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El Alambre (‘)

El texto va a salir publicado en el número de Diciembre de la revista cultural AWA, que si todo va bien, a partir de la semana que viene podréis encontrarlo en la biblioteca de la escuela de ingenieros industriales de Madrid.

Este es el grafismo que le he dado, creo que vale la pena que lo veáis…

(no tenéis más que hacer click sobre la imagen para verla ampliada… 😉 )

 

 


El Alambre

El alambre separa en dos mitades el mundo. Aquellos árboles de madera seca, hincados en los lomos de la Tierra, con sus ramas de acero espinado, cruzadas y entrelazadas, separan a los hombres de las bestias.

 

De vez en cuando, cuando las bestias se acercan a pasear por delante de la alambrada, los hombres se aproximan también, con esa curiosidad tan propia de su especie. Tratan de comprenderlas, con el característico afán humano de racionalizarlo todo. Escrutan sus ojos en busca de un destello de humanidad; de ese algo, que hace que un hombre sea un hombre. Observan su comportamiento y se admiran de lo parecidas que son a ellos. Pero enseguida se dan cuenta de su error.  Juzgar que tras esa apariencia, tras esos modos y maneras, pudieran existir cualidades humanas no es más que un error de interpretación. Un error, por otro lado, muy común, pues nuestra especie siempre suele pecar de antropocentrismo.

 

Cuando se les haga tarde, las bestias; cerdos, burros, perros; se volverán a sus vehículos, que las devuelven a la cómoda seguridad de su establo. Irán caminando hacia ellos, pavoneándose orgullosas del tintineo que producen sus aparejos nuevos, esos que les ha colgado su amo para diferenciarlas de las bestias de otros. Los hombres en cambio se quedarán allí. A morir.

Heinrich Himmler inspecciona un campo de prisioneros de guerra en Rusia. (Fecha desconocida/ año 1941)

 

Por: El Exiliado del Mitreo

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El Alambre by José M. Montes is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.
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La corte del zar rojo

-¿Por qué me pegabas tan fuerte?

-Por eso has salido tú tan bueno -contestó la anciana antes de añadir-: Iosiv, ¿qué eres exactamente?

-Bueno, ¿te acuerdas del zar? Pues yo soy como un zar.

-Más te habría valido hacerte cura -replicó su madre. A Iosiv el comentario le pareció delicioso.

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La corte del zar rojo“, es un libro del historiador Simon Sebag Montefiore, que adquirí hace dos años, en 2008, fecha de la publicación de su segunda edición en castellano. Por aquella época, escribí una reseña para la revista AWA, por la cual se me tachó de defender a Stalin… podéis leer el artículo completo haciendo click aquí y juzgarlo por vosotros mismos, pero vamos, tal vez fragmentos como “el espantoso silencio de los asesinatos en masa” deberían hacer dudar de que esté realmente haciendo una apología de Stalin, a no ser que esa persona considere ese tipo de cosas algo positivo…él sabrá…

(Abro un paréntesis porque tal vez lo que más me molestó de todo el asunto es que me dijera que tuviera cuidado con lo que escribía, hay gente que no sé que coño se piensa; cierro el paréntesis).

La razón de que casi dos años vuelva a escribir un artículo de mismo título, es que en las últimas dos semanas he retomado la lectura del libro, que quedó aparcada por exámenes el tiempo suficiente para que me olvidara de él y me pusiera a leer otras cosas. Pero uno siempre acaba volviendo a lo bueno y lo cierto es que este libro lo es y mucho. Podemos decir que está totalmente dentro de la denominada historiografía británica, que se fundamenta en la preocupación por no escribir somníferos dignos de ser empleados como ladrillos en alguna edificación.

En su momento cerré mi artículo diciendo: “Este libro es la narración absorbente de aquel mundo, en el que el rojo de las estrellas se fundía con el de la sangre manando de agujeros de bala. Una historia reconstruida como no se había hecho hasta ahora, ya que el autor ha tenido acceso, por primera vez, a los archivos del dictador y de sus colaboradores, recientemente desclasíficados. De modo que en un lenguaje atrayente, al estilo de la historiografía británica, ha dejado que los documentos hablen por sí mismos y sean los propios actores los que nos desvelen lo que se cocía en la corte imperial del primer y último gran Zar de todos los soviets.” Debo decir que después de dos semanas y media de lectura, renuevo plenamente hasta la última palabra.

