Archivo de la categoría: Prosa Poética

Fotografía: Soledades de Otoño

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Localización: Parque de Juan Carlos I (Madrid)

Cámara: Sony alpha 380

Nota: Soy el autor de estas fotografías, como tal poseo todos los derechos y me reservo su uso exclusivo. No obstante, si deseas usar cualquiera de ellas, no tienes más que hacérmelo saber (escríbeme un mail) y lo hablamos. Gracias.

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Por: El Exiliado del Mitreo


Lunes de Tormenta

Hoy es día de tormenta.

El cielo había amanecido ora oculto, ora cubriendo su desnudez azul entre jirones de nubes,  más claros unos que otros.

De súbito; La noche;

Hasta que un fogonazo más brillante que el día, entró por mi ventana cómo el flash de una máquina de retratar.

El perro, que dormía hecho un ovillo en un cestito al pie de mi mesa de escritorio, levantó la cabeza atemorizado por el salvaje restallido del trueno subsiguiente, solo para encontrar un poco de seguridad en mi actitud indiferente.

Totalmente fingida por otro lado.

Contenía la respiración, sintiendo reverberar aún en mi cabeza, la ausencia dejada por aquel sonido salvaje

Y contando los segundos que quedaban hasta que empezara a llover.

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Acodado al ventanal, veía la lluvia caer;

Me produce una irresistible atracción contemplar cómo se desgarra el cielo y sus entrañas se derraman sobre la tierra.

Ese efecto de exterminio, de día del Juicio, de anegación de la ciudad, lavada de sus muchos pecados por la lluvia torrencial. En mí tiene un efecto sedante, de abandono, de olvido, de bálsamo…

Por la calle, la gente busca refugio, rehuye de la bendición del cielo; seguro, este es uno de esos casos en los que los árboles no dejan ver el bosque.

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Desde la ventana veo llover, dando sorbos largos a un té negro y amargo cómo la muerte.

Sonrío pensando en lo irónico que resulta que el único regalo que reciba hoy por mi cumpleaños venga de los dioses ¿Y quién iba a saber mejor lo que de verdad me gusta?

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Por: El Exiliado del Mitreo

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Almendros en Flor

La ciudad encarna para mucha gente una rutina cruel e intolerable. El pestilente humo de los coches, la prisa, el ruido, la constante invasión de nuestro espacio vital por parte de desconocidos que nos cierran el paso en las escaleras mecánicas, o nos empujan sin querer por la calle o en el metro…

Sin embargo, creo que hay cientos, miles de motivos a lo largo del día para no darse a la desesperación.  Puede ser el gesto altruista de un desconocido que desatasque las puertas de un vagón de metro para que podamos entrar; o la sonrisa de un bebe que nos contempla desde su carrito con ojillos curiosos; hay momentos que incluso ves algo tan atípico, que no puedes hacer otra cosa sino emocionarte. Un día estaba dando un paseo por la parte más remota y despoblada de mi barrio; un parque empresarial rodeado de autopistas y vías de ferrocarril; una urraca, majestuosa en su plumaje negro y blanco con ornamentos azul metálico, estaba dando caza a un joven gorrión. El córvido era enorme comparado con el pajarillo, no sé si os hacéis una idea de la desproporción de tamaños; todo indicaba que sus días estaban contados. De repente sucedió algo que hizo que me preguntara si no estaba soñando; como salidos de la nada, una muchedumbre de gorriones, pequeñitos y marrones, rodearon a la urraca. No se podría decir que la atacaran –que iban a hacer ellos tan pequeños, contra aquel monstruo ávido  de sangre –pero me pareció el ejemplo más admirable de resistencia pasiva que he visto en mi vida. Se limitaron a apabullarla con su número, a piar furiosos contra aquella injusticia manifiesta, a seguirla allí donde iba en persecución de su compañero. Al final, la urraca abrió su majestuoso plumaje al viento y se largó con viento fresco de allí, dejando a la pequeña criaturilla con sus compañeros… ¿Qué tontería, no? Pero aquella victoria, que ni siquiera era mía, me produjo una incontenible sensación de orgullo y no pude parar de sonreír como un idiota todo el camino.

