feelings, had I not been approached with a disarming humanity and understanding that I had never dared to expect.

It is because of this humane understanding that I have tried to assist as best I can in throwing some light on matters that seemed obscure.

But whenever use is made of what I have written, I beg that all those passages relating to my wife and family, and all my tender emotions and secret doubts, shall not be made public.

Let the public continue to regard me as the blood-thirsty beast, the cruel sadist and the mass murderer; for the masses could never imagine the commandant of Auschwitz in any other light.

They could never understand that me, too, had a heart and that he was not evil.

These writings consist of 114 pages. I have written them voluntarily and without compulsion.

Cracow. February 1947                          Rudolf Hoess

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Así cerraba Rudolf Hoess las memorias que escribiera antes de ser ahorcado. Afortunadamente se hicieron públicas en contra de su deseo.

Commandant of Auschwitz

La portada del libro en cuestión presenta la foto de Hoess el primer día del juicio en el que fue condenado a muerte.

Es importante que la humanidad haya podido ver a Hoess en su dimensión humana. Como ya dije en su día en la reseña de “La corte del zar rojo”, soy muy reticente a usar el término monstruo con los genocidas. Un monstruo tiene algo de enfermo mental  que lo aleja de la especia humana, le hace ladrar, le hace aullar como un animal. Esto será aterrador sin duda, pero no tanto como la gente que conscientemente y en pleno uso de sus facultades, se consagra a la tarea de exterminar a cientos de miles, a millones de humanos de todas las edades y condiciones. El nazismo no fue un mal sueño, no fue un lapsus, ni un error inconsciente; fue algo muy real y premeditado, algo que podría volver a producirse y que desde el conocimiento de aquel horror, debemos de hacer todo lo posible para que no se reproduzca.

Este es uno de esos libros que duele leer, pero que hay que leer. No por gozar del dolor, ni recrearse en él, sino por lo que te enseña sobre ti mismo. Que te duela el dolor ajeno, te hace humano.

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Es curioso porque este libro no lo leí cuando me lo regalaron. Lo empecé, pero tras la introducción de Primo Levi y las primeras páginas, lo substituí por una lectura mucho más ligera. Se habrá quedado en la mesita de noche, en la pila de “pendientes”, cerca de un año. Había muchas razones para retomarlo, la mejor de todas; que me lo trajo mi hermana del mismo Auschwitz como “souvenir” (los beneficios generados por la obra están destinados a ayudar a los supervivientes del campo). Al retomarlo, obvié lo que ya llevaba leído de la vez anterior. El caso es que con la lectura enseguida rememoré parte de la introducción de Levi; Hoess puede ser muchas cosas, pero como Levi, yo lo que más resaltaría es sus absoluta cobardía, acompañada de un repulsivo cinismo.

Rudolf Hoess se oculta tras sus superiores, dice que obedecía órdenes que dada su profesionalidad militar ni siquiera cuestionaba. Pero eso no es lo más bonito del asunto, sino que a la vez se oculta también tras sus subordinados. Según él, sobre ellos debía de recaer la culpa de las mayores atrocidades a las que fueron sometidos los prisioneros en los campos donde sirvió. Se declara impotente, incapaz de meter en cintura a sus subordinados; a él le gustaría que la vida concentracionaria se hubiese gestionado de forma racional, sin brutalidades gratuitas, como el que lleva una granja y quiere que sus animales produzcan, y que cuando toca matarlos, lo hace sin pena ni gozo.

Sin embargo, evita manifestar directamente la opinión que le merecían todos esos “antisociales” y “enemigos del estado nacionalsocialista” que custodiaba. Si le parecía justo que alguien fuera encerrado por tener parientes judíos, o gitanos, o ser homosexual o testigo de Jehová o simplemente por ser un disidente manifiesto de la Alemania Nazi. Hoess es un ultraderechista feroz, un claro antisemita, que tiene la cabeza llena de prejuicios contra todos y contra todo y a la vez tiene idealizados ciertos valores en los que cree casi con fervor religioso; sus páginas traslucen eso, por mucho que quiera ocultarlo con algunas sensiblerías y concesiones de lástima o de respeto y que cínicamente busque justificarse mediante anécdotas que pretenden justificar sus fobias.

