Tableaux Provençaux (II)

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Marseille:

En Marsella lo viejo y lo nuevo conviven al fondo de un callejón. Cloaca y metrópolis, posee un alma tan vieja como el mismo Mediterráneo, su padre natural. Esto es algo que queda patente en sus habitantes, que comentan con orgullo que habitan una de las ciudades más antiguas de Europa Occidental.

Y lo cierto es que hay muy pocas poblaciones que puedan competir con Marsella en antigüedad. Fundada en siglo VIº antes de Cristo por colonos foceenses, solo las ciudades que fundaran los fenicios, como Cadiz o Malaga, llegan a superarla en antigüedad en esta zona del Mediterráneo.

Poco queda hoy de la vieja Massalia, de esa Poleis que se enriqueciera sobremanera comerciando con sus vecinos celto-ligures; una potencia regional con la que todos los generales que pasaron con sus ejércitos por la región, tuvieron que avenirse a negociar, hasta que Julio César la conquistara y la convirtiera en tributaria de su Roma, por haber apoyado a su enemigo Pompeyo. Pero el espíritu, el alma que le imprimieran sus fundadores griegos, ha sobrevivido, allí donde los templos se hicieran ruinas y nuevos monumentos vinieran a substituirlos al paso de los tiempos y las modas.

Este debía ser el aspecto de la Massalia que vieran los sus fundadores foceenses.

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Como buena ciudad portuaria, Marsella creció entorno a un puerto, el Vieux Port, una pequeña bahía natural con una bocana prácticamente cerrada por dos promontorios, donde en la actualidad se alzan dos fuertes, el Fort Saint-Jean, de origen medieval, y el Fort Saint-Nicolas, mandado construir por Louis XIV, por cuya expresa voluntad se amplió y reorganizó urbanísticamente la ciudad.

Bocana del Vieux Port vista desde fuera. A la derecha el Fort Saint-Nicolas, a la izquierda el Fort Saint-Jean.

Patria de marineros, basta dar una vuelta por el Vieux Port, para encontrar mezcladas todas las razas del mundo, como corresponde a una ciudad donde desde siempre han atracado los navíos de mil naciones. Y sin embargo, qué espacio más ridículo, resulta el ocupado por el puerto viejo, respecto a los kilómetros de instalaciones portuarias, que bordean actualmente toda la línea de costa de la comuna. Estoy convencido, que los dignos aventureros jonios que la escogieran para ser su nueva patria, estarían satisfechos de verla trasformada en un monstruo que se extiende a perderse de vista, en la segunda ciudad de Francia.

¿Y qué sería una ciudad marinera si no se vendiera pescado?

Una ciudad con red de metro y aeropuerto internacional, debe considerarse una gran ciudad, al menos para los estándares actuales. También tiene tranvías, que siempre da un melancólico toque de añoranza decimonónica, aunque supongo que irán solo por el llano. Porque lo cierto es que a los buses que subían a Notre-Dame de la Garde, (eléctricos…) parecían que iban a morir en la subida de la interminable cuesta que trepaba hasta el santuario. Al parecer siempre había habido una ermita en aquel lugar, junto a una torre de guardia, de donde el sitio ha tomado el nombre. Desde luego las vistas que desde allí se divisan son privilegiadas,…eso sí, si tienes el valor de llegar…

Las vistas son increíbles desde la Garde...si juntas el mar y las montañas ¿Qué más se puede pedir?

Como decía, siempre había habido una ermita en aquel promontorio, pero el edificio actual, de una suntuosidad insultante, data del XIXº, cuando la Iglesia preocupada por el triunfo del ateísmo entre las masas obreras, emprende una campaña de construcción de edificios impresionantes para recuperar la devoción popular… ¿Le veis la lógica? Porque yo no, puede que hubiese sido mejor ponerse del lado de los que más lo necesitan, pero quien soy yo para cuestionar la infalibilidad de lo infalible…Si omitimos este detalle que para mí la ensombrece, la basílica es impresionante. De estilo bizantino, sorprende por sus formas poco habituales, el buen gusto en la combinación de mármoles, los mosaicos con motivos florales en los suelos y los de oro en las bóvedas, que a uno le da por pensar que estuviera es Santa Sofía. Los exvotos le dan también un carácter personal al lugar; van desde simples plaquitas con un par de detalles conmemorativos de alguna curación, hasta una importante colección de medallas que de los poilus entregaran por haber vuelto sanos y salvos a casa después del horror de la guerra de trincheras. Y es que claro el propio nombre del santuario se asocia a la Salvaguarda, aunque en origen se debiera a la estructura defensiva que ocupaba el lugar. Ambas cosas se pusieron en juego tras el desembarco aliado en las costas de Provenza, porque el santuario fue tomado al asalto durante la liberación de Marsella donde los combates fueron además bastante encarnizados. Los alemanes se habían replegado allí para ofrecer una última resistencia, las huellas en la fachada del edificio atestiguan que así fue.

Los últimos peldaños para llegar a la basílica...

Los exvotos colman los muros del templo...

Hermoso, ¿No es cierto? Y lástima que la foto no le haga justicia.

Bajando la colina, hay un testigo mudo de aquellas horas; un  tanque Sheman, sus tres ocupantes americanos murieron achicharrados en su interior. Un monumento a la abnegación, un monumento a la estupidez humana.

El Jeanne d'Arc, aún amenazador pese a las flores...

Es un placer llegar de nuevo al llano y callejear, aunque sea con las piernas temblorosas por la bajada. La abadía de Saint-Victor es pequeña y oscura, como solo los edificios románicos saben ser. Esto los dota de esa mística especial, a lo que también ayuda bastante una cripta llena de reliquias de santos en receptáculos de oro y pedrería. Hermosamente macabro. Del otro lado del Vieux Port,  se alza la catedral, también de estilo bizantino, lo que dice mucho sobre los gustos marselleses. Y entre medias, el caos circulatorio… y el mar. Un mar que atrae la mirada como un imán; que parece que te pide que lo mires. No sé si tiene el mismo magnetismo para todo el mundo o solo para los que, como yo, son del interior, pero así es, nunca me canso de mirarlo. Y más este, que conocieran aquellos audaces que desde la Grecia asiática, echaran las amarras para poblar el callado Occidente…

Marsella: Bocana del Vieux Port, observatorio astronómico del Fort Saint-Jean y detrás, la catedral

Por: El Exiliado del Mitreo

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