Es cierto que los hechos puntuales como este, aunque hermosos y en ciertos casos bastante perturbadores, no dejan de ser eso: hechos puntuales, que exigen que estemos en el lugar correcto, en el momento oportuno. De modo que mientras esperamos el milagro, la súbita iluminación, tampoco está de más que encontremos la belleza en la repetición de lo irrepetible, como es la constatación del transcurso infinito de las estaciones. En mi caso, ver que han florecido los almendros me alegra el día, no lo puedo evitar, será que me recuerdan a mi tierra. Contemplo su ciclo anual cada día, pues en mi trayecto del portal al metro hay varios y algunos más en las inmediaciones, y esa súbita explosión de actividad primaveral aún en pleno invierno me hace sonreír. La vida no es tan mala después de todo, por mucho que la gente diga.

Detrás, al otro lado de la calle, veo la carcasa azabache del viejo almendro de Hortaleza, mucho más viejo que yo, mucho más viejo que cualquier otro ser viviente del barrio. Tras una larga agonía, creo que el año pasado nacieron de él las últimas hojillas verdes; ni siquiera llegaron a ver la llegada del otoño. No sé si el gigante está dormido o si aquel tímido alarde fue su canto postrero a la vida, antes de que abandonase para siempre su espíritu su esqueleto lignificado. No es una tragedia, creedme, no lo es. Junto a mi casa hay dos almendritos, nacidos hace muchos años de este padre anciano –hay uno que yo mismo vi nacer cuando era pequeño y jugaba en el parque cada tarde –sin duda de almendras que chavales al salir del colegio jugaban a lanzarse y la buena suerte dejo en un lugar propicio para su germinación. Hoy esos almendros se elevan un par de metros del suelo y puede que aquellos críos sean padres a su vez. Como veis, todo cambia y todo sigue igual aunque diferente a sí mismo.

 

La belleza de la vida está ahí afuera, brillando en todo su esplendor, para aquel que esté dispuesto a sacar los ojos del acenagado asfalto.

No podrán vencernos.

El otro, cómo está al sol, va más avanzado y ya ha tirado casi todas las flores y han empezado a brotarle las hojas.

Por: El Exiliado del Mitreo

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El Sueño del Sáthyro

“Qué cosas más extrañas me ocurren a veces” –pensaba yo el otro día, sentado al borde de mi cama deshecha, azotado por la brillante luz del mediodía y con las intensas punzadas de la resaca taladrándome el cerebro. “Qué cosas más extrañas me ocurren” –murmuro inarticuladamente, mientras a mi boca acude el sabor a vainilla del ron barato del que abusé la víspera.

Reflexiono, o al menos lo intento, que con esta jaqueca no tengo la cabeza para muchas alegrías. Y nada, por mucho que me esfuerzo, no logro recordar como llegué a casa. Alcanzo tan solo vagamente a verme forcejeando con las llaves, que tozudamente se negaban a entrar en la cerradura. Después, las oscilaciones erráticas del corredor, que me obligaron a llegar dando tumbos hasta mi habitación. Por fin en mi cuarto, me despojo de mis ropas que apestan a nicotina, grasa de bareto y humanidad, para ponerme el pijama que me esperaba colgado detrás de la puerta. Llegué al baño apoyándome en la pared –hay que ver lo que se mueve este puñetero pasillo por la noche –y allí como pude me aseé. No podéis haceros una idea de lo difícil que es lavarse los dientes, borracho como un lémur. De vuelta en mi cuarto, me meto en el sobre, con la sana precaución de que mi pierna derecha salga de entre las sábanas, apoyando con el pie en el suelo. Esto es lo que vulgarmente se conoce como echar el ancla, y sirve para que la habitación deje un poco de dar vueltas.

Me meto en la cama, como digo, y debió de ser cuestión de segundos, el que más que dormido cayera inconsciente. Al rato –no queráis saber si mucho o poco, porque no lo sé –me despierto tan bruscamente como me había dormido. “Qué olor más extraño” –pienso con los ojos febriles clavados en el techo –“huele como…a cabras” De repente, para rematar la faena, oigo una musiquilla de flauta. Me yergo sobresaltado y veo a un sátiro sentado en mi escritorio tocando tranquilamente una flauta de Pan con los ojos cerrados. “¡La hostia!” –Me digo dejando caer la cabeza sobre la almohada –“¿Qué coño me habrán puesto en los cubatas que estoy alucinando?”