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Las anécdotas en sí poco importan, el horror de los campos está plenamente documentado. Hoess intercala además mentiras manifiestas entre ellas, de modo que tampoco pueden tomarse como una fuente fidedigna en sí mismas, pero son fundamentales para comprender al personaje, para entender su forma de ver el mundo, para mirar a través de los ojos del verdugo.

Leer sus memorias no produce empatía, ni genera comprensión. Leer sus memorias produce asco y desprecio, ante tanta excusa barata y tanta cortina de humo.

Hace poco vi un documental sobre los descendientes de todos estos figurines, sobre como debían de llevar sobre sus espaldas la pesada carga de sus apellidos. Uno de los que aparecían era uno de los hijos de Hoess; él daba la cara y afrontaba la verdad en toda su crudeza como no quiso hacerlo su padre… parece que hay razones para no perder del todo la fe en el ser humano…

 Por: El Exiliado del Mitreo

La idea de poner ese eslogan a la entrada del campo fue del propio Hoess

La idea de poner ese eslogan a la entrada del campo fue del propio Hoess


Dignidad

“Pasé, pues, de manos de los gendarmes franceses a las del comisario civil del puesto fronterizo español. Este me tomó la filiación y me hizo varias preguntas. Una de ellas, nada nueva para mí, consistía en saber cómo siendo albañil antes de la guerra civil, pude llegar a mandar todo un cuerpo de Ejército. Le contesté que las circunstancias obligaban a los hombres a desempeñar funciones en las que habitualmente no pensaban. El comisario me respondió que teníamos que perder fatalmente la guerra, puesto que los albañiles nunca podrían actuar como buenos militares. Se me antojó un comentario bastante conformista, desmentido no pocas veces a lo largo de la historia. No era caso de entablar una polémica, pero sí consideré necesario decirle, después de haberle preguntado si podía hacerlo, lo siguiente:

-Un hombre puede nacer, señor comisario, con cualidades innatas para ser militar o artista, pero las exigencias sociales le obligan a ser albañil o zapatero u otra cosa cualquiera. Yo fui albañil por necesidad y no porque me encantara serlo. Además, sepa usted que los albañiles solemos tener una rara intuición, tal vez estimulada por la índole de nuestro trabajo, que puede servir para ejercer con cierta destreza otras profesiones”

Cipriano Mera. Guerra, exilio y cárcel de un anarcosindicalistaEditorial LaMalatesta (2011) 

Cipriano Mera Sanz


La negación de San Pedro

Que la publicación de este texto/traducción/poema ha estado demorándose más de la cuenta, es una realidad tan grande, que te golpea y te escupe en el rostro –no creáis que exagero si os digo que esta traducción puede tener fácilmente año y medio, dos años, ya veis que en lo que he tardado es en hacer la introducción. Así que parece mentira que sea uno de mis poemas favoritos –en general y de Baudelaire en particular. Le decía a una amiga bloguera, que no sabía si me estaba haciendo vago o viejo y ella me respondió muy perspicazmente, que una cosa llevaba a la otra. Ser viejo es no tener ya ganas de hacer nada. Combatamos la vejez, pues.

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El 5 de julio de 1857, un artículo publicado en el periódico Le Figaro –tan rancio entonces como ahora –abría la veda contra una obra publicada solo diez días antes: Les Fleurs du mal (Las Flores del mal). En dicho artículo, se acusaba a su autor; Charles Baudelaire; de ultraje a la moral pública –“Lo odioso se codea con lo innoble; lo repugnante se alía a lo infecto”. Terminaba diciendo que “si puede resultar comprensible que con veinte años la imaginación de un poeta pueda dejarse llevar a tratar temas semejantes, nada pueda justificar que un hombre de más de treinta, se haya atrevido a hacer que se publiquen semejantes monstruosidades”.

Si bien el escándalo aportó una más que notable publicidad a su poemario, convirtiéndole en toda una celebridad, el proceso judicial subsiguiente le llenó de estupor.