Hace tiempo, leí en algún foro que alguien (leyendo todo su comentario tampoco es que el tipo demostrase ser una lumbrera y/0 saber demasiado sobre lo que estaba hablando, pero al menos en este aspecto que voy a comentar a continuación, su crítica tenía cierto fundamento) criticaba la familiaridad en el lenguaje y/o el uso de vocabulario coloquial, primero pienso que eso es parte del atractivo del libro, esto es un ensayo, no un libro de texto; segundo cuando sobre una hoja mandada por uno de los ministros comisarios de Stalin, Voroshilov o Kaganovich o alguno de esos, con una lista de personas a las que condecorar con la orden de Lenin, hay escrito al margen por el lápiz azul de Stalin a modo de firma “Y condecoramos a estos gilipollas con la orden de Lenin“, me parece absurdo y pedante escribir en unos términos distintos en pro de un academicismo que no hace sino dar una imagen distorsionada de la realidad.

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“Stalin no estaba loco”, esta afirmación fue una de la mayores fuentes de polémica de mi artículo. Bien pues me reafirmo, porque no estaba loco (y si no me creéis leed el libro), o no mucho más de lo que podemos estar cualquiera de nosotros, porque es bien sabido que para un psicólogo todo el mundo tiene algo en su cabeza que no funciona.

Y creedme, esta idea me aterra mucho más que pensar que en su carácter hubiera algo de aberrante, de patológico. Resulta muy duro pensar que en determinadas circunstancias, con un clima y un ambiente determinado, cualquiera de nosotros puede ser un Stalin.

Iosif Visariónovic Djugashvili, el georgiano, el hombre de acero (stal), Stalin; hijo de un borracho que abandonó a su familia y de una madre, Keke, con la mano muy suelta y que posiblemente ejerciera de concubina en la casa donde servía. Estudió en un seminario, que era la forma de que los pobres pudieran estudiar. Agente doble, afiliado al partido bolchevique e informador de la Ojrana, la policía política zarista, como muchos antes de la revolución. Un hombre hecho a sí mismo, culto a fuerza de leer, protector de escritores y artistas.

Era un hombre con una personalidad magnética. Silencioso y enigmático, con esa media sonrisa cínica y burlona con la que aparece en todas sus fotografías. Capaz de despertar un amor fanático hacia su persona…o tal vez fuera ese gen maldito que habita en el seno de la humanidad y que nos hace seguir a un líder hasta el mismísimo infierno si hace falta… ¿Cómo es posible sino, que Yezhov, que fuera el comisario general del NKVD (Comisariado del Pueblo para la Seguridad Interna), que llegaba a las reuniones del Politburó con manchas de sangre en las mangas de la camisa, después de meses en la Lubianka, delante de los verdugos, pidiera que le dijeran al camarada Stalin, que moría con su nombre en los labios?

Se supo rodear de los instrumentos de necesarios para construir una sociedad nueva mediante el crujir de huesos y los borbotones de sangre. De todas formas, no creo que asistiera jamás a una ejecución, al menos desde que accedió a la cúpula de Unión Soviética. Es mucho más fácil vivir, cuando no te ha salpicado la sangre de los miles que has asesinado. Los brazos ejecutores acababan desquiciados; posiblemente porque ellos mismos sabían que acabarían pasando también delante de la pistola; Yagova, Yezhov y Beria son la prueba. Después de Beria todo cambió. Se acabó el Terror. La sociedad prerevolucionaria, las clases susceptibles de oponerse al bolchevismos así como sus descendientes habían sido exterminadas. De modo que el zar rojo había triunfado.

El se veía como Iván el terrible, pues al igual que él había descubierto y conjurado la amenaza de los boyardos que planeaban asesinarlo para evitar la construcción del nuevo estado. Solo que en esta ocasión para ser culpable no bastaba con tener una intención real, simplemente con tener la posibilidad bastaba.

