Crónica de un viaje (I)

Creo que ya ha llegado el momento de ir pasando a limpio las notas que fui tomando durante mi reciente viaje a París, ya han madurado suficiente en su cuaderno😉 .

Esta semana empiezo con el madrugón y la espera en la terminal…sin duda uno de los lugares más deprimentes del mundo junto con la sala de espera de cualquier hospital, un velatorio o una sala de detención:

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A fecha de:…demasiado pronto, los relojes no empiezan a trabajar hasta dentro de un par de horas…

1º Parte: En el suburbano.

Vagón de los sueños que apuñalas las entrañas de Madrid con nocturnidad y alevosía.

Voy con los ojos abiertos del color de la madrugada.

En el andén, trajes de fiesta, párpados pesados, olor a combustible en los estómagos, que escapa por las bocas que bostezan. Acentos extraños en voces roncas por el humo y el frío de la noche. A estas horas la fiesta bien se cambia por una cama.

Por otro lado maletas y risas, de los que no han podido (porque no les han dejado) esperar al alba para emprender camino.

Permanezco de pie todo el camino apoyado contra una las puertas, ya estaré sentado un rato suficientemente largo durante el vuelo. El desayuno llama a la puerta del estómago por haber tenido que tomarlo casi sin tiempo para coger aire.

Aquí estoy al fin. Las semanas previas veía este día como algo irreal. Emprendo camino con la sola compañía de una libreta en blanco, comprada para la ocasión, y a Hemingway en el bolsillo, que ya es más que los bostezos y el tedio que acompaña a muchos en este tren…

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2º Parte: La Terminal.

El metro llega a su destino, donde sobre la meseta solitaria, la terminal se extiende como un lagarto gigante de acero y hormigón armado echado al sol.

En sus entrañas una infinitud de pasillos a media luz por donde deambular.

Almas solitarias, a veces en grupo o en pareja, otras como yo, con la única compañía de si mismos. Pero en definitiva todos caminando igual de solos cargando con sus equipajes, extraños en esta inmensidad, desarraigados de dondequiera que pertenezcamos.

Mi equipaje pesa como el plomo. Es una maleta pequeña, compacta, de cuero marrón. Parece recién salida de los años 30’. Es como si el propio Hemingway, harto de la sangre de los toros hubiera decidido cambiarlos por un tiempo por los distinguidos cafés parisinos. Sonrío para mí mismo por la comparación.

Tras una eternidad de pasillos y más pasillos, arribo hasta el control. Pensaba que esto no iba a acabar nunca, pero el largo paseo me ha acabado de despejar. Mejor, prefiero estar bien despierto cuando debo pasar un control.

En realidad no es que sienta rechazo hacia la autoridad, sencillamente me molestan las cosas que me vienen impuestas porque sí, cuando resulta obvio que escapan a toda lógica o que la lógica primigenia por las que fueron puestas en marcha, hace tiempo que se haya en el cajón del olvido.

Menos mal que en Barajas el control es un mero trámite y no es que se desgañiten en explorar todas las posibilidades existentes en la creación para esconder un arma (real o imaginaria).

Tras mi paso fugaz por el control y unos breves minutos de duda hasta lograr discernir por qué puerta sale mi vuelo, me llego hasta allí y me pongo en cola. Una de las cosas buenas de vivir a 15min en metro del aeropuerto, es que no tienes que madrugar tanto para poder llegar con el margen justo de tiempo a la apertura de puertas. Esto te ahorra mucho rato de espera en este lugar, que me repugna tanto como un hospital.

En esta clase de colas se conoce a mucha gente interesante,…pero también a mucho imbécil, y cuando se trata de París y en vísperas de Semana Santa, la apuesta era segura. El tipo que había detrás de mí, estuvo a un pelo de recibir un (merecido) maletazo de cuero en plena jeta, a ver si eso le incitaba a cerrar la boca, ya que ni su madre ni su hermana eran capaces de hacerle callar. Lo cierto es que en un principio, ellas tampoco me inspiraron especial simpatía, pero las compadecí al instante en cuanto llegó él. Ya se sabe: “Otro vendrá que bueno te hará” (nota: era estudiante de ingeniería y presumía de ello…por sus actos les conoceréis…). Como podréis imaginar tuve buen cuidado de sentarme lo más lejos posible de aquel bocazas idiota. Aunque por otro lado, no dudo de la gran importancia de su existencia para el orden cósmico, ya que sirven para dar valor al concepto de silencio.

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Por: El Exiliado del Mitreo

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Acerca de Exiliado del Mitreo

Hago muchas cosas, pero principalmente me gusta pensar que soy un tipo que a veces escribe... Ver todas las entradas de Exiliado del Mitreo

2 responses to “Crónica de un viaje (I)

  • farero

    “En realidad no es que sienta rechazo hacia la autoridad, sencillamente me molestan las cosas que me vienen impuestas porque sí, cuando resulta obvio que escapan a toda lógica o que la lógica primigenia por las que fueron puestas en marcha, hace tiempo que se halla en el cajón del olvido.”
    Así es.

  • sinbalas

    La forma como vas hilvanando tu relato de viaje a París lo encuentro genial, la forma tan real que llega a ser brutas las descripciones y vivencias propias tuyas son idénticas a miles de todos. Saludos

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