Que debiese contemplar esta pantomima moralista con incredulidad, explicaría que organizase tan mal su defensa; entre otras cosas, no recurriendo a tiempo a contactos influyentes que podrían haber sido decisivos. El caso es que solo unos meses antes, Gustave Flaubert se había visto sometido a un proceso semejante por su Madame Bovary, del que había salido airoso, de modo que los jerarcas bienpensantes de este patético segundo imperio francés, pusieron toda la carne en el asador para no terminar una vez más con el rabo entre las piernas.

Baudelaire perdió el juicio como habréis podido deducir; el 27 de agosto de 1857, por ofensa a la moral religiosa, él  y su editor fueron condenados a pagar una cuantiosa multa – respectivamente trescientos y cien francos de la época –debiendo además retirar seis poemas de la obra; el XXLes Bijoux (Las Joyas), el XXXLe Léthé (El Leteo), el XXXIXÁ celle qui est trop gaie (A aquella que es demasiado alegre), el LXXX, Lesbos, el LXXXI, Lesbos y el CXXXVIILes Métamorphoses du vampire (La Metamorfosis del vampiro). Conste  que este despropósito de sentencia no fue anulada por la corte de casación hasta el 31 de mayo de 1949.

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La condena fue un duro golpe para él, ya que tratándose de una obra unitaria, donde cada poema ocupaba un lugar muy concreto en el poemario, la supresión de estos seis poemas, le obligo a reestructurar de nuevo el conjunto. La edición de 1861, por eso de que no hay mal que por bien no venga, ya que se veía obligado a replantear la obra de nuevo, le sirvió para añadir treinta y cinco poemas nuevos, incorporándose una nueva sección a las cinco ya existentes, que además vieron su orden modificado.

En 1866 publicó en Amsterdam Les Épaves (Los Despojos del naufragio), que reagrupaba las seis obras condenadas junto a otros diecisiete –es bien sabida la libertad intelectual y moral por la que han querido destacar los Países Bajos desde la Baja Edad Media.

En 31 de agosto de 1867 moría Baudelaire a consecuencia de la sífilis contraída en su juventud, sin llegar a ver publicada la edición definitiva de sus obras en 1868, entre las que se encontraba unas Flores del mal que comprendían ciento cincuenta y un poemas, una veintena más respecto a la segunda edición.

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La negación de san Pedro” es una maligna flor que se encuentra en la sección Révolte, la anterior a la última; Mort. Si me obligaran a explicar en pocas palabras qué fue lo que me atrajo de él desde el principio, diría sin duda que su carácter aparentemente blasfemo, como el de toda esta penúltima sección. En efecto, Révolte es una sección muy cortita, de solo 3 poemas, que se abre con “La negación de san Pedro”, seguido de “Abel y Caïn” y que cierran “Las letanías de Satan”.  De este poema en especial me conquistó el final, ese “San Pedro negó a Jesús… ¡Hizo bien!”, son de esas frases lapidarias que se te quedan grabadas a fuego.

