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Disparaître

Se acercó a la nube de humo y luz, que poco a poco se iba condensando en un ser salido de cuentos susurrados en noches sin luna por los nómadas del desierto. Con voz temblorosa, casi suplicante, empezó a exponerle su problema.

“Hace muchos, muchos años, me dijeron que yo no era el receptor de un servicio; la educación; sino un producto que demandaban las empresas; ellas eran el verdadero consumidor.

Me negué a ser una herramienta, un vulgar clavo o martillo. Eso me convirtió en un parias, en una nota discordante dentro de esa envilecida melodía. Pero el camino es largo y la duda es mucha, desde que esta se clavó en mi costado como una lanza. 

Así que ya no sé ni lo que hago, ni lo que debo pensar, ni lo que está o no está bien.

Por eso solicito tu consejo, ¡Oh poderoso!

¡Dime, genio, dime la verdad!”

El ser sonrió; sin bondad ni malicia, ni ningún otro rasgo interpretable por los simples mortales; y antes de volverse en humo por donde había venido, respondió con una voz llegada de más allá del tiempo:

“Tempus fugiens, omnia delet.”

 Aladino tiró la lámpara maravillosa al mar, se dio la vuelta y desapareció en la noche…por siempre jamás…

Por: El Exiliado del Mitreo

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La reina esmeralda

para Caro Yavén

En el desierto de la Tebaida, allá en la dormida tierra de Egipto, hallaron una vasija de arcilla repleta de papiros antiguos. En uno de ellos, medio comido por los bichos, narraba Orestes “el Venerable”; por diez años polemarca de la ciudad de Seleucia del Tigris; que en los lejanos años en que los dioses caminaban entre los hombres contaminándoles con su vileza, mucho antes de que Zaratustra; gran profeta del dios del fuego que ha sido prendido en las tinieblas; inventara la moral y los condenara al olvido; más allá del tiempo y de la realidad; habitaba en un bosque sagrado, allende la dorada Atlantis, una poderosa reina.

Aquella reina, que todos llamaban esmeralda, por ser su piel del color de la hierba fresca; era del linaje de los titanes y  los espíritus del bosque que moran en las fuentes claras y en el murmullo del viento en las hojas de los árboles.

Con suprema justicia regía a su pueblo; los silvos; desde mucho antes de que Odiseo, el de las mil astucias, emprendiera su penoso camino de regreso a Ítaca. La reina se mantenía eternamente joven, eternamente bella, porque cada año era enterrada un par de meses, entre las raíces del árbol sagrado que sostenía el mundo, para en primavera renacer rejuvenecida.

Dicen que la reina fue invitada a la celebración del jubileo de Evenor, nacido del suelo, uno de los poderosos monarcas que regían la isla de la Atlántida, y que allí, quedó maravillada por los prodigios que vio en el suelo atlante. Torres iridiscentes que se le elevaban hasta el cielo, ingenios que volaban o que surcaban la tierra y los mares…

La reina quiso implantar todas esas maravillas no soñadas entre sus súbditos y les convenció de la necesidad de despojarse de sus hábitos silvestres a cambio de otros más civilizados.

Así, los silvos destruyeron sus chozas construidas en lo alto de los árboles, cortando el bosque después, para liberar el suelo que el agua y el viento erosionaron. Cavaron la tierra para conseguir la roca y el metal con el que construir torres que se elevaron hasta el cielo y que pronto fueron la admiración y el orgullo de todos. Aunque estas tampoco es que les hicieran más felices ni mejores personas.

La reina, pese a que todo estaba yendo según lo planeado, tampoco era del todo feliz. Andaba todo el día ocupada y preocupada, y su piel desde hacía mucho tiempo y sin que nadie supiera porqué, había empezado a palidecer, y se fue quedando tan blanca, que la gente comenzó a llamarla la reina marfil.

Pasado un tiempo, una ciudad se elevaba donde antaño hubo un bosque y solo quedaba en pie el ancestral árbol que sostenía el mundo, bajo el cual la reina ya no encontraba el tiempo de enterrarse.

Cuando también a él le llegó el turno; ya no había nadie que opusiera repasos y para cuando el árbol cayó abatido por el hacha y la cadena, y la tierra comenzó a temblar y el cielo comenzó a desplomarse en forma de torrenciales lluvias; ya era tarde.

Tan grande fue la catástrofe que se cernió sobre la Tierra, que los dioses mismos tuvieron que intervenir para preservar su campo de juegos de la destrucción total. Hicieron que Atlas, de inmensa fuerza pero corta inteligencia, se dejara engañar para que a partir de entonces, fuera él el que sostuviera el peso del mundo sobre sus espaldas.

Las aguas volvieron a su cauce, pero de la reina esmeralda y su pueblo ya nunca más se supo.

Por: El Exiliado del Mitreo

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El Alambre (‘)

El texto va a salir publicado en el número de Diciembre de la revista cultural AWA, que si todo va bien, a partir de la semana que viene podréis encontrarlo en la biblioteca de la escuela de ingenieros industriales de Madrid.

