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Los Amos de la Muerte

Amos de la Muerte: Los SS-Einsatzgruppen y el origen del Holocausto. 

de Richard Rhodes

S.A. EDITORIAL SEIX BARRAL
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Los einsatzgruppen fueron cuerpos “especiales” de policía, formados por miembros de las SS, de la Gestapo y de los cuerpos de policía del IIIº Reich. Su misión consistió, simple y llanamente, en identificar, detener y a continuación, directa o indirectamente, proceder al exterminio de los elementos indeseable (entiéndase por esto, los judíos principalmente) de los territorios recién conquistados por la Wehrmacht en el este; Polonia, Países Bálticos, Bielorrusia, Ucrania y Rusia.
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Este es un libro que ya solo por el segundo capítulo, Círculos Viciosos, merece la pena ser leído. En él se recoge un análisis resumido sobre la lógica de la violencia. No es lo que se llama una fuente primaria, sino que es un análisis aplicado al caso que nos ocupa del trabajo de psicólogos que han teorizado sobre el fenómeno de la violencia, pero resulta una exposición amena y asequible para todo el mundo, como suele ser costumbre en al ámbito de la historia, que a nadie dejará indiferente.
El resto puede se leer íntegramente o no, de corrido o a saltos; pues en el fondo es siempre el mismo horror. Duele el alma al leer este libro, duele el descubrir que nuestros semejantes son capaces de semejante vileza, crueldad y cinismo. Duele y llena de pavor el pensar que llegado el momento y en determinadas circunstancias, incluso nosotros mismos podemos llegar a actuar así…
Sin embargo es absolutamente imprescindible leer el epílogo; es imprescindible para indignarse una vez más con las raíces podridas sobre las que está edificado este mundo. En efecto, en este magnífico broche para este magnífico libro, uno descubre que la mayor parte de esos asesinos de mierda quedaron impunes; las pruebas incriminatorias enterradas bajo legajos polvorientos, cuando no directamente salvados de la horca por la necesidad imperiosa de los aliados de reconstruir una Alemania fuerte que pudiera contener las presuntas ambiciones de sus antiguos socios soviéticos.
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Los campos de concentración y exterminio parece que han absorbido casi toda la atención, tanto de la opinión pública, como de los especialistas, en lo que a los crímenes contra la humanidad que perpetrara la Alemania Nazi se refiere. Sin embargo la mayor parte de los judíos de Europa Oriental perecieron víctima de los tiros en la nuca de estos escuadrones de expertos matarifes o de sus subordinados nativos. Además, si se pudiera realizar una gradación dentro del horror, sus métodos fueron si cabe más espantosos, perturbantes y cínicos que las cámaras de gas del final de la guerra, que tras leer este libro, pueden llegar a parecernos hasta un método humanitario…con eso lo digo todo…
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Por: El Exiliado del Mitreo

La corte del zar rojo

-¿Por qué me pegabas tan fuerte?

-Por eso has salido tú tan bueno -contestó la anciana antes de añadir-: Iosiv, ¿qué eres exactamente?

-Bueno, ¿te acuerdas del zar? Pues yo soy como un zar.

-Más te habría valido hacerte cura -replicó su madre. A Iosiv el comentario le pareció delicioso.

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La corte del zar rojo“, es un libro del historiador Simon Sebag Montefiore, que adquirí hace dos años, en 2008, fecha de la publicación de su segunda edición en castellano. Por aquella época, escribí una reseña para la revista AWA, por la cual se me tachó de defender a Stalin… podéis leer el artículo completo haciendo click aquí y juzgarlo por vosotros mismos, pero vamos, tal vez fragmentos como “el espantoso silencio de los asesinatos en masa” deberían hacer dudar de que esté realmente haciendo una apología de Stalin, a no ser que esa persona considere ese tipo de cosas algo positivo…él sabrá…

(Abro un paréntesis porque tal vez lo que más me molestó de todo el asunto es que me dijera que tuviera cuidado con lo que escribía, hay gente que no sé que coño se piensa; cierro el paréntesis).

La razón de que casi dos años vuelva a escribir un artículo de mismo título, es que en las últimas dos semanas he retomado la lectura del libro, que quedó aparcada por exámenes el tiempo suficiente para que me olvidara de él y me pusiera a leer otras cosas. Pero uno siempre acaba volviendo a lo bueno y lo cierto es que este libro lo es y mucho. Podemos decir que está totalmente dentro de la denominada historiografía británica, que se fundamenta en la preocupación por no escribir somníferos dignos de ser empleados como ladrillos en alguna edificación.