No he realizado un estudio concienzudo al respecto y no consta en la documentación de que dispongo ahora mismo, pero el hecho de que no fuera censurado –ni este, ni ninguno de los tres otros –parece indicar que la sección Révolte se encuentra entre los añadidos por el autor después del proceso.  Esto me parece muy significativo, y quiero decir, que no siendo imposible que los poemas ya hubiesen sido escritos en 1857,  si en un principio fueron excluidos del poemario, la condena debió ser un importante acicate para incluirlos. Porque estos poemas “van de religión” como me dijo un amigo cuando le pasé la traducción, hará como un año, pero a la vez NO van de religión. Si observamos más en detalle este poema, en él encontramos dos seres de naturaleza divina, Dios-padre y Dios-hijo –lo que en sí mismo sería una blasfemia, es cierto, según la ortodoxia católica –pero olvidémonos de que son dioses y centrémonos en la relación padre-hijo. Tenemos a un padre que es un tirano vicioso –en el sentido más cercano al “vicious” anglosajón –un déspota que no es que no haga nada por evitar que su único hijo muera, sino que él mismo lo ha mandado a morir para nada, porque en efecto su muerte no ha erradicado el mal del mundo. Y luego tenemos a un hijo por el que el autor profesa a la vez un evidente afecto y un condescendiente desprecio. Puede que me confunda, pero creo que fue Oscar Wilde el que clamaba contra la vulgaridad de que un hijo se pareciera a su padre; Cristo no es como su padre, él se preocupa por la gente, ha venido a la Tierra a enseñar a vivir en paz, a actuar de formo clara contra los malvados y sin embargo, al final se somete a los dictados de su padre. No siendo Él, acepta in extremis que se le relacione con Él, que padre e hijo se conviertan en figuras superponibles. Baudelaire, en cambio, quiere resistir y luchar, combatir a la autoridad, matar al padre y seguir su propio camino y por lo tanto no vilipendia la actitud de Pedro. Históricamente juzgado como un cobarde, él da la vuelta a la tortilla y lo ensalza, como un digno rebelde, frente a esa actitud sumisa del maestro.

Así que como decía, estos poemas “van de religión” y a la vez no. La religión es el trasfondo para hablar de la subversión contra la autoridad, que supongo a nadie escapa, la paterna es la primera a la que se enfrenta el ser humano desde que nace y por ende, la más difícil de superar –de ahí que los estados totalitarios busquen en erigirse como padres de la sociedad. En ese sentido, podría extenderme aún un poco más hablando de los serios conflictos que tuvo Baudelaire con su padrastro y su madre, aparte obviamente de los que ya he comentado que tuvo con el estado, pero prefiero dejaros con el poema original y su traducción, para que reflexionéis vosotros mismos al respecto. Por favor, si leyendo en poema sentís que algo no encaja en la traducción, no dudéis en comunicármelo. Buena lectura.

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Le reniement de Saint-Pierre

Qu’est-ce que Dieu fait donc de ce flot d’anathèmes
Qui monte tous les jours vers ses chers Séraphins ?
Comme un tyran gorgé de viande et de vins,
Il s’endort au doux bruit de nos affreux blasphèmes.
 
Les sanglots des martyrs et des suppliciés
Sont une symphonie enivrante sans doute,
Puisque, malgré le sang que leur volupté coûte,
Les cieux ne s’en sont point encore rassasiés !
 
Ah ! Jésus, souviens-toi du jardin des Olives !
Dans ta simplicité tu priais à genoux
Celui qui dans son ciel riait au bruit des clous
Que d’ignobles bourreaux plantaient dans tes chairs vives,
 
Lorsque tu vis cracher sur ta divinité
La crapule du corps de garde et des cuisines,
Et lorsque tu sentis s’enfoncer les épines
Dans ton crâne où vivait l’immense Humanité ;
 
Quand de ton corps brisé la pesanteur horrible
Allongeait tes deux bras distendus, que ton sang
Et ta sueur coulaient de ton front pâlissant,
Quand tu fus devant tous posé comme une cible,
 
Rêvais-tu de ces jours si brillants et si beaux
Où tu vins pour remplir l’éternelle promesse,
Où tu foulais, monté sur une douce ânesse,
Des chemins tout jonchés de fleurs et de rameaux,
 
Où, le coeur tout gonflé d’espoir et de vaillance,
Tu fouettais tous ces vils marchands à tour de bras,
Où tu fus maître enfin ? Le remords n’a-t-il pas
Pénétré dans ton flanc plus avant que la lance ?
 
– Certes, je sortirai, quant à moi, satisfait
D’un monde où l’action n’est pas la soeur du rêve ;
Puissé-je user du glaive et périr par le glaive !
Saint Pierre a renié Jésus… il a bien fait.
 
Baudelaire_signatur
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La negación de San Pedro

¿Y qué hace Dios de esa riada de anatemas,
que se eleva cada día hacia sus queridos Serafines?
Como un tirano cebado de carne y de vino,
se duerme al dulce sonido de nuestras horribles blasfemias.
 