Este es el grafismo que le he dado, creo que vale la pena que lo veáis…

(no tenéis más que hacer click sobre la imagen para verla ampliada… 😉 )

 

 


El Alambre

El alambre separa en dos mitades el mundo. Aquellos árboles de madera seca, hincados en los lomos de la Tierra, con sus ramas de acero espinado, cruzadas y entrelazadas, separan a los hombres de las bestias.

 

De vez en cuando, cuando las bestias se acercan a pasear por delante de la alambrada, los hombres se aproximan también, con esa curiosidad tan propia de su especie. Tratan de comprenderlas, con el característico afán humano de racionalizarlo todo. Escrutan sus ojos en busca de un destello de humanidad; de ese algo, que hace que un hombre sea un hombre. Observan su comportamiento y se admiran de lo parecidas que son a ellos. Pero enseguida se dan cuenta de su error.  Juzgar que tras esa apariencia, tras esos modos y maneras, pudieran existir cualidades humanas no es más que un error de interpretación. Un error, por otro lado, muy común, pues nuestra especie siempre suele pecar de antropocentrismo.

 

Cuando se les haga tarde, las bestias; cerdos, burros, perros; se volverán a sus vehículos, que las devuelven a la cómoda seguridad de su establo. Irán caminando hacia ellos, pavoneándose orgullosas del tintineo que producen sus aparejos nuevos, esos que les ha colgado su amo para diferenciarlas de las bestias de otros. Los hombres en cambio se quedarán allí. A morir.

Heinrich Himmler inspecciona un campo de prisioneros de guerra en Rusia. (Fecha desconocida/ año 1941)

 

Por: El Exiliado del Mitreo

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Odio

Natalie odiaba a todo el mundo.

Odiaba a la gente de su instituto, odiaba las estupideces que le obligaban a estudiar, odiaba a sus profesores; una sarta de pedantes ignorantes, que se hinchaban como pavos para soltar una sarta de pedos por la boca.

Odiaba su casa, odiaba su cuarto, recién pintado de negro, donde odiaba esconderse. Odiaba su cuerpo y se odiaba a sí misma, como solo un adolescente sabe odiarse…

Pero sobretodo los odiaba a ellos; a sus padres.

Eran tan patéticos,

Tan kisch –pensaba, mientras los contemplaba trabajando juntos en el jardín, desde su ventana con los ojillos entrecerrados por el odio.

¿Qué coño estaban haciendo?

¡Ahí están, juntitos, podando los rosales, mientras tararean desafinados la misma puta balada de hard-rock!

Los muy hijos de puta traspiraban amor por todos sus poros. Qué asco le daban y cuanto deseaba haber amanecido en un orfanato ruso.

Lo que más la sacaba de quicio,  es que pese a todo, pese a como se comportaba con ellos, sus padres le seguían brindando un amor incondicional.

¡Los muy asquerosos! Seguro que si les escupiera a la cara, seguirían sonriendo como idiotas mientras se limpiaban el salivazo.

Aquellos babosos parecía que no iban a rendirse nunca con ella, que siempre iban a poner la otra mejilla. Tenía que hacer algo, esto tenía que acabarse, o jamás sería libre, jamás la dejarían ser ella misma.

.

* * * * *

¿Por qué tenía que llover precisamente hoy? Cómo odiaba estar de pie bajo la lluvia, suficiente tenía con aguantar los sollozos de sus odiosos familiares en mitad de aquel lúgubre cementerio victoriano.

Pero hay cosas que irremediablemente no cambian. Era a ellos a los que más odiaba. Ahí juntitos, sobre unas tablas, encima de dos fosas, metidos dentro de esas estúpidas cajas de pino lacado en negro.

Los muy cabrones; por fin la habían dejado sola.

Sola.

Sola.

Sola.

Sola.

Sola.

Ahora llovía dentro de su paraguas. Tenía la cara mojada…eran… ¿¡Lágrimas!?

¿De Odio?…

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Por: El Exiliado del Mitreo

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Iluminación (I): La Búsqueda

Llegado del páramo, en que solitarios vagan como espíritus los que buscan respuestas, fatigado se sentó a la orilla del mar y se puso a esperar. No sabía muy bien a qué o a quién estaba esperando, pero había caminado mucho para llegar hasta aquel lugar remoto y solitario. Desesperado –tal vez –cansado -sin duda, no se le ocurrió qué más podía hacer.

Permaneció mucho tiempo a la expectativa. Los ojos bien abiertos para no perderse ni el más mínimo detalle. Aguardando un mensaje, una señal de la providencia. Pero al final terminó por cerrarlos y abandonarse al tiempo.

La danza de las mareas mojó mil veces la puntera de sus botas gastadas, siguiendo el ritmo de los ciclos lunares. Las marejadas le salpicaron de espuma y los temporales le cubrieron de algas largas y verdes. El salitre se fue acumulando sobre su piel, llevado por las diminutas gotas de agua que arrastraba la brisa marina. Y así, cada vez más blanco, se fue convirtiendo en una estatua de sal.

