Tableaux Provençaux (I)

Preámbulo:

Mientras van apareciendo estas líneas en la pantalla a golpes de teclado, el ruido metálico de las chicharras se cuela por mi ventana.

De LA chicharra, debería decir, pues en realidad es una sola criaturilla la que se desgañita buscando pareja en el parque que hay bajo mi ventana. Qué distinto es el sonido monocorde de este individuo solitario, de la jarana jovial de los campos y bosques de Provenza.

Tal vez os parezca extraño viniendo de un español, que mi primer retrato de la Provenza esté dedicado a las chicharras. Es cierto que es un insecto que, pondría la mano en el fuego, habita en todas las tierras que baña el Mediterráneo. Pero no me cabe duda, que cualquiera que haya estado en el sur de Francia, aunque sea de paso (con la ventanilla del coche bajada, por supuesto), habrá comprendido al instante por qué ese pequeño bicho ruidoso es uno de los emblemas de la región.

Es un clamor severo, sobrio, el que imponen las chicharras en esas horas del día en que las aves no osan salir de sus refugios, pero que dotan al paisaje de una vitalidad poética única y difícil de explicar.

Merendar a la sombra de estas ruinas rodeadas de campos de olivos, te hace pensar en los hombres que fueron antes que tú y los que serán, cuando tú ya no estés.

Un día, tras haber merendado (porque no habíamos comido) a la sombra de los arcos semiderruidos del acueducto romano que desde alguna fuente lejana llevaba el agua a Arles; pude al fin ver una. Era un insecto gordo y chato, del mismo color gris pardo de la corteza de la encina sobre la que estaba cantando. Ni siquiera se privó de seguir haciéndolo, cuando me acerqué a espiarla, al sentirla tan cerca, junto a la carretera. Chico de ciudad diréis, que a sus veintiséis años nunca ha visto una chicharra, pero es que en España creo que son más escasas y más esquivas. Como apuntaba mi hermana, aquí parece que abundan más los grillos, será tal vez porque deben ser más resistentes al calor, por eso de ser nocturnos. Debo alegar en mi defensa que de esos, sí he visto algunos.

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INICIO DE LA EXPOSICIÓN

Salon-de-Provence:

Es una pequeña ciudad que se extiende en mitad del llano, entorno a esa importante carretera que desde la antigüedad ha unido España e Italia.

Como dato curioso, cabe señalar que en el medioevo tuvo el dudoso honor de tener por huésped, aunque nativo del cercano pueblo de Saint Remy, a uno de los mayores farsantes de la historia de la humanidad. Aunque su nombre era Nôtre-Dame, lo había latinizado a Nostradamus, que tenía más tirón; ya sabéis, el marketing no es cosa de ayer. Los saloneses, sin embargo, parecen estar encantados de que ese timador viviera en su pueblo, a juzgar por el número de monumentos que le tienen dedicado. Aunque dada la cantidad de crédulos que aún buscan “algo” en los balbuceos incoherentes de este hombre todo parece encajar; ya sabéis, el marketing es mucho más importante hoy que ayer.

En fin, Salon es una ciudad pulcra, tranquila y bonita. Está repleta de palacetes, “hôtels”, neoclásicos de la burguesía decimonónica surgida de la industria del jabón, aunque por su aspecto y su relativa monumentalidad está claro que su prosperidad es algo viene de antiguo.

Los detalles hacen de la vida un lugar habitable.

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Camargue:

Al sur de Arles, el Rhône (Ródano, en castellano) se divide en dos, constituyéndose entre sus dos brazos un gran delta de marismas y terrenos semi-pantanosos. Esta es la Camargue, patria de caballos, toros, y como no podía ser de otra forma, mosquitos ávidos de sangre fresca.

Dicen, que si te subes a una silla situada en un lugar cualquiera de Camargue y echas un vistazo a tu alrededor, ya lo habrás visto todo. Puede ser que este chascarrillo jocoso no esté exento de cierta verdad, pero no por ello deja de ser una región digna de ser visitada, pues ese paisaje acuático, prácticamente despoblado, está dotado de una belleza que le es propia.