¡Los llantos de los mártires y de los torturados
son una sinfonía embriagadora sin duda,
puesto que, pese a la sangre que su voluptuosidad cuesta,
los cielos no se han saciado aún!
 
-¡Ah! ¡Jesús, acuérdate del Huerto de los Olivos!
En tu simpleza rezabas arrodillado
al que en su cielo se reía con el sonido de los clavos
que innobles verdugos plantaban en tus vivas carnes,
 
cuando viste escupir en tu divinidad
a la canalla de la guardia y de las cocinas,
y cuando sentiste hundirse las espinas,
en ese cráneo tuyo donde habitaba la inmensa Humanidad;
 
cuando de tu cuerpo roto, la horrible gravedad,
alargaba tus brazos dislocados, cuando tu sangre
y tu sudor corrían por tu frente macilenta,
cuando fuiste colocado ante todos como una diana,
 
¿Soñabas con esos días tan bellos y brillantes
cuando llegaste para cumplir la eterna promesa,
en los que recorrías, subido en una dulce borriquita,
los caminos bordeados de flores y ramos,
 
en los que, el corazón henchido de esperanza y coraje,
fustigabas a todos esos viles mercaderes a brazo partido,
en los que fuiste maestro, en definitiva? ¿El remordimiento
no penetró en tu costado mucho antes que la lanza?
 
-Sin dudarlo, saldré, por mi parte, satisfecho
de un mundo en el que la acción no sea la hermana del sueño;
¡Pueda yo servirme del hierro y a hierro morir!
San Pedro negó a Jesús… ¡Hizo bien!

Traducción y comentarios por: El Exiliado del Mitreo

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"Le Christ au jardín del oliviers" - Gustave Moreau (ca. 1880)

“Le Christ au jardín des oliviers” – Gustave Moreau (ca. 1880)


La revancha de las cenizas

“La revancha de las cenizas” o algo así, será la traducción de “La revanche des cendres” cuando sea publicado en castellano. Es la traducción literal, no es que me suene muy bonito (me suena mejor en francés en todo caso), pero es del todo correcta y los títulos de los ya publicados han sido todos así.

¿Y de qué puñetas os estoy hablando? ¿Eso es el título de qué? Es posible que os estéis preguntando algo así.

Pues ese será posiblemente el título, del último tomo de una saga de comics históricos que comenzó a publicarse por el 2003 o así (en España)… y que me he ocupado puntualmente de comprar cuando he ido enterándome de su aparición en el mercado. Ha pasado un tiempecito ¿verdad? Pero os aseguro que la obra bien vale la espera, hay que tener paciencia como para todo lo bueno en la vida.

Este tomo es el último, como comentaba, el último de ocho, que se dividen en dos ciclos de cuatro; el Ciclo de la Madre y el Ciclo de la Esposa… pero veo que con tanta introducción, al final voy a acabar empezando la casa por el tejado, lo suyo sería que ahora os dijera cuál es el nombre de la saga ¿no?

Esta obra lleva por título “Murena”, por el apellido (¿nomen?, ¿cognomen?…no queda explicitado en ningún sitio, creo) de su protagonista, Lucio Murena, un joven patricio romano; aunque si fuese una cuestión de protagonismos, hubiese podido titularse perfectamente Nero” o “Nerón”, porque el hilo conductor que se extiende durante estos ocho capítulos, es la evolución de las relaciones entre estos dos personajes; de amigos del alma a encarnizados enemigos.

Y desde luego que da tiempo no solo a ver como evoluciona su relación, sino para ver como ellos mismos cambian, a la deriva muchas veces de acontecimientos que escapan por completo a su control. Y es que esta saga abarca 10 años, desde el asesinato del emperador Claudio, que conduce al ascenso al principado de Nerón, su hijo adoptivo, en el 54 d.de C., hasta el célebre incendio que arrasó barrios enteros de le ciudad de Roma en el 64 d.de C.

