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“¡Cuando estés convencido de algo, vuelve a ponerlo en duda!”

¡Qué bella y útil es la certeza absoluta, para…absolutamente nada!

Lo triste es que en realidad sí lo es; hay gente que no soporta vivir con dudas, por lo que trata a toda costa de dar con un Mesías de turno, que le indique el camino a seguir y de un manotazo espante todo atisbo de incertidumbre.

Pero es que aún cuando no tengas a un clérigo, a un gurú, a un político o a un periodista, que te esté susurrando cosas al oído, poco vas a avanzar en tu pequeña búsqueda personal de la verdad, si te alimentas solo de dulces dosis de autoconvencimiento

¡Espera! ¿No serás tú uno de esos, a los que les resulta sencillísimo convencerse a sí mismos de cualquier majadería?

Cierto es que a todos, en mayor o menor medida, nos gusta cargarnos de razones, y untar generosamente con vaselina las ruedas dentadas, para que nuestros razonamientos no chirríen, pero desde luego, hay casos patológicos. Por eso, si vas a estar hasta bien entrada la madrugada dando vueltas en la cama, atando cabos para lograr desentrañar la conspiración cósmica puesta en marcha contra ti, tanto mejor (para ti y para el mundo) que te sirvas una o dos copitas de vino y te sumerjas gracias a los vapores de Baco, en un litúrgico y reponedor letargo.

Platón, ese señor al que según la tradición se le suele representar  como un tipo gordo y barbudo, por su doble vertiente de filósofo griego y zampabollos (no os creais, que es casualidad que una de sus obras más célebres sea El Banquete…), hablaba de la inutilidad del intercambio de ideas, ya que en general, la gente acostumbra a enrocarse en sus posiciones y el presunto dialogo se convierte al instante en un monólogo simultáneo.

No creo que sea del todo cierto (me refiero a lo de la inutilidad del intercambio de opiniones, claro, porque la dualidad dialogo/monologo es desafortunadamente cierta muchas veces).

Aunque te disgusten, te den urticaria o directamente re repugnen, es muy positivo escuchar todo tipo de opiniones. Al igual que el yo carecería de sentido si no existieran los otros, las propias opiniones solo tienen sentido por oposición y/o superposición a las opiniones los demás. Qué duda cabe, que hay opiniones irreconocibles, y ni falta que hace. El combate contra las ideas ajenas, enriquece las propias. La necesidad de rebatir los argumentos de nuestro rival nos obliga a ordenar las ideas y hacer que sumerjan sus raíces en el corazón de la tierra, meciéndose orgullosas ante vientos adversos. Por otro lado al verse sometidas a ensayo, pueden acabar quebrándose por su fragilidad o fallando por fatiga…los argumentos a veces no dan todo lo de sí que esperábamos…sencillamente porque nuestra idea estaba edificada sobre cimientos inestables.

Entonces no queda más que recoger velas y fondear en una cala tranquila para reponerse de los destrozos del temporal. Aunque es difícil, hay que saber no seguir porfiando por una causa perdida, en la que no creemos ni nosotros mismos…

Por: El Exiliado del Mitreo


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