El tiempo siguió transcurriendo en efímeros segundos, breves minutos y cortas horas, siguiendo su eterno baile cósmico al compás de la música de las esferas.

Noches y días.

La precesión de los equinoccios.

Pasaron los otoños que arrastraban flamígeras nubes de hojas y los inviernos con sus ocasionales lluvias de escarcha que cubrían la playa de un ligero manto blanco.

Inmutable parecía aquella playa de arenas negras, larga y ancha como un desierto. Un lugar, donde esa inmensidad propia de los sueños, solo se veía rota por la presencia ocasional de algún tronco de árbol roto, despojo del temporal, o el esqueleto de alguna ballena que había buscado el vararse allí para morir. Así era el lugar solitario que el caminante se había dado para morir…o al menos eso había acabado por creer.

La llegada de la luz fue el preludio del cambio.

En la noche cerrada…

(continuará)

Por: El Exiliado del Mitreo.

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El cuento del burro y el molinero

Dedicado a mis compañeros de la revista AWApresentes, pasados y futuros. Nunca dejéis de expresaros libremente

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Es este un cuento antiguo…, pero realmente antiguo. Lo recalco, porque es mucho más antiguo que los que se suelen contar a los críos por lo común. Hoy en día, los conocidos como cuentos tradicionales son casi todos del XIXº, excluyendo los de las mil y una noches, naturalmente.

A mí me lo contaron de niño, a esa tierna edad en la que aún no puedes leer por ti mismo, pero hasta mucho después no descubrí su origen. Claro que por otro lado, debería haberme imaginado que aquel cuento que escuché una y otra vez a golpes de rewind, en aquella casete de cuentos dramatizados, hincaba sus raíces en el medioevo castellano, a diferencia de los cuentos típicos, prácticamente todos de origen centroeuropeo. Y digo que tenía que haberlo imaginado, por ese rollo de “living on the wild side of life”de la narración. Lo cierto es que fue don Juan Manuel, el que lo recogió en su “Conde Lucanor” por primera vez, allá por el siglo XIVº. A saber, si fue él mismo el autor o si se trata es un cuento popular de más antigua tradición. Lo cierto, es que hay que agradecerle que lo salvara del olvido del tiempo. En todo caso esta es la historia, espero que la disfrutéis:

Dicen que una mañana, un padre y un hijo iban por una vereda camino de su molino. Unos pasos por detrás, trotaba tan lozano su fiel borrico, llevado del ramal por el molinero, su dueño.

En esto que se cruzan con unos labriegos que empezaron a hacer chanza de ellos (a vacilarles, como diríamos ahora). Porque, qué hacían ellos caminando, cuando el burro iba descargado, menuda necedad. Así que el padre, como buen padre sufrido que era, subió al crío encima del animal y siguieron adelante.

Andando, andando, se cruzan con una señora que estaba lavando en el río (por ejemplo) y según les ve acercarse, les exhorta, que qué poca vergüenza y que falta de respeto, que aquel hijo siendo buen mozo estuviese tan reposado sobre el animal, mientras que el padre, que ya peinaba canas, fuera caminando. Así que, movidos por la bronca que les acababa de pegar la buena mujer, intercambiaron puestos.

Al rato, se topan con un hombre que estaba vareando almendros junto al  camino y este a su vez, recrimina al padre que vaya tan a su gusto, repantigado sobre la grupa del asno, sin importarle la salud de su hijo, que estaba en edad de crecer. El buen molinero entonces, para no hacer de menos a nadie, ayuda a su hijo a que suba a lomos del burro también y prosiguen la marcha.

Un trecho de camino adelante, porque el molino estaba donde Cristo dio las tres voces, se cruzaron con un caminante, que horrorizado, les hace ver de la poca preocupación que estaban demostrando por el bienestar de su pobre animal. En efecto, este debía cargar con los dos sin haber necesidad, pues ambos estaban en buenas condiciones para ser llevados por sus propias piernas (sí, justo, en Castilla, en la Edad Media, ya había ecologistas…).

Creo que ya os habréis dado cuenta, de que cuando se bajaron del burro, habían retornado al punto de partida. El molinero que era buen tío, pero no era tonto, también se percató de la maniobra. Así que echándole el brazo por encima del hombro a su hijo le dijo: que en la vida, la gente te dirá que hagas esto o que hagas aquello, según su interés o su criterio, y que tú, sin dejar por ello de escucharles, debes en todo caso hacer lo que te dé a ti la gana, siempre y cuando no hagas daño a nadie.

Termino con los versos con los que el infante don Juan Manuel tuvo a bien aportar una conclusión a su ejemplo:

“Por dicho de las gentes

sól que no sea mal,

al pro tened las mientes

y no hagáis ál.”

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Por: El Exiliado del Mitreo

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