En su momento cerré mi artículo diciendo: “Este libro es la narración absorbente de aquel mundo, en el que el rojo de las estrellas se fundía con el de la sangre manando de agujeros de bala. Una historia reconstruida como no se había hecho hasta ahora, ya que el autor ha tenido acceso, por primera vez, a los archivos del dictador y de sus colaboradores, recientemente desclasíficados. De modo que en un lenguaje atrayente, al estilo de la historiografía británica, ha dejado que los documentos hablen por sí mismos y sean los propios actores los que nos desvelen lo que se cocía en la corte imperial del primer y último gran Zar de todos los soviets.” Debo decir que después de dos semanas y media de lectura, renuevo plenamente hasta la última palabra.

Hace tiempo, leí en algún foro que alguien (leyendo todo su comentario tampoco es que el tipo demostrase ser una lumbrera y/0 saber demasiado sobre lo que estaba hablando, pero al menos en este aspecto que voy a comentar a continuación, su crítica tenía cierto fundamento) criticaba la familiaridad en el lenguaje y/o el uso de vocabulario coloquial, primero pienso que eso es parte del atractivo del libro, esto es un ensayo, no un libro de texto; segundo cuando sobre una hoja mandada por uno de los ministros comisarios de Stalin, Voroshilov o Kaganovich o alguno de esos, con una lista de personas a las que condecorar con la orden de Lenin, hay escrito al margen por el lápiz azul de Stalin a modo de firma “Y condecoramos a estos gilipollas con la orden de Lenin“, me parece absurdo y pedante escribir en unos términos distintos en pro de un academicismo que no hace sino dar una imagen distorsionada de la realidad.

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“Stalin no estaba loco”, esta afirmación fue una de la mayores fuentes de polémica de mi artículo. Bien pues me reafirmo, porque no estaba loco (y si no me creéis leed el libro), o no mucho más de lo que podemos estar cualquiera de nosotros, porque es bien sabido que para un psicólogo todo el mundo tiene algo en su cabeza que no funciona.

Y creedme, esta idea me aterra mucho más que pensar que en su carácter hubiera algo de aberrante, de patológico. Resulta muy duro pensar que en determinadas circunstancias, con un clima y un ambiente determinado, cualquiera de nosotros puede ser un Stalin.

Iosif Visariónovic Djugashvili, el georgiano, el hombre de acero (stal), Stalin; hijo de un borracho que abandonó a su familia y de una madre, Keke, con la mano muy suelta y que posiblemente ejerciera de concubina en la casa donde servía. Estudió en un seminario, que era la forma de que los pobres pudieran estudiar. Agente doble, afiliado al partido bolchevique e informador de la Ojrana, la policía política zarista, como muchos antes de la revolución. Un hombre hecho a sí mismo, culto a fuerza de leer, protector de escritores y artistas.

Era un hombre con una personalidad magnética. Silencioso y enigmático, con esa media sonrisa cínica y burlona con la que aparece en todas sus fotografías. Capaz de despertar un amor fanático hacia su persona…o tal vez fuera ese gen maldito que habita en el seno de la humanidad y que nos hace seguir a un líder hasta el mismísimo infierno si hace falta… ¿Cómo es posible sino, que Yezhov, que fuera el comisario general del NKVD (Comisariado del Pueblo para la Seguridad Interna), que llegaba a las reuniones del Politburó con manchas de sangre en las mangas de la camisa, después de meses en la Lubianka, delante de los verdugos, pidiera que le dijeran al camarada Stalin, que moría con su nombre en los labios?

Se supo rodear de los instrumentos de necesarios para construir una sociedad nueva mediante el crujir de huesos y los borbotones de sangre. De todas formas, no creo que asistiera jamás a una ejecución, al menos desde que accedió a la cúpula de Unión Soviética. Es mucho más fácil vivir, cuando no te ha salpicado la sangre de los miles que has asesinado. Los brazos ejecutores acababan desquiciados; posiblemente porque ellos mismos sabían que acabarían pasando también delante de la pistola; Yagova, Yezhov y Beria son la prueba. Después de Beria todo cambió. Se acabó el Terror. La sociedad prerevolucionaria, las clases susceptibles de oponerse al bolchevismos así como sus descendientes habían sido exterminadas. De modo que el zar rojo había triunfado.

El se veía como Iván el terrible, pues al igual que él había descubierto y conjurado la amenaza de los boyardos que planeaban asesinarlo para evitar la construcción del nuevo estado. Solo que en esta ocasión para ser culpable no bastaba con tener una intención real, simplemente con tener la posibilidad bastaba.

Era un pontífice, como dije en mi artículo anterior, que venía a suplir a la vieja religión derribada por una nueva dotada de la misma mística, aunque exenta de todo individualismo y todo amor al hombre. Creo que algo así solo podría haberse dado en Rusia y en un partido como el bolchevique…

No hay peor crueldad que la de un fanático, no hay fanatismo peor que el de un cínico, no hay peor cinismo que el de alguien muy cuerdo…

La corte del zar rojo de Simon Sebag Montefiore

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Por: El Exiliado del Mitreo

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La corte del zar rojo by José M. Montes is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.
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