Sus autores; Jean Dufaux, excelente guionista, con obras maestras a sus espaldas como “La Balada de las Landas Perdidas”; y a los lápices, Philippe Delaby, maestro de la belleza; forman posiblemente el tandem más poderoso del panorama franco-belga actual. Gracias a estos dos genios, página a página se va desplegando ante nuestros ojos la historia de Roma, con un grado de verosimilitud que atestigua largas horas de trabajo de documentación y de quemarse las pestañas ante la mesa de dibujo.

Desde luego que la recomiendo a propios y extraños, porque aparte del afán didáctico de reconstrucción histórica, el argumento engancha desde la primera viñeta, mezcla de amor, celos, luchas de poder y sed de venganza.

Aunque por cierto, si no eres mayor de edad, que no la vea mamá (si es un poco estrecha) o al menos no digas que te la he recomendado yo (échale la culpa al profe de historia ;)). Porque el erotismo, tanto heterosexual, como homosexual, están perfectamente integrados en la historia y se presentan con absoluta naturalidad.

Si según el vídeo publicitario de YouTube, el tomo 8 se puso a la venta en Francia el 12 de noviembre de 2010, no sé a qué están esperando para publicarlo en castellano… Ni que lo estuviese traduciendo Victor Hugo a través de un tablero de güija. Me lo piden a mí y por un módico precio (lo haría por amor al arte, pero es que lo que no cuesta no se aprecia ¿no? Así que ya puestos, mejor cobrar, jaja), lo tendría en quince días como muchísimo. Que es un cómic de unas cuarenta y tantas páginas, no “Les Fleurs du Mal“. La cosa es que lo tuve entre mis manos cuando estuve hace unos quince días en París y al final desistí de comprarlo y me avine a esperar, por el tema de no romper la unidad de la colección, que la tengo toda en castellano, pero… ¡¡Quiero saber como acaba la saga, Dios!! ¡¡Publicadlo ya!!

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El parto de la giganta

En mi masoquismo (que no conoce límites), llevo peleándome desde hace algunos meses con cierto librillo; todo un clásico de la literatura francesa.

El libro en sí es genial, no me malinterpretéis. Yo diría que como todos los clásicos de antes de que el romanticismo y la era victoriana se cargaran la literatura.

(¡Perfecto! Ahí acabo de dejar caer otra de mis famosas exageraciones que tantas ampollas suelen levantar).

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Bueno, que me voy ya por las ramas nada más empezar. Se trata de un curioso libro, que se conoce por el no menos curioso título de “Gargantua”. Y digo “se le conoce”, porque conforme a la manía de los autores de aquella época, su título es, como en el caso del Quijote, un párrafo entero: “La vie très horrificque du grand Gargantua, père de Pantagruel”, seguido por una apostilla sobre el autor imaginario, que de nuevo como sucede con el Quijote, es presentado como el verdadero autor del texto; “Jadis composée par M. Alcofribas, Abstracteur de Quinte Essence”; que suena muy a moro, amén de a alquimista. Tras leer algo así en la portada, el lector queda implícitamente advertido que puede esperarse cualquier del interior.

El verdadero autor de este libro, del cuál Alcofribas es el anagrama abreviado, como puede que sepáis, es el sin par François Rabelais. No voy a alargarme mucho hablando de su vida en esta entrada, solo apuntaré el dato, de que aparte de ser una persona de ingenio y sentido del humor portentoso, era médico de profesión (y no obstante, posible hugonote, lo que le causó no pocos problemas).

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La cuestión, y por eso hablo de pelearme y de masoquismo, es que la edición que compré hará un año, en un puestecito de libros viejos en la cours Jean Jaurés de Avignon, no es una versión modernizada, sino que está escrita en “vieux français”; francés antiguo. Es decir, tal y como lo escribiera Rabelais en el siglo XVIº.

Y la verdad que leerlo no es difícil. No…es lo siguiente a dificil. Por eso llevo meses con ello (en los que he leído bastantes libros entre medias), porque no aguanto más de un par de capítulos de vez en cuando; solo en esos días en los que tengo la cabeza muy despejada y con ganas de encontrar un reto.

¿Y por qué no lo he dejado ya? Pues sencillamente porque el libro vale mucho la pena; es muy divertido, y porque a la vez me resulta sorprendente, ver lo diferente que era el francés de hace cinco siglos, del que se habla hoy en día.