Pero pronto descubrí que no debía estar flipando, porque la patada que me dio en la espinilla con su pezuña, me dolió de verdad. “Que haces durmiendo –me dijo, mientras le miraba con ojos desorbitados masajeándome la pierna –la bacanal acaba de empezar”

“¿Qué bacanal? ¿Dónde hay una bacanal? –le pregunto lastimeramente –“Aquí mismo, acabamos de llegar” –me responde, y de repente ya no estoy en mi cama, sí no recostado en un prado a la orilla de un río cantarín, junto a un bosque que impregna el aire de los aromas del verano. El sol está poniéndose entre las montañas. Es el momento propicio aquí en el sur, en las tierras que baña el Mediterráneo, de que dé comienzo cualquier fiesta. El sátiro corre a unirse a otros de su especie que están tocando música junto a una hoguera de fragante madera de encina. Las notas y acordes, llegan a mis oídos mezclándose con las risas de los invitados. Notas y acordes ora de flautas y cítaras, ora de pianos y guitarras eléctricas, superponiéndose para formar la pieza musical más hermosa y malévola que hubiese escuchado jamás. Continua y cambiante, a veces lenta y serena, otras rápida y desenfrenada,  como el paso de las estaciones, como la precesión de los equinoccios, como la mismísima vida.

Un fauno muy borracho, y pese a todo con un ánfora de vino medio vacía en la mano, me agarra por el brazo al pasar a mi lado y sigue trotando a saltitos con sus patillas de chota, a un ritmo que me cuesta seguir. Se ha dado cuenta que no tengo bebida y eso le parece totalmente intolerable, me dice sacudiendo de forma vehemente su cabecita rematada graciosamente por un par de cuernecillos y por una larga perilla que se remueve a cada palabra. Me conduce hasta una joven luminosa, una ninfa de los bosques, que me llena una copa de un vino dulce y especiado que diluye mis dudas. Al fin empiezo a sonreír.  Ahora lo veo todo mucho más claro.

Me acerco a una hoguera donde un grupo de jóvenes ríe y canta al compás de la música de los sátiros. Los chicos y chicas están improvisando poemas y canciones, a partir de las emociones que la cambiante música les sugiere. Les escucho en silencio, pensando que cualquier cosa que pudiera decir, no haría si no estropear la magia del momento. Cuando, tras un tiempo interminable, mis oídos se han saciado de las rimas que por turnos escapan de sus labios sonrosados, parto en busca de más vino. De camino a otra hoguera, me cruzo con un fauno que con el rostro desencajado por la lujuria persigue a una ninfa que huye de él riendo con alborozo. Camino un poco y al volver la vista atrás, veo a la ninfa que al fin se deja atrapar, y los dos ruedan vertiginosamente por la hierba.

Junto a otro fuego, hay un grupo de hombres y bacantes que conversan y bailan despreocupadamente. Que pena que baile tan mal –pienso, mientras me escancian más vino –porque me encantaría unirme a ellos. Tal vez bebiendo un poco a lo mejor me animo. Pero aún no he vaciado más de la mitad de la segunda copa que me han servido, cuando las bacantes se abalanzan sobre sus compañeros que las reciben con los miembros erguidos. Así, sobre el suelo del bosque, cubierto de musgo y hojas caídas, comienza una danza mucho más desenfrenada, bajo la atenta mirada de las luciérnagas y las aves nocturnas. Miro en derredor atónito por la escena que en pocos instantes se ha montado ante mis ojos. Dos bacantes me interpelan. La copa se me escapa de los dedos. Me conocen por mi nombre. Se lanzan sobre mí, derribándome al suelo. Son jóvenes hermosas y feroces, que más que ayudarme a despojarme de la túnica que –sorprendentemente –visto, me la arrancan del cuerpo. Los tres rodamos retorciéndonos sobre la hierba. El aire a nuestro alrededor empieza ya a llenarse de risitas y gemidos de placer, apenas velados por la insistente música. Esas muchachas, hermosas y terribles como una tormenta de agosto, armadas con sus dos bocas de labios carnosos, unas que aspiran el aire de los pulmones y otras para devorar la carne, me matan mientras me colman de vida, impregnándome de sus perfumes misteriosos y exóticos. La pasión y la locura se desbocan y llega el éxtasis con una manada de caballos que pasa galopando por la llanura.

