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Iluminación (I): La Búsqueda

Llegado del páramo, en que solitarios vagan como espíritus los que buscan respuestas, fatigado se sentó a la orilla del mar y se puso a esperar. No sabía muy bien a qué o a quién estaba esperando, pero había caminado mucho para llegar hasta aquel lugar remoto y solitario. Desesperado –tal vez –cansado -sin duda, no se le ocurrió qué más podía hacer.

Permaneció mucho tiempo a la expectativa. Los ojos bien abiertos para no perderse ni el más mínimo detalle. Aguardando un mensaje, una señal de la providencia. Pero al final terminó por cerrarlos y abandonarse al tiempo.

La danza de las mareas mojó mil veces la puntera de sus botas gastadas, siguiendo el ritmo de los ciclos lunares. Las marejadas le salpicaron de espuma y los temporales le cubrieron de algas largas y verdes. El salitre se fue acumulando sobre su piel, llevado por las diminutas gotas de agua que arrastraba la brisa marina. Y así, cada vez más blanco, se fue convirtiendo en una estatua de sal.

El tiempo siguió transcurriendo en efímeros segundos, breves minutos y cortas horas, siguiendo su eterno baile cósmico al compás de la música de las esferas.

Noches y días.

La precesión de los equinoccios.

Pasaron los otoños que arrastraban flamígeras nubes de hojas y los inviernos con sus ocasionales lluvias de escarcha que cubrían la playa de un ligero manto blanco.

Inmutable parecía aquella playa de arenas negras, larga y ancha como un desierto. Un lugar, donde esa inmensidad propia de los sueños, solo se veía rota por la presencia ocasional de algún tronco de árbol roto, despojo del temporal, o el esqueleto de alguna ballena que había buscado el vararse allí para morir. Así era el lugar solitario que el caminante se había dado para morir…o al menos eso había acabado por creer.

La llegada de la luz fue el preludio del cambio.

En la noche cerrada…

(continuará)

Por: El Exiliado del Mitreo.

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Dios y/o el Cínico

Dios murió, y al tercer día lo enterramos para que no oliera mal.

Hace ya mucho tiempo que un alemán, cuya misoginia ni siquiera era superada por el tamaño de su desproporcionado bigote; y tened por seguro que bajo la nariz tenía todo un filtro para sopas (me consta, ni un solo fideo le entraba en la boca); había anunciado la muerte de Dios.

Lo hizo por boca de su Zaratustra, pariente lejano de aquel, que en épocas del primer aqueménida; Ciro el grande, conquistador de Babilonia; inventara el concepto de bien y de mal y por extensión el de moral. En su estancia como “invitados de honor” en la gran urbe y según ellos, madre de todas las putas; los hebreos lo añadieron a la Biblia; por aquel entonces, en pleno proceso de redacción; y con los años, de la mano de ciertos profetas mártires, con un buen publicista, llegaría al mundo mediterráneo. Cuando allí, se gozaba de la vida con lamentable amoralidad… los pobres, que mal lo deberían de estar pasando…

Por ello, no es casualidad que fuera el mismo Zaratustra, la persona que eligiera el buen alemán, para anunciar el fin de semejante esperpento…

El hombre había matado a Dios. Eso decía Nietzsche a través del profeta. Como si fuera algo tan sencillo… “Yo te creé y ahora yo te mato”. Pues no, una vez que las ideas brotan como el agua de un manantial, ya no hay quien las pueda volver a meter en el hoyo, aunque bien pueden canalizarse…

Por lo tanto, Dios procedió él mismo a su propia extinción. Según dicen, hizo los honores y se descerrajó un tiro justo en mitad de la Gloria. ¿Que por qué lo hizo? Estas cosas nunca están claras. Es muy difícil saber qué pasa por la cabeza de una persona para que llegue a tomar una decisión así. Los irónicos dirán que vivir una eternidad con un desorden triple de personalidad agota a cualquiera.

En mi humilde opinión, creo que trató de probar suerte con la rueda de la reencarnación. Tiró a ver si en esta vuelta le sonreía la fortuna y renacía en una forma menos conflictiva que le permitiese escapar de la existencia cíclica, del Samsara. Quien puede censurarle, es un fin loable querer alcanzar al fin la iluminación; ver el mundo con los ojos del Alma y tras eso extinguirse para siempre en el Nirvana, fundiéndose con el Todo, o lo que es lo mismo, fundiéndose con la Nada. Pues la Nada, ha sido siempre la excusa perfecta para justificarlo Todo…

Dicen que cuando abrió de nuevo los ojos a la luz, con espanto se dio cuenta de que había renacido con la forma que tenía antes de morir. Se había reencarnado en sí mismo. La existencia es solo una cuestión de Karma…

Por: El Exiliado del Mitreo


Publicado en el número 55 de la revista AWA Marzo de 2010


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