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La reina esmeralda

para Caro Yavén

En el desierto de la Tebaida, allá en la dormida tierra de Egipto, hallaron una vasija de arcilla repleta de papiros antiguos. En uno de ellos, medio comido por los bichos, narraba Orestes “el Venerable”; por diez años polemarca de la ciudad de Seleucia del Tigris; que en los lejanos años en que los dioses caminaban entre los hombres contaminándoles con su vileza, mucho antes de que Zaratustra; gran profeta del dios del fuego que ha sido prendido en las tinieblas; inventara la moral y los condenara al olvido; más allá del tiempo y de la realidad; habitaba en un bosque sagrado, allende la dorada Atlantis, una poderosa reina.

Aquella reina, que todos llamaban esmeralda, por ser su piel del color de la hierba fresca; era del linaje de los titanes y  los espíritus del bosque que moran en las fuentes claras y en el murmullo del viento en las hojas de los árboles.

Con suprema justicia regía a su pueblo; los silvos; desde mucho antes de que Odiseo, el de las mil astucias, emprendiera su penoso camino de regreso a Ítaca. La reina se mantenía eternamente joven, eternamente bella, porque cada año era enterrada un par de meses, entre las raíces del árbol sagrado que sostenía el mundo, para en primavera renacer rejuvenecida.

Dicen que la reina fue invitada a la celebración del jubileo de Evenor, nacido del suelo, uno de los poderosos monarcas que regían la isla de la Atlántida, y que allí, quedó maravillada por los prodigios que vio en el suelo atlante. Torres iridiscentes que se le elevaban hasta el cielo, ingenios que volaban o que surcaban la tierra y los mares…

La reina quiso implantar todas esas maravillas no soñadas entre sus súbditos y les convenció de la necesidad de despojarse de sus hábitos silvestres a cambio de otros más civilizados.

Así, los silvos destruyeron sus chozas construidas en lo alto de los árboles, cortando el bosque después, para liberar el suelo que el agua y el viento erosionaron. Cavaron la tierra para conseguir la roca y el metal con el que construir torres que se elevaron hasta el cielo y que pronto fueron la admiración y el orgullo de todos. Aunque estas tampoco es que les hicieran más felices ni mejores personas.

La reina, pese a que todo estaba yendo según lo planeado, tampoco era del todo feliz. Andaba todo el día ocupada y preocupada, y su piel desde hacía mucho tiempo y sin que nadie supiera porqué, había empezado a palidecer, y se fue quedando tan blanca, que la gente comenzó a llamarla la reina marfil.

Pasado un tiempo, una ciudad se elevaba donde antaño hubo un bosque y solo quedaba en pie el ancestral árbol que sostenía el mundo, bajo el cual la reina ya no encontraba el tiempo de enterrarse.

Cuando también a él le llegó el turno; ya no había nadie que opusiera repasos y para cuando el árbol cayó abatido por el hacha y la cadena, y la tierra comenzó a temblar y el cielo comenzó a desplomarse en forma de torrenciales lluvias; ya era tarde.

Tan grande fue la catástrofe que se cernió sobre la Tierra, que los dioses mismos tuvieron que intervenir para preservar su campo de juegos de la destrucción total. Hicieron que Atlas, de inmensa fuerza pero corta inteligencia, se dejara engañar para que a partir de entonces, fuera él el que sostuviera el peso del mundo sobre sus espaldas.

Las aguas volvieron a su cauce, pero de la reina esmeralda y su pueblo ya nunca más se supo.

Por: El Exiliado del Mitreo

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