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Bueno, tras haberos presentado un poco el texto, dejadme que os lleve de la mano al asunto en concreto que ha motivado esta entrada.

No tenemos que avanzarnos mucho en la lectura. Basta con que vayamos el capítulo III, que lleva por título: “Comment Gargantua fut unze moys porté au ventre de sa mere”. La traducción en castellano de esto sería algo así como: De cómo Gargantua permaneció en el vientre de su madre durante once meses. El título en sí es bastante descriptivo.

En el cuerpo del texto podemos leer en un momento determinado:

En son eage virile, espousa Gargemelle, fille du roy des Parpaillos, belle gouge et de bonne troigne, et faisoient eux deux souvent ensemble la beste à deux doz, joyeusement se frotans leur lard, tant qu’elle engroissa d’un beau filz el le porta jusques à l’unziesme moys.

Este párrafo en concreto es de comprensión bastante asequible (¿Pero a que el lenguaje es bastante arcaizante?). En ese párrafo pone (traducción resumida): Que cuando llegó a su edad viril, (Grandgousier, padre de Gargantua) se casó con Gargamelle y que como gustaban de jugar a hacer a menudo la bestia con dos espaldas, ella se quedó encinta de un hermoso hijo que llevó hasta el onceavo mes.

Rabelais prosigue a continuación con la explicación de esto de los once meses (¿Recordáis que os dije que era médico verdad?). Dice que en ciertos casos, cuando se está gestando un gran personaje, la madre puede llevar dentro a la criatura hasta once meses y cita algunos ejemplos mitológicos. Esto podríamos tomárnoslo a broma, en el fondo la mitología es la mitología y en una sociedad cristiana, resulta difícil de creer que pudieran darle mucha credibilidad a estas fantasías paganas.

Pero luego Rabelais prosigue a profundizar el tema, ya inequívocamente hablando en serio aún dentro del contexto de esta obra satírica. En el párrafo siguiente explica que según los expertos, se podía y se debía considerar legítimo, al hijo nacido aún once meses después del fallecimiento del marido. Para apoyar esta aseveración, cita como argumento de calidad los nombres de una turbamulta de autores griegos y romanos junto a sus obras (Hipócrates, Plinio, Marco Varrón, Aristóteles…).

En las notas, el editor comenta que la duración de la gestación era un motivo de controversia activo en el siglo XVIº, y que el propio Rabelais había sido consultado en calidad de médico por el embajador francés en Venecia, al respecto de un litigio sobre una fecha de concepción. Montaigne, también, en sus ensayos, da por bueno el periodo de once meses de preñez.

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Claro, yo cuando leo todo esto, en mi inconmensurable malicia, es inevitable que se me ilumine la cara con una sonrisa.

Y no por la ignorancia de estos buenos señores de ciencia, que con sus reducidos medios y rodeados de insidiosos tabúes, suficiente hacían. Sino por su inocencia y su candidez.

Las mujeres, confinadas a una posición secundaria en aquellos tiempos; callando, les habían metido a los hombres un golazo en el último minuto de la prórroga. No es ningún secreto que se experimentan cambios fisiológicos durante el embarazo; cierto es que al principio pueden pasar desapercibidos, ¿Pero dos meses?

Por otro lado, no olvidemos que en muchas sociedades pretéritas, la mujer que no era capaz de aportar hijos a la unión, en caso de fallecimiento del marido, quedaba desposeída de herencia que pasaba a la familia del marido, volviendo ella a la casa de su padre o hermano mayor.

Así que ya podéis imaginaros el percal. Sería morirse el marido y la mujer tenía un margen de dos meses para cepillarse a todo lo que portase atributos de varón. Malo sería que en ese ínterin no se quedase embarazada.

¡¡Bien por ellas!! 😉

Tal vez la ilustración más célebre hecha para la edición del Gargantua de 1854 por (el genio) Gustave Doré

Por: El Exiliado del Mitreo
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El parto de la giganta by José M. Montes is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported License.
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