Cuando se difuminó el sopor que se había apoderado de nosotros tras el gozo, me levanté repleto de felicidad y miré con cariño a mis compañeras que dormían acurrucadas en la hierba. Embriagado de vida me puse a pasear, a mi alrededor personas charlaban y cantaban, acompañados por la inagotable inspiración musical de los sátiros. Entonces la vi llegar. Se me acercó de forma irreal, como si se deslizara por el pastizal, como si flotara etéreamente con su vestido negro recamado de plata. No lo dudé, me fui hacia ella. Tomé su mano en la mía y con la otra estreché su cintura. Así comenzamos a bailar. Era un baile antiguo, un vals. Todo desapareció a nuestro alrededor. Las voces se acallaron, la luz se fue al fin y proseguimos bailando bajo la luz de las estrellas. Un infinito baile, una danza eterna. Me miraba con sus ojos profundos y oscuros, y cuando vi por encima de su cabeza a la malvada estrella de Orión guiñándome un ojo, la besé. Primero en su mejilla huesuda y luego en sus labios finos, y ella me sonrió con su sonrisa de calavera. “Quédate conmigo querido, y nuestra noche de amor será eterna” Y yo la sigo sin dudar, con los ojos cerrados, ¿Por qué es que acaso el amor no es hermano de la muerte? Y la parca y yo desaparecemos engullidos por las mareas del tiempo.

Cuando abro los  ojos de nuevo estoy en mi cama. El insultante sol que se cuela por la persiana e inflama mi librería, es una indicación de que está bien entrada la mañana. Me incorporo en mi cama, sintiendo cada punzada de la insoportable migraña que me impide recordar con claridad qué hice la víspera. Aún me siento convulso por el extraño sueño que me ha acabado despertando. Y pese a que los detalles empiezan diluirse como en todos los sueños, sé que su desasosiego me acompañará mucho tiempo. Dispuesto a afrontar con coraje un duro día de resaca, empiezo a desperezar los músculos, intentado adaptarlos a la vida recobrada, mientras paseo mí vista por la habitación con ojos entrecerrados por la fotofobia. ¿¡Ummm!?, ¡Joder! –mascullo sacudido de súbitas nauseas, al ver junto a mi chupa tirada en el suelo, una flauta de Pan rota. Espero que se la robase anoche a algún músico andino cuando volvía en el metro –pienso, mientras corro a arrodillarme ante la taza del water…

 

Obtenida por tratamiento de imagen a partir de "El Fauno" de Carlos Schwabe

 

Por: El Exiliado del Mitreo

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Rosas de Bactriana

Si aún hoy es duro ser mujer en países como España, en lugares como Afganistán, nacer mujer es una autentica maldición. En “El librero de Kabul”, aprendí de Âsne Seierstad, que contrariamente a lo que se piensa, el burka no es una prenda tradicional afgana, sino que fue ideado a principios del siglo XX por un rey, para ocultar a las 200 mujeres de su harén de las miradas indiscretas, de aquellos hombres que pudiesen adentrarse en sus dominios privados. Esto es algo que no deja de ser más que una obvia prueba, de que no siempre se innova para mejor.
Dicen, que el objetivo de las sociedades, es hacer feliz a los individuos que las conforman. Si es así, entonces la sociedad afgana hace mucho que extravió el camino, al menos, en lo que concierne a la mitad de sus individuos…

Y sin embargo, pese a todo, la mujer afgana no renuncia a su libertad, y la expresa por las dos formas que puede, no reñida la segunda con la primera,  pero esta primera reñida con cualquier otra. La primera, ya lo habréis imaginado, es el suicidio. Tomar tu propia vida, el acto de suprema libertad. Puede que resulte aterrador pensar en ello, pero creo que no hay nada más magnífico que decidir sobre tu propia muerte.

Es un último grito de rebelión de estas rosas nacidas en un erial, marchitadas nada más abrirse, por el abrasador sol de una opresiva sociedad patriarcal, anclada en el más feroz tribalismo medieval. A la mierda el padre, los hermanos y el marido, e incluso la madre, (y tal vez ella más que nadie) que permite que hagan con su hija lo que antes hicieron con ella.