Estas tierras eran carne de éxodo y abandono, antes de que el cambio en los hábitos de consumo las pusiera de nuevo en valor. Al tratarse de un espacio protegido, el arroz que allí se cultiva ha de ser por fuerza ecológico, ya que el uso de pesticidas y fertilizantes químicos está muy restringido. La cría de toros de raza camarguesa, con su característica cornamenta en forma de lira y su menor tamaño respecto a los toros de lidia españoles, pero que como para estos se realiza de forma extensiva, ha vuelto también a ser un negocio rentable por idénticas razones.

Aunque también es cierto, que si bien su carne se emplea en la preparación de embutidos, no se crían para eso, sino para los llamados juegos camargueses, muy variados y que tienen en común que no se mata al animal. En algunos de estos juegos, hay también participación de caballos, donde también de estos existe una raza oriunda de la región.  Estos caballos de raza camarguesa son de los más curiosos que he visto, pues negros de potros, su pelaje se vuelve blanco cuando pasan a la edad adulta.

La "Course Camarguese" se parece a los "Recortes", aunque aquí los corredores tratan de desatar unos pequeños trofeos que se han atado a la cornamenta del astado.

Aquel que se dé un paseo a pie por allí, no solo se quedará sorprendido de la cantidad y variedad de aves acuáticas que pueblan los humedales, tampoco le dejará indiferente la enorme concentración de libélulas de todo los colores del arco iris, que os rondarán zumbando de un lado para otro. Que eso os ponga nerviosos, las libélulas son inofensivas. Caso distinto es el de los mosquitos…porque que los mosquitos pican no es ningún secreto, pero que se te pose uno en el hombro y sientas como te traspasa la camiseta de un picotazo no es cosa de broma. Este es otro de los milagros de la globalización, porque a todas luces, el bicho era un mosquito tigre, una especie originaria del sudeste asiático… Por otro lado, lo mismo debieron de pensar los asiáticos cuando los franceses llegaron a chuparles la sangre en épocas de la época colonial…así que al final, tampoco hay muchas razones para quejarse. Eso sí, no os olvidéis del repelente de mosquitos. Funciona y sin él no podréis dar un paso.

La gente no se baña en esos estanques costeros que parecen tan tentadores vistos en los mapas (sobre el terreno resultan bastante menos apetecibles), para eso está el mar. Saintes Maries de la Mer es el pueblo playero de Camargue…Y turístico, de esos que pasan de cien a cien mil habitantes en los meses de verano; de esos donde a unos le da la sensación de que hubiesen vaciado con un volquete a Dinamarca y Alemania en pleno. Lo curioso es que la playa ni siquiera es buena; parece que los temporales se han encargado de que se encuentre en un estado deplorable. Han puesto espigones para que vuelva a crecer, pero está claro que va a tardar años en recuperarse.  Si sopla el mistral, cosa que puede ocurrir cuando menos te lo esperes, es aún peor, porque es una playa de arena fina, polvorienta y muy pegajosa, con una clara tendencia a ir directa a los ojos y a esconderse hasta en los más diminutos orificios de la ropa y el cuerpo (estaba pensando en los oídos, mal pensados). Por cierto, que la raigambre gitana y taurina (camarguesa y española, de ambas) es más que evidente, a juzgar por los carteles que pude ver y aquí y allá, sacan sus mejores galas para recibir a los veraneantes (y dejarles sin un céntimo).

En el extremo más occidental de la Camargue está Aigues-Mortes, ya en el Languedoc. Fue el primer puerto mediterráneo francés, por ser esa zona el primer acceso a ese mar del reino de Francia. En esa estrecha lengua de tierra entre el reino de Aragón y el condado de Provenza, aquel era el mejor sitio para construir un puerto, lo que no quiere decir que el sitio fuera bueno; Aigues-Mortes en un occitano ya muy catalán, quiere decir aguas estancadas (aguas muertas)…en fin, fue una apuesta personal del propio san Luis (Luis IX), que quería partir de allí a las cruzadas. Y efectivamente, en Notre-Dame-des-Sablons, escuchó misa antes de embarcarse rumbo a la muerte (muy santa, eso sí). La ciudad en la actualidad no está junto al mar, la línea de costa queda a varios kilómetros al sur. La elección del enclave fue todo un éxito.

