Crónica de un Viaje (II)

Domingo 28 de Marzo

3º Parte: Alzando el vuelo

Kilómetros y kilómetros de pista van quedando atrás. Así como los minutos que se hacen infinitos, eternos.

Sobre una colina, una cruz gigantesca se acuesta. Qué falta de tacto, pienso distraídamente, que te recuerden un accidente aéreo justo cuando tu avión va a despegar.

Una brusca aceleración y….el cacharro se eleva de la tostada tierra de España, para recibir el abrazo del aire.

En su ascenso, las urbanizaciones y pueblos se van quedando más y más abajo. Las colas de pantano Surcan la tierra como cometas. Son colmillos aguzados, las montañas, que desgarran la bruma. Ríos de asfalto serpentean entre ellas y entre las lindes, que parcelan en mosaico la tierra a nuestros pies. Entonces como si fuéramos en alas de un pez volador, rompemos la superficie infinita del mar de nubes. Ahora, a perder de vista, solo hay cúmulos algodonosos de aspecto casi comestible.

El Sol no puede resistir la tentación de curiosear en el interior del aparato. Se asoma por el ojo de buey que hay a mi derecha. No es que esté sucediendo nada interesante. La tripulación sirve el desayuno a quien se lo pide. Pero el Sol no se desanima y me obliga a cegarlo (para que no me ciegue él a mi) bajando la persiana hasta la mitad.

Veo por un instante crestas nevadas y después el mar de nubes de nuevo, igualmente níveo. El Sol, recién levantado, hace que brille como una extraña escultura globular de plata bruñida.

Bajo la persiana y cierro los ojos para tratar de engañar al tedio. Pero es imposible dormir, demasiada cafeína. Es la droga que mejor me define. A todo esto, los dos litros de café con leche que he tomado, empiezan a apretarse en la vejiga. Habrá que darles paso, y así aprovecho para estirar  las piernas. La cabina del retrete es infinitesimal, no puedo sino admirar a la gente que se lo monta en los baños de los aviones. Hacinamiento de categoría Tetris y confor nulo, a la par que tienes a las azafatas sentadas junto a la puerta…

Tras vaciar el depósito, empieza a darme hambre. Sí, sé que no tiene nada que ver, pero que la vamos a hacer, soy así… Hay que seguir el principio de conservación de la masa…las gallinas que entran por las que salen…La Física manda.

Los niños que ocupan los otros dos asientos que hay junto al mío no paran de estornudarme y toserme encima. Como también estoy acatarrado, dispongo de carta blanca para socializar gérmenes con ellos. Y dad por sentado que no me privé.

La verdad que son dos niños muy monos. Franceses. La cría de unos seis años, pecosa, con ojos azules, del color de la mar embravecida, preciosos. El niño es más pequeño, tendrá unos tres años o cuatro. A ratos le descubro mirándome muy serio mientras escribo. Le digo algo en francés, y se me quedan los dos mirando muy severos, los ojos abiertos de par en par, como dos lechuzas de las nieves. Qué éxito –pienso –solo faltaría que empezasen a gritar que les quiero secuestrar –así que me sumerjo de nuevo a ratos entre la lectura y la escritura.

Roncan a mí alrededor. No sé como lo hacen, porque el asiento es demasiado incómodo hasta para estar sentado más de media hora…es lo que tienen los vuelos baratos…Como dice mi padre: “Cuando la merluza entra en la casa del pobre, es que uno de los dos está malo”.

Subo la persiana e intento adivinar por donde vamos. Es imposible saberlo, abajo solo se ve brillar el infinito. En algún momento, por donde clarean las nubes, me parece ver que estamos volando sobre el mar. Por la hora que es, debemos de estar dejando atrás España, si no la hemos dejado ya. Una lástima, me hubiese gustado ver los Pirineos desde arriba, aunque lo más probable es que no se los sobrevuele, como ya he dicho, parece que estamos volando sobre el mar.

Tras un rato que me parece sorprendentemente breve, se oye la voz metálica del comandante. Está diciendo algo en un extraño intento de inglés. Creo que dice que vamos a aterrizar en quince minutos.

Entonces el avión empieza a virar para enfilar el aeropuerto Charles de Gaule. Nos sumergimos en las entrañas del mar de nubes. Entre los rasgados jirones de agua en suspensión, se ven campos verdes, bosques oscuros y grandes pueblos y ciudades. El Sena o alguno de sus afluentes culebrea, verde sobre verde. Volamos vertiginosamente hacia París. Quedan atrás polígonos industriales, campos surcados por la huella del arado, granjas, abadías y pueblecitos de tejados rojos de dos aguas.

Llegamos. La pista está en la trayectoria descendente del aparato.

Nos acercamos.

Nos acercamos…

Y al fin… ¡La tierra!

Tras un vuelo de escasamente una hora, ya estoy en la capital francesa, con nueve días por delante para conocerla y que con suerte me abra sus secretos…

Por: El Exiliado del Mitreo

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Acerca de Exiliado del Mitreo

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2 responses to “Crónica de un Viaje (II)

  • sinbalas

    Me encanta como relatas tu crónica de viaje, en particular disfruto mucho viajar pero hay que decir la verdad , no es cómodo, si es muy entretenido, me habría gustado hacer ese viaje no indicasteis las horas, ……

  • exiliado.del.mitreo

    Pues mira, hay algunos detalles que te permiten más o menos hacerte una idea de la hora.
    En la primera parte del relato es de noche (aunque no noche cerrada, ya empezaba a clarear), serían las 6:30 de la mañana.
    Cuando el avión va por la pista ya despuntaba el alba. Y el detalle importante es que el sol amanece en todo su esplendor a través del ventanuco de mi derecha al poco de despegar. Serían como las 8 y algo de la mañana (esa noche justo se cambiaba la hora, para poner el horario de verano) y llegué a París entorno a las 9:30, con una media hora de adelanto.

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