“Tengo en la mano una flor que se marchita,
no sé a quién dársela en esta tierra extraña.”

A través de versos como estos vive la segunda forma. Los Landys son composiciones cortas, de solo dos versos de nueve y trece sílabas, pero de marcada musicalidad interna. Son como un relámpago en las tinieblas. Inflaman el aire con violencia, para al instante desaparecer sin dejar el menor rastro de su fugaz vida, solo la impresión perturbadora de que algo ha ocurrido.

“Dios, úneme a él aunque sea un solo instante,
como un fugaz relámpago en los oscuros brazos de las nubes.”

Son como arrebatos de furia, voces de rabia, de revuelta hacia la vida que les obligan a vivir. Son cantados durante la fatigosa caminata al pozo, durante la soledad de sus interminables jornadas de trabajo de esclavas  y por supuesto durante las celebraciones en que las mujeres departen, cantan y bailan, separadas de sus amos.
Pues sus amos son,… porque para algo las han comprado, y a ellas les resultan cuanto menos indiferentes, sino peor…

“¡Oh, Dios mío! Me envías de nuevo la noche oscura,
y de nuevo tiemblo de la cabeza a los pies, pues debo entrar en el lecho que odio.”

Improvisados por poetisas anónimas, pasan de boca en boca, de generación en generación de siervas, pulidos por el paso del tiempo, hablando de amor, de honor y de muerte

“En secreto ardo, en secreto lloro,
soy la mujer pastún que no puede desvelar su amor.”

De amor… El amor está vedado en la sociedad pastún y normalmente se salda con el asesinato cruel de los amantes,

“Dame la mano, amor mío, y partamos a los campos
para amarnos o caer juntos bajo las cuchilladas.”

O al menos, de uno de ellos (Adivinad cual).

“¡Amo! ¡amo!, no lo oculto. No lo niego,
aunque por ello me arranquen con el cuchillo todos mis lunares”

Por eso ella, que es la que más riego corre, lo zahiere, lo impulsa a tomar riesgos, se burla de su cobardía, hace uso implacable del control que ejerce sobre su amante, porque aquí quien manda es ella…

“Si buscas el calor de mis brazos, debes arriesgar la vida,
pero si estimas tu cabeza, abraza el polvo en vez del amor.”

En una sociedad eminentemente tribal como la pastún, que ha vivido los últimos treinta años en una guerra constante, ellas entran al juego pueril de los hombres, escogiendo sus amantes entre los valientes,

“Vuelve acribillado por las balas de un tenebroso fusil, amor,
yo coseré tus heridas y te daré mi boca.”

Los landys fijan un instante de emoción efímero como un suspiro, intensos como una puñalada, invitan a abrazar la vida,

“Tómame primero entre tus brazos y estréchame,
solamente después podrás anudarte a mis muslos de terciopelo.”

a desposarse con el momento,

“¡Que el almuédano lance su llamada a la oración del alba,
no me levantaré mientras no quiera mi amante!”

Sorprendiéndonos por su sensualidad, a veces imaginativamente sugerida,

“Anoche estaba junto a mi amante, ¡Oh velada de amor que nunca volverá!
Como un cascabel, con todas mis joyas, estuve tintineando es sus brazos hasta bien entrada la noche.”

Otras veces, expresada de forma mucho más explicita…

“Con gusto te daría mi boca,
pero, ¿Por qué mover mi cántaro? Ya estoy toda mojada.”

Este es el canto de las mujeres afganas, que con el cuerpo molido permanecen en pie, de las que me era imposible no hablar, pues son la prueba que hasta en una celda oscura germina la humanidad.

“Pon tu boca en la mía,
pero déjame la lengua libre para que hable de amor.”

De amor, y libertad…

 

 

El Suicidio y el Canto - Sayd Bahodín Majruh

 

 

 

Este es otro texto que publiqué hace algunos años en la revista AWA, y que he querido recuperar porque es de mis favoritos. Supongo que debe ser raro en alguien que escriba, que te diga que su texto favorito no es el último, sino uno que escribiera hace un par de años, pero en todo caso así es…

Si habéis llegado hasta aquí supongo que es porque lo habréis leído, espero que os haya gustado. Quería comentaros, que a penas lo he tocado, he pulido únicamente algunos giros, pero en esencia está igual que cuando lo publiqué allá por el 2008.

