El parto de la giganta

En mi masoquismo (que no conoce límites), llevo peleándome desde hace algunos meses con cierto librillo; todo un clásico de la literatura francesa.

El libro en sí es genial, no me malinterpretéis. Yo diría que como todos los clásicos de antes de que el romanticismo y la era victoriana se cargaran la literatura.

(¡Perfecto! Ahí acabo de dejar caer otra de mis famosas exageraciones que tantas ampollas suelen levantar).

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Bueno, que me voy ya por las ramas nada más empezar. Se trata de un curioso libro, que se conoce por el no menos curioso título de “Gargantua”. Y digo “se le conoce”, porque conforme a la manía de los autores de aquella época, su título es, como en el caso del Quijote, un párrafo entero: “La vie très horrificque du grand Gargantua, père de Pantagruel”, seguido por una apostilla sobre el autor imaginario, que de nuevo como sucede con el Quijote, es presentado como el verdadero autor del texto; “Jadis composée par M. Alcofribas, Abstracteur de Quinte Essence”; que suena muy a moro, amén de a alquimista. Tras leer algo así en la portada, el lector queda implícitamente advertido que puede esperarse cualquier del interior.

El verdadero autor de este libro, del cuál Alcofribas es el anagrama abreviado, como puede que sepáis, es el sin par François Rabelais. No voy a alargarme mucho hablando de su vida en esta entrada, solo apuntaré el dato, de que aparte de ser una persona de ingenio y sentido del humor portentoso, era médico de profesión (y no obstante, posible hugonote, lo que le causó no pocos problemas).

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La cuestión, y por eso hablo de pelearme y de masoquismo, es que la edición que compré hará un año, en un puestecito de libros viejos en la cours Jean Jaurés de Avignon, no es una versión modernizada, sino que está escrita en “vieux français”; francés antiguo. Es decir, tal y como lo escribiera Rabelais en el siglo XVIº.

Y la verdad que leerlo no es difícil. No…es lo siguiente a dificil. Por eso llevo meses con ello (en los que he leído bastantes libros entre medias), porque no aguanto más de un par de capítulos de vez en cuando; solo en esos días en los que tengo la cabeza muy despejada y con ganas de encontrar un reto.

¿Y por qué no lo he dejado ya? Pues sencillamente porque el libro vale mucho la pena; es muy divertido, y porque a la vez me resulta sorprendente, ver lo diferente que era el francés de hace cinco siglos, del que se habla hoy en día.

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Bueno, tras haberos presentado un poco el texto, dejadme que os lleve de la mano al asunto en concreto que ha motivado esta entrada.

No tenemos que avanzarnos mucho en la lectura. Basta con que vayamos el capítulo III, que lleva por título: “Comment Gargantua fut unze moys porté au ventre de sa mere”. La traducción en castellano de esto sería algo así como: De cómo Gargantua permaneció en el vientre de su madre durante once meses. El título en sí es bastante descriptivo.

En el cuerpo del texto podemos leer en un momento determinado:

En son eage virile, espousa Gargemelle, fille du roy des Parpaillos, belle gouge et de bonne troigne, et faisoient eux deux souvent ensemble la beste à deux doz, joyeusement se frotans leur lard, tant qu’elle engroissa d’un beau filz el le porta jusques à l’unziesme moys.

Este párrafo en concreto es de comprensión bastante asequible (¿Pero a que el lenguaje es bastante arcaizante?). En ese párrafo pone (traducción resumida): Que cuando llegó a su edad viril, (Grandgousier, padre de Gargantua) se casó con Gargamelle y que como gustaban de jugar a hacer a menudo la bestia con dos espaldas, ella se quedó encinta de un hermoso hijo que llevó hasta el onceavo mes.

Rabelais prosigue a continuación con la explicación de esto de los once meses (¿Recordáis que os dije que era médico verdad?). Dice que en ciertos casos, cuando se está gestando un gran personaje, la madre puede llevar dentro a la criatura hasta once meses y cita algunos ejemplos mitológicos. Esto podríamos tomárnoslo a broma, en el fondo la mitología es la mitología y en una sociedad cristiana, resulta difícil de creer que pudieran darle mucha credibilidad a estas fantasías paganas.

Pero luego Rabelais prosigue a profundizar el tema, ya inequívocamente hablando en serio aún dentro del contexto de esta obra satírica. En el párrafo siguiente explica que según los expertos, se podía y se debía considerar legítimo, al hijo nacido aún once meses después del fallecimiento del marido. Para apoyar esta aseveración, cita como argumento de calidad los nombres de una turbamulta de autores griegos y romanos junto a sus obras (Hipócrates, Plinio, Marco Varrón, Aristóteles…).

En las notas, el editor comenta que la duración de la gestación era un motivo de controversia activo en el siglo XVIº, y que el propio Rabelais había sido consultado en calidad de médico por el embajador francés en Venecia, al respecto de un litigio sobre una fecha de concepción. Montaigne, también, en sus ensayos, da por bueno el periodo de once meses de preñez.

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Claro, yo cuando leo todo esto, en mi inconmensurable malicia, es inevitable que se me ilumine la cara con una sonrisa.

Y no por la ignorancia de estos buenos señores de ciencia, que con sus reducidos medios y rodeados de insidiosos tabúes, suficiente hacían. Sino por su inocencia y su candidez.

Las mujeres, confinadas a una posición secundaria en aquellos tiempos; callando, les habían metido a los hombres un golazo en el último minuto de la prórroga. No es ningún secreto que se experimentan cambios fisiológicos durante el embarazo; cierto es que al principio pueden pasar desapercibidos, ¿Pero dos meses?

Por otro lado, no olvidemos que en muchas sociedades pretéritas, la mujer que no era capaz de aportar hijos a la unión, en caso de fallecimiento del marido, quedaba desposeída de herencia que pasaba a la familia del marido, volviendo ella a la casa de su padre o hermano mayor.

Así que ya podéis imaginaros el percal. Sería morirse el marido y la mujer tenía un margen de dos meses para cepillarse a todo lo que portase atributos de varón. Malo sería que en ese ínterin no se quedase embarazada.

¡¡Bien por ellas!!😉

Tal vez la ilustración más célebre hecha para la edición del Gargantua de 1854 por (el genio) Gustave Doré

Por: El Exiliado del Mitreo
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