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De Caperucitas y Lobos

Tenía que hablaros de este sitio. La verdad que fui porque me llevaron (una vez más: Gracias Caro), aunque en cuanto traspasé la puerta, y aún en la calle, leyendo el cartel de la vitrina, me di cuenta de que ya lo conocía…

Y no, no fue un “déjà vu”, fue un vago recuerdo extraído del baúl de mago que tengo por cerebro; aunque otras veces sea más como la caja de Pandora, pero esa es otra historia…

En Madrid, más allá de la plaza de la Luna, hay algo más que putas que te aguantarán un rato por un módico precio. Si doblas a la derecha en la primera calle que cruza la corredera de San Pablo (calle Loreto y Chicote), en el número 9 darás con algo que tal vez te interese. Es un bar, sí; con apartados, también; lo que sigue no lo podréis adivinar. No, no es un local de intercambios, no. Entras en el reservado, te sientas y ante ti se desarrolla una mini-pieza de teatro. Piezas de un cuarto de hora escaso, ejecutadas en sesión continua, para un mundo con prisa que no quiere más previsión que la del instante presente. Microteatro Por Dinero, llaman a esto y así se llama el bar. Un nombre muy acorde con el ambientillo del barrio, desde luego, pues habrá prostitución en Desengaño, Madera o Ballesta, mientras exista la ciudad.

“Caperucitas y Lobos”. Para cuando os hable de esta obra, ya habrá terminado el ciclo y habrá dejado de representarse allí. Pero poco importa, porque volverá a ser representada en algún momento en algún lugar, aunque sea en el fugitivo país donde habitan los sueños y anidan las pesadillas.

Desde mucho antes de que Edipo se sacase los ojos, a nosotros, humanos, que hacemos de lo efímero nuestra razón de ser, nos ha encantado regodearnos con lo luctuoso.

Si lo bello es bueno, según los griegos, lo horrible es la sal de este mundo. El incesto, los celos, el deseo, la venganza, son algo propio de los mismos dioses, que desconocen la moral pues Zaratustra aún no ha tenido ocasión de inventarla.

Esta obra no es cuestión de incesto, sino de pederastia (tal vez, doble) en su vertiente más sangrienta; y de venganza, sobretodo de venganza.

Pero ¿Quién interrumpe la inocencia de quién?, esa es la pregunta que encierra implícitamente la obra. El adulto seducido, la adolescente tentadora, aunque ni ella misma sea del todo consciente de ello… ¿o sí? Pero se deja entrever que hay algo más; esta escena no es más que una parte de un drama mucho mayor, donde se ha castigado a un padre a través de la hija… ¿O es todo cosa de él?… ¿No será todo cosa de ella? Ambos se turnan para ser lobos y caperucitas por turnos.

En quince minutos, no más, puede definirse una verdad poliédrica tan compleja como la propia vida; una obra no tiene porque ser larga para encerrar en su vientre múltiples variaciones.

La venganza es más fuerte que el amor, es más fuerte que la muerte, y hasta que las estrellas se precipiten sobre el mar, el hombre seguirá siendo una bestia salvaje que daña a quien le daña.

Este mundo es el infierno y en el infierno no hay inocentes.


"Dios lo castigó y lo puso en manos de una mujer" -Libro de Judith, 16.7- Sin duda una cita interesante ¿no?

Por: El Exiliado del Mitreo

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