Era un pontífice, como dije en mi artículo anterior, que venía a suplir a la vieja religión derribada por una nueva dotada de la misma mística, aunque exenta de todo individualismo y todo amor al hombre. Creo que algo así solo podría haberse dado en Rusia y en un partido como el bolchevique…

No hay peor crueldad que la de un fanático, no hay fanatismo peor que el de un cínico, no hay peor cinismo que el de alguien muy cuerdo…

La corte del zar rojo de Simon Sebag Montefiore

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Por: El Exiliado del Mitreo

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Predicar en el Desierto

¡Profeta! ¡Teme a Dios y no obedezcas a los infieles y a los hipócritas! Dios es omnisciente, sabio.

Corán – Sura 33, Aleya 1º

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Es un bello y sano deporte ese de predicar en el desierto. Antaño solía preferir guardar silencio, pero últimamente me ha dado por hablar, aún cuando sé que nadie me va a escuchar.  Será por eso de que quien calla otorga, y yo me he cansado ya de otorgar.

Así que eliges con cuidado la aproximación al tema. Ordenas los argumentos, creando una gradación en función de su contundencia y del efecto que quieres causar. Salpimentas tu disertación con hermosos ejemplos; realizas tu exposición con la entonación y la teatralidad adecuada y…nadie te hace ni puto caso.

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Predicar en el desierto es un arte refinado, no os vayáis a creer. Hay que tener mucho cuidado de que el polvo no se te meta en los ojos. No vaya a ser que cegado como estás, no te percates de que la gente está mirando hacia otro lado, el periódico o el reloj.

Soluciones locales a problemas globales”, es algo que a priori  suena bien, huele bien, y me apostaría una mano a que también tiene buen sabor. El problema es que mucha gente (es posible que la mayoría) quiere que los problemas se los resuelva otro.

De modo que aunque lo ideal sería que la toma de decisiones y la planificación del futuro, se realizara de abajo a arriba, gobernados/gobernantes, siempre se acaba haciendo de arriba a abajo. A esto se añade que en nuestros modernos estados democráticos, la representatividad ha terminado creando una clase aristocrática dirigente, que solo resuelve los problemas que le pueden dar votos a corto plazo.

Y es precisamente ese cortotermismo; sobre el que se asienta, por otro lado, la sociedad de consumo; el que va acabar por convertir la Tierra en un agujero infecto.

l.

Cuando un día ante la barra de un bar, un amigo te dice bastante afectado (o eso parecía), que trabaja en una empresa de armamento, que su empresa vende armas a países del tercer mundo, algunos incluso de muy dudosa reputación. Tú le respondes que la solución es bien sencilla, que busque otro trabajo. Entonces él, totalmente rehecho e incluso un poco ofendido te replica, que es gracias a ese trabajo que puede estar ahora tomando gin-tonics contigo.

Claro, en ese momento te da por pensar que o bien tienes un amigo bipolar, o no estaba tan afectado como parecía…

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Otro día, cuando expones a un grupo de personas las acciones impropias y delictivas de una cierta empresa, una de las mayores contaminadoras del siglo XX, y algunas de esas personas (a las que no se la suda directamente) te dicen que si les ofreciera trabajo esa empresa lo aceptarían porque seguro que tiene que pagar muy bien, pues comienzas a pensar que la gente que te rodea ha vendido su alma al gigante verde o de que tienes el mismo poder de persuasión que un plátano; alargado y amarillo con pintitas negras…

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La cosa sería bien distinta, si me dedicara como el fulano aquel, a amenazar con quemar coranes para conmemorar el 11-S. La prueba está, en que un reverendo que para ser pastor no habrá necesitado más de dos semanas de cursillo por correo electrónico, con una congregación de unas 30 personas de un pueblucho de mierda de Estados Unidos, ha llegado a trascender al circuito de noticias mundial. Que la sandez de ese fanático de bigotazos graciosos, provoque oleadas de indignación en Indonesia es como para quedarse perplejo.

Creo que al final no llegó a quemarlos, pero sinceramente me importa un carajo. Diría que por mí como si se limpia el culo con ellos, pero no lo digo porque sé que hay gente que basa su vida en ese libro. No lo comparto, es más, ni siquiera lo comprendo, pero lo respeto, y así me va…

Qué el mundo se siga moviendo por estas mierdas absurdas, cuando la diferencia entre el Cristianismo y el Islam es de matiz, ambas religiones hacen a los que las practican igual de (in)felices. No tenéis más que leer los libros sagrados, en ambos está la semilla del mal, aunque ambas pretendan ser religiones de paz.