Creo que la clave de que me guste tanto, sea que en realidad yo no hecho más que servir de hilo conductor, dejándolas hablar a ellas. Esta es la respuesta que he dado siempre que alguien me ha preguntado sobre ello. Lo mismo que hiciera el señor Sayd Bahodín, un intelectual como solo pueden surgir en oriente donde todo es tan viejo como el mundo; un humanista de la encrucijada que cayera asesinado para demostrar una vez más, que “la pluma es más fuerte que la espada”…

Por: El Exiliado del Mitreo

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Recuerdo del Père Lachaise

Ya que muerto el veranito de San Miguel, el otoño ha lanzado sus garras sobre la península, aunque hoy, un engañoso sol haya reemplazado a los chubascos de ayer, destemplado y con los pies helados, me he levantado con ganas de hablaros de un cementerio. No me preguntéis porqué, pero el día lúgubre de ayer me ha impulsado a recuperar un texto que dormía en mi cuaderno de notas desde el marzo pasado.

Creo que ninguna o prácticamente ninguna otra ciudad del mundo, tiene cementerios tan emblemáticos como Paris. Pensé que iba a estar solo aquel sábado gris de marzo pero me equivocaba… los peregrinos están dispuestos a cumplir a rajatabla los ritos y actos litúrgicos exigidos por sus particulares misales, que toman la atractiva forma, ilustrada con fotitos, de guías de Lonely Planet y demás…

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El Père Lachaise. Se oyen croar los cuervos. Abundan por todo París, ya me había llamado la atención, pero aquí se siente mucho más su presencia maldita y amenazadora.  No dejan de mirarte mientras se atusan las plumas, encaramados en lo más alto de los panteones en ruinas.

Ruina, ruinas y más ruinas. Ruinas por todas partes. Hay algunas tumbas nuevas, pero la mayor parte, el tiempo las está reduciendo a ruinas. Gloriosas ruinas, hermosas ruinas cubiertas de musgo y uñas de gato. Los árboles crecen entre ellas; sobre ellas; dentro de ellas, levantándolas, reduciéndolas a escombros. Una simple semillita que el viento arrastra, puede con el tiempo reducir el mármol a polvo.

Melancólica desolación

Croar de cuervos. Parece que te estén esperando. Tal vez creer que tu final vendrá pronto.

Una fina lluvia cae de tiempo en tiempo, reforzando la serena melancolía del lugar.

Cómo me alegro de estar vivo...

La roca pulida, el tiempo la ha erosionado, y con el verdín que ha crecido en los nombres, muchos se han borrado. De esta forma ha desaparecido el último testimonio del paso por esta vida de muchas gentes, que jamás hicieron nada que hiciera que se recordara su nombre, antes de que fueran gravados en la piedra traicionera. Así muera la memoria. Es la muerte de la muerte.

Cómo me alegro de estar vivo.

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He venido a ver a Jim Morrison. Quería ver con mis propios ojos donde descansa el mito; qué es lo queda del genio de versos beat entre psiquedélicos y psicóticos. En el fondo yo también soy un peregrino, aunque yo por lo menos sé quien fue, su música me hace vibrar y me impulsa a mundos lejanos, poblados por amores caníbales, carreteras infinitas y chamanes danzando a la luz de la luna y las estrellas.

James Douglas Morrison 1948-1971 - Fiel a su propio espíritu

Dando vueltas y vueltas acabo dando con su tumba. En el fondo tampoco es muy difícil, basta con seguir a la gente. La hay en abundancia, como he dicho, paseando entre los muertos con un planito en la mano. Llegan, se asoman, intentan ver lo que pone en la lápida y echan la foto de rigor y se marchan…tiempo total trascurrido un minuto y poco. Puedo oír con horror a un chaval preguntar en castellano, que quien este tío… en realidad no tiene la culpa, el producto de este turismo plastificado que te hace hacer cosas que no entiendes.

