Paradaiz City

I- J.Norbert

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Escupí en el suelo y entre dientes me cagué en mi puta suerte. Joder, y yo que aquella mañana me había levantado con la esperanza –vana, por supuesto –de que antes de acabar el día, iba a lograr salir del pozo negro por el que había deslizado mi vida…

 

Abrí los ojos como si me despertaran de una pesadilla y estuve un poco azorado hasta que recordé que la pesadilla empezaba ahora.

Era difícil saberlo, pero por la poca claridad que se colaba por los ventanucos colocados cerca del techo, deduje que si no estaba amaneciendo, quedaba poco. Así que había enrollado el saco, haciendo el menor ruido posible sobre el camastro portátil donde había pasado la noche. Esto era algo no demasiado fácil, la verdad, porque se trataba de un armatoste de tubos y muelles semi-oxidados que chirriaban de forma desagradable al menor movimiento. La estera que mantenía tensa, había sido blanca al salir de fábrica, pero ahora era de un color ajo con lamparones de grasa, sudor y meado seco. Esto motivaba que algunos tipos –porque hay gente que aún tiene escrúpulos –quisieran meter en el albergue cartones para poner encima de las hamacas. De esta forma, sobretodo si has tenido la suerte de dar con unas cajas de pizza, puedes tener la opción de enmascarar un poco el hedor.  Como no podría ser de otra forma, no le permiten a nadie tales lujos desatinados…

 

Estaba deseando salir a la calle. Tenía que respirar algo parecido a aire limpio. No aguantaba ni un minuto más el aire viciado de aquel tugurio de mierda, donde los catres estaban tan cerca que tenías que dormir boca arriba para que tu compañero de al lado no te echara el aliento con olor a vino agrio en la cara.

 

“En Paradaiz City nunca más se volverán a ver desafortunados durmiendo en las calles, porque en esta ciudad nos preocupamos de los que Dios…” –muy repeinado y con una sonrisa blanca e inmaculada suelo ver al alcalde Stormson repitiendo estas frases como un mantra. No tengo ni idea de si en televisión ponen siempre los mismos videos o si es el alcalde el que se repite como un papagayo. Últimamente no tengo ocasión de sentarme delante del televisor a comprobarlo…algo tiene que tener de bueno estar tirado en la calle.

Por otro lado, hay que reconocer que lo que dice el alcalde es una verdad de facto porque pasado el toque de queda, según una ordenanza municipal, aquellas personas que permanezcan estacionarias en la vía pública más de 20 minutos, podrán ser consideradas por la poli como indigentes. Esto les permite arrastrarte hasta albergues como este, en el que tan bien he pasado la noche. Y eso con suerte, porque en la calles se habla de un lugar mucho peor. A saber, corren muchos rumores, pero poca gente sabe nada cierto…

De modo que si vives en la calle te quedan tres opciones; esconderte en un lugar oscuro, rezando para que den contigo antes las ratas que los agentes de policía; dormir de día bajo un puente y pasarte la noche dando vueltas sin parar; o resignarte –como yo –y tratar de dormir asfixiado por el olor a sudor, ropa sucia y vómito de borracho.

 

A estas horas de la mañana, la ciudad es hasta hermosa. El amanecer se asoma a la cúpula de contaminación que nubla el día y la luz del sol al refractarse, inflama el cielo con malévolos tonos que viran del escarlata al púrpura…

Refracción, reflexión, difracción…Como doctorando había explicado esos conceptos y otros muchos, a estudiantes de primer curso en la universidad del estado. Parecía haber pasado un siglo de esto, pero en realidad no habían sido más de dos años… ¿o puede que sí?

Un destello azul y dos toques de sirena, apenas dos cortos “Ua-Ua”, me sacaron de mis ensoñaciones. Casi se me cayó de los labios el cigarrillo a medio fumar que recogí ayer en una acera cuando al volverme, me topé con un coche patrulla. Qué jodido es despistarte en esta ciudad –pensé. Los maderos ya estaban bajándose del coche y venían hacia mí.

-¡Eh tú! –como de costumbre, era el poli viejo el que empezó a hablar -¿De donde has sacado ese abrigo tan bonito?

-Es mío –y era verdad, el abrigo es de lo poco que me quedaba.

-¿A sí? ¿Y no tendrás por casualidad el ticket de compra en esa mochila mugrienta que llevas a la espalda?

 

Me quedé callado porque sabía que dijera lo que dijera, ya estaba jodido. El poli viejo del bigote cano me miró con sorna antes de sacar las esposas y pasárselas a su compañero.

-Toma Timmy, espósale, que nos lo llevamos. Ten cuidado no lo toques mucho, no vaya a pegarte sus piojos.

El chaval obedeció de mala gana, nunca sabré si porque no estaba del todo de acuerdo o por la última recomendación del veterano.

Me senté, sin miedo y completamente en paz conmigo mismo, en el asiento de aquel coche patrulla que me conducía a la comisaría del distrito o a Dios sabe donde. Me recreaba aspirando el agradable olor a pino del ambientador que colgaba del espejo retrovisor, mientras veía por la ventanilla pasar mi ciudad a toda velocidad.

Y yo que aquella mañana me había levantado con la esperanza –vana, por supuesto –de que antes de acabar el día iba a lograr salir del pozo negro por el que había deslizado mi vida…

Bueno, no sé si saldré, pero por lo menos me muevo…

(continuará)

 

Por: El Exiliado del Mitreo

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Paradaiz City by José M. Montes is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
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