Así que la próxima vez que quiera ser profeta, elegiré una minoría (por ejemplo: los pelirrojos) y les culparé de todos los males…parece que nuestra especie funciona así, queremos que la culpa la tenga siempre otro.


Por: El Exiliado del Mitreo


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Guerre selon Voltaire

“Le merveilleux de cette entreprise infernale, c’est que chaque chef des meurtriers fait bénir ses drapeaux et invoque Dieu solennellement avant d’aller exterminer son prochain.”

Voltaire – Dictionnaire Philosophique

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Desde principios del siglo XVIII Europa era todo un hervidero. En Francia e Inglaterra se había iniciado un movimiento cultural conocido como la Ilustración, que acabaría culminando en la revolución francesa. Como piedra angular de ese movimiento, tenemos D’Alembert y Diderot en pleno proceso de redacción de L’Encycopedie, el ambicioso proyecto de condensar en una única obra todo el saber acumulado por el hombre, de forma a expulsar de una vez y para siempre la ignorancia y la superstición y la barbarie que su existencia conllevaba. Voltaire en cambio, concibió en teoría el “Dictionnaire Philosophique“, como una enciclopedia de bolsillo que reuniese las ideas y creencias fundamentales, que desde siempre habían sido poderosos motores de la humanidad (y digo en teoría, porque como veréis, su obra es mucho más interesante que una simple compilación enciclopédica).

El artículo guerra del Diccionario Filosófico fue el primer texto que leí de Voltaire. No sé qué edad podría tener, quizá unos 15 años (hay que empezar jovencito a leer filosofía, que si no se te entumece el cerebro 😉 ).  Ni siquiera era el texto completo, solo el extracto de la parte más jugosa, pero quedé tan impresionado por su agudeza y mordacidad, por su uso brutal de la ironía para señalar al mundo la estupidez y la maldad del ser humano, que me dije: “Tío, yo de mayor quiero ser como tú”.

Mi pequeño viaje a París, de esta pasada semana santa, fue la oportunidad perfecta para hacerme con esta obra, que es cierto que podría haber encargado en España en alguna librería internacional, pero siempre tendría un regusto mucho más sabroso adquirirla allí…y os aseguro que lo tiene, porque lo compré en la boutique de recuerdos que hay a la salida del Pantheon, aún sobrecogido (y quizás un poco emocionado) tras haber visitado la cripta donde su catafalco tiene un puesto preferente.

Voltaire en la Cripta del Pantheon (París)

"Poeta, historiador, filosofo, engrandeció el espíritu del hombre y le enseñó que tenía el DEBER de ser libre"

Quería compartir con vosotros este articulillo, para que os hicierais una idea de cual es el tono de la obra y así, tal vez, entendierais porqué me gusta tanto. Estuve rebuscando en Internet, a ver si encontraba una traducción al castellano del texto, pero solo logré dar con una y bastante mediocre, así que lo he traducido yo mismo (de modo que si veis algún giro raro o lo que sea no dudéis en decírmelo) . Sin más aquí os dejo con el maestro, ya me diréis qué os parece. No voy a hacer un comentario al final, aunque me gustaría, porque me parece que alargaría demasiado la entrada, prefiero reservar el comentario para más adelante, especialmente si hay respuesta por vuestra parte.

El hambre, la peste y la guerra son los tres ingredientes más célebres de este triste mundo. Dentro del hambre, podemos clasificar todos aquellos malos alimentos a los que la hambruna nos obliga a recurrir, de forma a  abreviar nuestra vida con la esperanza de mantenerla. La peste, comprende todas las enfermedades contagiosas, que ascienden a unas dos o tres mil. Esos dos regalos nos vienen de la Providencia. Pero la guerra, que reúne todos estos dones, viene de la imaginación de tres o cuatrocientas personas esparcidas por la superficie del globo y que llevan el nombre de príncipes o ministros; y es por esa razón, que posiblemente, según algunos formulismos, se les califique de imágenes vivientes de la Divinidad.

Hasta el más motivado de los aduladores estará de acuerdo sin mucho esfuerzo, en que la guerra viene siempre acompañada por la peste y el hambre, a poco que haya echado un vistazo a los hospitales de los ejércitos de Alemania, y que haya pasado por algún pueblo donde se haya tenido lugar alguna hazaña bélica.