Desde luego yo tampoco he encontrado lo que buscaba. A diferencia de otros sitios que ansiaba visitar, aquí no he sentido nada en especial. Hay demasiada gente y pese a que quedo sentado un buen rato esperando un momento de calma, este no llega. Aquí no hay nada, solo es una piedra rodeada de idiotas. Creo que Jimmy se merecía algo mejor.

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Sin embargo, perdido, buscando una salida que me lleve a la boca de metro deseada, doy con otra cosa. Os dejo la imágenes…las hice con lágrimas en los ojos y la carne de gallina…al final la visita al Père Lachaise no fue tan infructuosa como me temía. :D

En memoria de todos los españoles muertos por la libertad

"Esta urna contiene tierra de todos los campos de batalla, así como de los campos de concentración nazis, donde millares de Republicanos Españoles murieron por la libertad"

Por: El Exiliado del Mitreo

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El Extranjero

Llevo unos quince días sin publicar ningún texto nuevo. Esto puede que sea mucho para lo que os tengo acostumbrado (o tal vez no,  así habéis descansado un poco de mí y yo de vosotros, jeje), pero ya podéis imaginaros, que quince días se diluyen como las ondas que forma una piedrecita tirada a un lago, en esta marea de delicioso y caluroso tedio que son las vacaciones de verano.

Sin embargo, no os creáis que todo este tiempo he estado sin hacer nada; tengo varios textos ya preparados esperando  su turno para ser publicados, además de alguna sorpresita, que me reservo para más adelante. Me alegro mucho de que pese a no haber habido actualizaciones en este tiempo, hayáis seguido visitando el blog. Muchas gracias a todos, ahora y siempre os estoy realmente agradecido. Como premio a vuestro interés, esta semana habrá dos publicaciones;  una, la primera parte de mis impresiones de Provenza, la otra este textito.

Nuevamente me atrevo a hacer una traducción del francés…esta vez de Charles Baudelaire, mi poeta favorito. Este es el texto con el que se abre un libro suyo relativamente desconocido: “Le spleen de Paris”, que adquirí en mi reciente viaje a Francia (en Avignon, para ser más exactos). Es un libro de poemas…en prosa…sí, sí, en prosa, habéis oído bien. De hecho, Baudelaire fue de los primeros que experimentó con esta nueva vía poética, que después floreció en el siglo XXº.

Espero que os guste tanto como a mí. Si veis algo incorrecto o que resulte ortopédico en castellano, no dudéis en decírmelo:

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-¿Qué es lo que más amas, hombre enigmático, di? ¿A tu padre, a tu madre, a tu hermana o a tu hermano?

-No tengo ni padre, ni madre, ni hermana, ni hermano.

-¿A tus amigos?

-Está usted empleando una palabra, cuyo significado hasta la fecha me es desconocido.

-¿Tu patria?

-Ignoro bajo qué latitud está situada.

-¿La belleza?

-La amaría de buena gana, diosa e inmortal.

-¿El oro?

-Lo odio tanto como usted odia a Dios.

-¡Hey! ¿Qué es lo que amas entonces, extraordinario extranjero?

-Amo las nubes…las nubes que pasan…allí…allí…¡Las maravillosas nubes!

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Cuando uno pasea por Marseille no sabe que se puede encontrar al volver una esquina

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Por: El Exiliado del Mitreo

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Iluminación (I): La Búsqueda

Llegado del páramo, en que solitarios vagan como espíritus los que buscan respuestas, fatigado se sentó a la orilla del mar y se puso a esperar. No sabía muy bien a qué o a quién estaba esperando, pero había caminado mucho para llegar hasta aquel lugar remoto y solitario. Desesperado –tal vez –cansado -sin duda, no se le ocurrió qué más podía hacer.

Permaneció mucho tiempo a la expectativa. Los ojos bien abiertos para no perderse ni el más mínimo detalle. Aguardando un mensaje, una señal de la providencia. Pero al final terminó por cerrarlos y abandonarse al tiempo.

La danza de las mareas mojó mil veces la puntera de sus botas gastadas, siguiendo el ritmo de los ciclos lunares. Las marejadas le salpicaron de espuma y los temporales le cubrieron de algas largas y verdes. El salitre se fue acumulando sobre su piel, llevado por las diminutas gotas de agua que arrastraba la brisa marina. Y así, cada vez más blanco, se fue convirtiendo en una estatua de sal.