Vista Aigues-Mortes desde la Tour de Constance, un viaje a la edad media; al fondo las salina

Se te corta el aliento cuando penetras en el perímetro fortificado de la ciudad vieja de Aigues-Mortes. Es como colarse por un pasadizo con comunicación directa a la Edad Media. Sus murallas, los torreones, las torres de guardia y puertas que conforman un rectángulo perfecto, si excluimos la sección cercana a la torre del homenaje, la tour de Constante; además de las callejuelas estrechas y adoquinadas, pobladas de casas de piedra antigua…toco conforma un marco muy impresionante.

La ciudad se enorgullecía de nunca haber sido tomada…porque se rindió siempre antes… Las murallas, como tantos artificios de la historia de la guerra, resultan más útiles para amedrentar y violentar a los propios ciudadanos del país, que como protección real contra un hipotético enemigo. Y no hay mejor ejemplo que el de Aigues-Mortes, donde las respetable fortificaciones, sirvieron como presido primero a los Camisard (aunque fueron ellos los que prendieron fuego a la iglesia tras hacerse con la ciudad tras un golpe de mano, antes de acabar encarcelados), después a mujeres, aunque hugonotas también (= reformadas). Si con la revolución llegó al fin la libertad de culto, no cesó por ello la represión religiosa (y de otras índoles), de modo que como cárcel, siguieron empleándose las fortificaciones…

Así que si la torre de Constanza (tour de Constance) sobrecoge desde el exterior por su majestuosidad y elegancia, más sobrecoge visitar el interior e imaginar el confinamiento, durante más de treinta años, de varias decenas de mujeres protestantes perseguidas por sus creencias…aunque horrores como estos ya no sucedan por esta parte del mundo, hay otros lugares que son harina de otro costal…esto es una historia de nunca acabar.

La Tour de Constance, bella y amenazadora.

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Avignon:

Construyamos una tumba para unos papas muertos; Memento Moris, señores; no sois más que cadáveres, aunque no lo sepáis aún. Pero que esta sea hermosa y resplandeciente como lo fuera Babilonia. Un palacio para custodiar al papado. Una fortaleza para el vicario de Cristo, pero siervo del rey de Francia. Un cisma y una guerra contra el Emperador. ¿Quién se ganará la próxima excomunión?

Palacio de los papas de Aviñón

¡Soy príncipe de la Iglesia, pero un príncipe igualmente; defenderé mi poder temporal!

¿No te conformas con el espiritual? Para el sitial de san Pedro cualquiera vale. Mi primo de París no va defenderte siempre.

Tras el retorno del papado a Roma, será el palacio episcopal. Después, cuando triunfen los ateos, la revolución, una prisión, un cuartel también, y el abandono. En el XIXº, lo transformarán (destrozarán) en caserna. Ahora, es un museo. Hace un siglo que están restaurando los innecesarios desmanes que en el pasado hicieron a medias hombres con menos cerebro que una piedra y otros con muchas ganas de redondear sus bolsas.

No existe otra ciudad en Europa, ni grande ni pequeña, en que haya un festival de teatro que dure desde mayo hasta finales de Julio. Carteles de mil y una obra empapelan las calles. Obras que se representan día tras día, noche tras noche, durante meses, en un garaje, en un patio, o un trastero, cualquier sitio es bueno para hacer teatro. Solo los más grandes representan en las gradas portátiles, que se emplazan en el patio de armas del palacio. Y el arte al final corre por las calles de la ciudad vieja, contenida por esas murallas ruinosas que los pontífices edificaran para mostrar su poder terrenal. Las plazas, las calles, están llenas de actores con todo su atrezzo, que con bromas, flyers o sketchs cortos tratan de llamar la atención de los viandantes sobre sus representaciones.

Nos es raro que Miquel Barceló haya aprovechado este ambiente de mascarada y bohemia para exponer su obra, impactante, tétrica y muchas veces grotesca, en la que fuera la capilla del palacio.

Palacio de los papas y en primer plano el elefantito de Barceló

Imposible irse sin comprar un cargamento de libros en los puestos callejeros que había en la place de l’horloge, y por supuesto sin ver una obra de teatro. “On the Road” de Jack Kerouac, no podía ser otra estando esa. Un hombre solo, un monologo, una hora y media…increíble, no hay otra palabra para calificarlos (una lástima que Dean Moriarty nunca me haya caído bien del todo).

Pond de Saint Bézénet, el célebre Pond d'Avignon de la canción. Como podéis ver, está un poco roto.

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Por: El Exiliado del Mitreo

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