Es sin duda un arte muy hermoso este de desolar los campos, destruir las edificaciones y hacer perecer, cada año común, de cuarenta mil hombres a unos cien mil. Este invento fue cultivado primero por naciones congregadas en su conjunto, para su bien común; por ejemplo, la dieta de los Griegos declara a la dieta de  Frígia y de los pueblos vecinos, que va a partir sobre un millar de barcas de pescadores, para ir a exterminarles si puede.

El pueblo de Roma reunido en asamblea, juzgaba que era de su interés ir a batirse antes de la cosecha, contra el pueblo de Veies, o contra los Vosgos. Y algunos años después, todos los Romanos, encolerizados contra todos los Cartagineses, lucharon contra ellos durante mucho tiempo por tierra y agua. Las cosas son muy distintas hoy en día.

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Un genealogista demuestra a un príncipe, que desciende por línea directa, de un conde, cuyos padres habían hecho un pacto de familia hace tres o cuatrocientos años, con una casa de cuya memoria ni siquiera hay ya constancia. Esta casa, tenía lejanas pretensiones sobre una provincia, cuyo último poseedor había muerto de apoplejía: el príncipe y su consejo sin mucha dificultad llegan a la conclusión de que esa provincia le pertenece a él por derecho divino. Esta provincia, que se encuentra a algunos centenares de leguas de él, bien tiene protestar que no le reconoce, que no tiene ninguna gana de ser gobernada por él; que, para dar leyes a las gentes, hay que al menos tener su consentimiento: estas diatribas no solo llegan a los oídos del príncipe cuyo derecho es incontestable. Inmediatamente encuentra a un gran número de hombres que no tienen nada que hacer, ni que perder; los viste de una gruesa tela azul de a ciento diez reales la vara, borda sus sombreros con un grueso hilo blanco, los hace girar a derecha e izquierda, y marcha a la gloria.

Los otros príncipes, que oyen hablar de esta expedición, deciden tomar parte, cada uno según su poderío, y cubren una pequeña extensión del país, de más asesinos mercenarios que Gengis Khan, Tamerlan y Bayaceto arrastraron tras de sí.

Pueblos bastante lejanos oyen decir que va a haber lucha, y que hay cinco o seis reales al día que ganar para el que desee formar parte de la partida: enseguida, se dividen en dos cuadrillas como los segadores, y van a vender sus servicios a cualquiera quiera emplearles.

Estas multitudes se encarnizan las unas contra las otras, no solo sin albergar ningún interés en el asunto, sino sin ni siquiera saber de qué va el tema.

Pueden acabar concurriendo cinco o seis potencias beligerantes, tanto tres contra tres, como dos contra cuatro o una contra cinco, detestándose todas por igual las unas a las otras, uniéndose y atacándose por turnos; todas de acuerdo en un solo punto, el de hacerse el mayor daño posible.

Lo maravilloso de esta empresa infernal, es que cada jefe de los asesinos hace bendecir sus banderas e invoca solemnemente a Dios, antes de ir a exterminar a su prójimo. Si un jefe no ha tenido la suerte de lograr que se degüelle a mas de dos o tres mil hombres, no da gracias a Dios; pero cuando son entorno a diez mil los exterminados por el fuego y el acero, et que como colofón, alguna ciudad ha sido destruida de arriba a abajo, entonces se canta a los cuatro vientos una canción bastante larga, que está compuesta en una lengua desconocida a todos aquellos que han combatido, además de estar toda plagada de barbarismos. La misma canción se emplea en matrimonios y nacimientos, así como para los asesinatos: lo que resulta imperdonable, sobretodo en la nación que es la mas célebre por las canciones nuevas.

La religión natural ha impedido mil veces a los ciudadanos cometer crímenes. Un alma bien nacida carece de la voluntad; un alma sensible se espeluznaría; pues se imagina a un Dios justo y vengador. Pero la religión artificial alienta todas las crueldades que se ejercen en grupo, conjuraciones, sediciones, razzias, emboscadas, asaltos a ciudades, pillajes, asesinatos. Cada uno marcha alegremente al crimen bajo el estandarte de su santo.