El tiempo siguió transcurriendo en efímeros segundos, breves minutos y cortas horas, siguiendo su eterno baile cósmico al compás de la música de las esferas.

Noches y días.

La precesión de los equinoccios.

Pasaron los otoños que arrastraban flamígeras nubes de hojas y los inviernos con sus ocasionales lluvias de escarcha que cubrían la playa de un ligero manto blanco.

Inmutable parecía aquella playa de arenas negras, larga y ancha como un desierto. Un lugar, donde esa inmensidad propia de los sueños, solo se veía rota por la presencia ocasional de algún tronco de árbol roto, despojo del temporal, o el esqueleto de alguna ballena que había buscado el vararse allí para morir. Así era el lugar solitario que el caminante se había dado para morir…o al menos eso había acabado por creer.

La llegada de la luz fue el preludio del cambio.

En la noche cerrada…

(continuará)

Por: El Exiliado del Mitreo.

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Waiting for the sun…

En los pocos ratos que robo al estudio estaba preparando otro texto para esta semana, pero he vuelto a escuchar el Morrison Hotel de los Doors y me han entrado unas ganas irrefrenables (o más) de recuperar este textito que escribí hace un par de años. ¿La relación? Pues que es un texto inspirado por una canción de ese disco.

Bueno, malo o regular, aquí os lo dejo en una versión nueva, corregida y aumentada:

A Jimmy, in memoriam.

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“At first flash of Eden, we race down to the sea.

Standing there on freedom’s shore.”

La calida voz del rey lagarto inundaba mi habitación. Cada palabra, cada sílaba, era una campanada que reverbera en mis oídos. Cada una de ellas, una onda del caudaloso y misterioso río que brotaba del altavoz y se vertía acariciante dentro de mí. Sus ecos profundos e inmortales son como un tiro descerrajado en la cabeza. Siento como irradian una verdad tan absoluta, clara, cristalina, serena, siento como me atraviesan de parte a parte.

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“Can you feel it, now that spring has come,

that it’s time to live in the scattered sun.”

Amigo –pienso entonces para mí –Donde tu cuerpo ha fracasado, ahora corrupto y reducido a polvo, en un decadente cementerio de París, tu voz ha triunfado, inmutable y pura a pesar del tiempo, proclamando una y mil veces la llegada de la primavera.

“Waiting,

waiting,

waiting,

waitiiing”

Sobre tus versos no puede depositarse el polvo, ni una de esas máculas que arrastra el viento del olvido. Restallan límpidos y claros, como si los estuvieses cincelando en un muro, como las olas batiendo los acantilados. Exudando toda su tristeza, toda su melancolía y ausencia.

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Su voz acogedora es como el anuncio profético de un clarividente arúspice.

“Waiting for you to come along”

Ya no puede tardar mucho. De hoy seguro que de hoy no pasa –me digo, mientras escruto el teléfono que se burla con su silencio de mí.

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“Waiting for you to hear my song”

Mi canción muere antes siquiera de que mis labios lleguen a articularla. Mi lengua enmudece antes de de haber comenzado a danzar en la boca y mi garganta, ronca y seca, no logra reunir el valor ni para susurrar tu nombre.

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“Waiting for you to come along”

Ven, te necesito. Sin ti la vida será aún más insoportable. Más vacía. Necesito de tu soledad, para que venga a superponerse a la mía.

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“Waiting for you to tell me what went wrong.”

Lo sabemos. Ambos sabemos que es lo que no funcionó… aunque el ciego orgullo y ese sádico placer que sentimos al hacernos daño nos impida reconocerlo.

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“This is the strangest life I’ve ever known.”

Nunca habrá nada igual a esto. Nunca volverá a producirse este extraño eclipse que nos ha reunido.

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“Waiting for the sun.

Waiting for the sun.

Waiting for the sun.”

Así, alargo mi mano hasta el teléfono, que reposa irónico junto a mi cama. Pero mis dedos huyen de él, como si fuera incandescente. “Mañana,… aguanta hasta mañana –me prometo –o si no, el mañana de mañana…prefiero seguir esperando a que regrese el Sol”

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Por: El Exiliado del Mitreo


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Waiting for the sun… by José M. Montes is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Compartir bajo la misma licencia 3.0 Unported License.
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