En todos sitios se paga a un cierto número de arengadores, para celebrar estas jornadas homicidas; unos van vestidos de un largo saco negro, cargado de un abrigo corto, otros llevan una camisa por encima de un vestido; algunos llevan dos pendones de tela abigarrada por encima de su camisa. Todos hablan largo y tendido; citan lo que antaño se hizo en Palestina, cuando es cuestión de un combate en Veteravia.

El resto del año esas gentes declaman contra los vicios. Demuestran en tres puntos, y por antítesis, que las damas que untan ligeramente sobre sus frescas mejillas un poco de carmín, serán eterno objeto de las eternas venganzas del Eterno; que “Polyeucte” y “Athalie” son obras del demonio; que un hombre que hace que sirvan a su mesa, marisco por valor de doscientos escudos un día de cuaresma, está ganándose sin falta la salvación, y un pobre hombre que come dos reales y medio de oveja se va para siempre a todos los diablos.

De cinco o seis mil declamaciones de esta naturaleza, hay unas tres o cuatro como mucho, compuestas por un galo llamado Massillon, que una persona decente puede leer sin sentirse asqueado; pero en todos estos discursos, no hay ni uno, en el que el orador ose revelarse contra esta plaga y este crimen que es la guerra, que en ella conlleva todos las plagas y todos los crímenes. Los lamentables arengadores hablan sin cesar contra el amor, que es el único consuelo del género humano et la sola forma de redimirlo; no dicen nada de los abominables esfuerzos que nos tomamos por destruirlo.

¡Habéis hecho un sermón bien cruel sobre la impureza, oh Bourdaloue! Pero ninguno, sobre estos asesinatos tan variados en forma, sobre estas rapiñas, sobre estos bandidajes, sobre esta rabia universal que desola el mundo. Todos los vicios reunidos, de todas las edades y de todos los lugares, no igualarían jamás los males que genera una sola campaña.

¡Miserables médicos de almas, clamáis durante cinco cuartos de hora sobre cualquier punta de alfiler, y no decís nada de esta enfermedad que nos desgarra en mil pedazos! Filósofos moralistas, quemad todos vuestros libros. Mientras que el capricho de algunos hombres haga que lealmente se degüelle a millares de nuestros hermanos, el capítulo del género humanos dedicada al heroísmo, será lo que hay de más espantoso en toda la naturaleza.

¿En qué quedan y que importancia tienen la humanidad, la buena voluntad, la modestia, la templanza, la dulzura, la sabiduría, la piedad, mientras que media libra de plomo disparada desde seiscientos pasos me quiebre el cuerpo, y que muera a los veinte años en indescriptible tormento, entre cinco o seis mil  moribundos, mientras mis ojos abriéndose por última vez me muestran la ciudad donde nací destruida por el hierro y la llama, y que los últimos sonidos que lleguen a mis oídos, sean los gritos de mujeres y niños expirando bajo las ruinas, todo por los supuestos intereses de un hombre que ni siquiera conocemos?

Lo peor, es que la guerra es un mal inevitable. Si uno se fija, todos los hombres han adorado al dios Marte: Sabaoth para los Judíos, significa el Dios de las armas; sin embargo Minerva, según Homero, llama a Marte, dios furioso, insensato e infernal.

N.T.: Me he permitido la libertad de traducir “sous”, cuya traducción literal sería posiblemente “sueldos“, por “reales” que es una unidad monetaria antigua de España y que fácilmente puede identificarse como de poco valor. Sin embargo he mantenido la traducción de “ecus”: “escudos”, porque aún no siendo española, para un lector hispano le sonará de un mayor valor.

En lo referente al texto, quería solo comentaros que he traducido la edición de 1765, que es el que viene recogido en mi libro. En mis pesquisas, he descubierto que posteriormente Voltaire lo amplió con un tercer bloque en el que básicamente ponía verde a Montesquieu y su “Espíritu de las leyes” (y no sin razón, el viejo Voltaire tan implacable como siempre…). Si he preferido dejar el texto ahí y no traducir esta última parte, es porque me ha parecido menos interesante y sin duda porque está mucho más descontextualizado.

"Combatió a los ateos y los fanáticos, inspiró la tolerancia y reclamó los derechos del hombre contra las servidumbres del feodalismo"

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Por: El Exiliado del Mitreo

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